La madurez de los tiempos: la actualidad de la multitud
Entrevista a Paolo Virno
por el Colectivo Situaciones
(Prólogo del nuevo libro “Ambivalencia de la multitud: entre la innovación y la negatividad”, Tinta Limón Ed. 2006)
Colectivo Situaciones: Pensamos que un diálogo con vos tiene que partir de lo que parece ser una gran premisa de tus trabajos y el de otros tantos compañeros italianos, como es la teorización del posfordismo desde el punto de vista del trabajo y sus mutaciones. Es claro que en tu punto de vista el posfordismo pone en juego –saca a la superficie– rasgos o caracteres de especie –y por tanto, no especializados– que antes se hallaban por fuera de la producción capitalista. Y bien: ¿es posible encontrar, según esta perspectiva, en tus últimos textos –que reunimos en este libro– una cierta continuidad entre las preocupaciones que aparecen en Gramática de la multitud y estas indagaciones en torno al animal humano, el lenguaje, la innovación y lo “abierto”? ¿Dirías que la propia investigación sobre el posfordismo y la multitud requieren un giro por las neurociencias, la antropología y la lingüística moderna como modo de arribar a la naturaleza del animal lingüístico y a sus perspectivas políticas actuales? ¿Por qué? ¿Es siempre la misma preocupación política la que persiste en esta deriva de tus investigaciones?
Paolo Virno: Puedo equivocarme, es cierto, pero me parece que incluso las investigaciones más abstractas que he tratado de desarrollar en estos últimos quince años han tenido como punto de partida la multitud contemporánea. La multitud es el sujeto gramatical y el análisis sobre la estructura del tiempo histórico (El recuerdo del presente, Paidós, 2003) y las principales prerrogativas del lenguaje verbal (Cuando el verbo se hace carne, Tinta Limón-Cactus, 2004) son los predicados. Estoy verdaderamente convencido de que la multitud es el modo de ser colectivo caracterizado por el hecho de que todos los requisitos naturales de nuestra especie adquieren una inmediata importancia política. Por esto me pareció importante indagar en profundidad estos requisitos. Es claro que no sirven para nada los cortocircuitos, las fórmulas brillantes con las que se intenta ganar un aplauso a toda costa. Si se habla de lenguaje verbal, o de tiempo histórico, es necesario asumir una travesía en el desierto, en la que nos vamos a encontrar con paradojas y callejones sin salida, en la que nos perderemos en análisis complicados que requieren instrumentos específicos. Tan solo al final de un recorrido teórico no poco tortuoso –y precisamente gracias a eso– se descubre (sólo a veces, por supuesto) que los problemas enfrentados permiten comprender mejor –no metafórica, sino literalmente– las acciones y las pasiones más actuales.
La indagación sobre la “naturaleza humana” concierne centralmente a la lucha política. Pero a condición, por supuesto, de evitar algunas tonterías significativas. La más tonta de estas tonterías consiste en querer deducir una estrategia política –y, en el peor de los casos, hasta una táctica– de los rasgos distintivos de nuestra especie. Es lo que hace Chomsky (admirable, por otra parte, por el vigor con el que pelea contra los canallas de la administración de Estados Unidos) cuando dice: el animal humano, dotado por motivos filogenéticos de un lenguaje capaz de hacer cosas siempre nuevas, debe batirse contra los poderes que mortifican su congénita creatividad. Buenísimo, ¿pero qué ocurre si la creatividad lingüística se vuelve recurso económico fundamental en el capitalismo posfordista? La antropología es el campo de batalla de la política, no un apuntador teatral que nos dice qué es necesario hacer. La “naturaleza humana” –es decir, las invariantes biológicas de nuestra especie– nunca dispone una solución: es siempre parte del problema.
Los grandes clásicos del pensamiento político moderno, Hobbes y Spinoza para mencionar sólo a los más notorios, han visto en la naturaleza humana la materia prima de la acción política: una materia prima a partir de la cual la acción política puede generar formas histórico-sociales harto diversas. Por eso Hobbes y Spinoza han sido, entre otras cosas, dos antropólogos profundos y realistas. Pero, ¿qué cosas han cambiado hoy respecto de la época en la que se formó el estado moderno? Una sobre todo: las principales facultades del animal humano, además de sus afectos característicos, son colocadas como resortes de la producción social. Marx definía la fuerza de trabajo como “el conjunto de las capacidades psíquicas y físicas de un cuerpo humano”. Pues bien, esta definición se vuelve completamente verdadera sólo en los últimos treinta años. En efecto, sólo recientemente las competencias cognitivas y lingüísticas han sido puestas a trabajar. De este modo, quien –con gestos de desprecio– descuida la indagación sobre la “naturaleza humana”, no está en condiciones de comprender las características sobresalientes de la fuerza de trabajo contemporánea. El panorama teórico actual está atestado de naturalistas ciegos a la historia y de historicistas que se indignan si se habla de naturaleza. El defecto de unos y de otros no está en la parcialidad de sus acercamientos, sino, por el contrario, en la incapacidad de ambos para aprehender los aspectos sobre los que concentran unilateralmente su atención. Los cultores de una naturaleza humana de la que ha sido eliminada la dimensión histórica no comprenden, en última instancia, esa naturaleza; los cultores de una historia escindida del trasfondo biológico no explican, en absoluto, la historia. La teoría de la multitud debe sustraerse a este doble impasse.
CS: Tal vez no sea justo hablar de un “pesimismo” en estos textos pero, sin dudas, la cuestión del “mal” en el “animal abierto”, ya no protegido por la soberanía del estado –ahora en crisis–, recoloca la cuestión de lo negativo en el centro de tu reflexión, dando a la noción de ambivalencia una mayor nitidez. ¿Por qué surge la necesidad de abundar en lo “negativo” ahora? ¿Se debe a coyunturas políticas y teóricas que nos puedas explicar o, más bien, a otro tipo de exigencia reflexiva? ¿Qué consecuencias tiene, en tu trabajo, este énfasis? ¿Cómo definírías el estatuto teórico y político de la “negación no dialéctica”?
PV: En los últimos años trabajé sobre dos cuestiones –una lógico-ligüística, la otra antropológica– que tienen mucho que ver con la multitud. La primera cuestión, la lógico-lingüística, dice así: ¿cuáles son los recursos mentales que nos permiten cambiar nuestra forma de vida? ¿En qué consiste una acción innovadora? ¿Qué ocurre precisamente cuando una regla deja de funcionar, pero aún no se ha encontrado otra que la reemplace? A estas preguntas he tratado de responderlas examinando detalladamente un ejemplo significativo de creatividad lingüística: el chiste. El chiste es un microcosmos en el que operan las mismas fuerzas que, a gran escala, nos permiten un éxodo social y político. Por eso, hablando del funcionamiento de la frase humorística, me he encontrado discutiendo, entre otras cosas, el estado de excepción y la crisis de un sistema normativo.
La segunda cuestión, la antropológica, concierne a la carga destructiva inscripta en nuestra especie, a la “negatividad” con la que tiene que lidiar un ser dotado de lenguaje. Entre las dos cuestiones hay un vínculo muy estrecho: por paradójico que pueda parecer, los requisitos que posibilitan la innovación son los mismos que alimentan la agresividad en los enfrentamientos entre semejantes. Basta pensar en la negación lingüística: ésta permite oponerse a una ley injusta, pero abre la posibilidad, también, de que pueda tratarse a alguien (a un hebreo o a un árabe, por ejemplo) como a un no-hombre. Los ensayos recogidos en este libro están dedicados a la “lógica del cambio” y al llamado “mal”. Ambos términos, repito, tienen su referente carnal en la multitud posfordista. Se podría decir: la multitud está caracterizada por una fundamental oscilación entre la innovación y la negatividad.
Pero la pregunta de ustedes se refiere, sobre todo, a la negatividad, a la peligrosidad del animal humano. Procuraré, por consiguiente, decir algo más sobre este aspecto. La reflexión sobre la negatividad, sobre el mal, no nace de un juicio pesimista sobre el presente, de una desconfianza en los nuevos movimientos. Al contrario, es la madurez de los tiempos la que impone esta reflexión: hoy es concebible una esfera pública por fuera del estado, más allá del estado. Esto significa que es totalmente realista construir –en las luchas sociales– instituciones que ya no tengan como jefe al “soberano”, que disuelvan todo “monopolio de la decisión política”. Estas instituciones pos-estatales deben ofrecer de distintos modos –y resolver de distintos modos– el problema de cómo mitigar la agresividad del animal humano, su carga (auto)destructiva. Es la actualidad de la superación del estado la que vuelve imperiosas preguntas como éstas. Y repito: no es precisamente una injustificada melancolía por el curso del mundo. Pensar que la multitud es absoluta positividad es una tontería inexcusable. La multitud está sujeta a disgregación, corrupción, violencia intestina. Por otro lado, sus primeras manifestaciones no suelen ser exaltadas: en los años 80 –mientras el fordismo entraba rápidamente en crisis– las nuevas figuras del trabajo social se presentaron con rasgos “desagradables”: oportunismo, cinismo, miedo. Si el nuestro es un éxodo que nos conduce más allá de la época del estado, no podemos no tener en cuenta las “murmuraciones en el desierto”. Para pensar las murmuraciones, es decir, la negatividad inscripta en la multitud (acordémonos de la violencia sobre los más débiles que fue verificada en el estadio de Nueva Orleans donde estaban refugiados los “muchos” que no tenían los medios para escapar del ciclón Katrina…), son necesarias categorías diferentes a las dialécticas y nociones distintas, por ejemplo, de aquella de “antítesis”. De acuerdo. Pero necesitamos categorías que estén en condiciones de asumir toda la realidad de lo negativo, en lugar de excluirlo o velarlo. En este libro propongo las nociones de “ambivalencia” y de “oscilación”. Y también un uso no freudiano del término freudiano “siniestro”. Freud dice que lo que nos aterroriza es precisa y solamente aquello que, en otro momento, tuvo la capacidad de protegernos y tranquilizarnos. Así, esta duplicidad de lo siniestro puede servir, tal vez, para decir que la destructividad es sólo un modo “otro” de manifestarse de aquella capacidad que nos permite, por otro lado, inventar nuevos y más satisfactorios modos de vivir.
CS: Hay en tu trabajo una discusión en torno a la noción schmittiana de soberanía. Esa discusión, sin embargo, se relativiza ante el diagnóstico de la crisis profunda de los estados centrales. Aun así, a lo largo de tus textos persiste una preocupación por evitar recaer en perspectivas políticas “estatistas”. Pero si la soberanía estatal está en crisis ¿cuáles serían estos riesgos?
En todos tus textos se percibe además la supervivencia de un razonamiento caro a la tradición del obrerismo italiano sobre el posfordismo, según el cual la medida del valor, que ha entrado en crisis con las mutaciones del proceso productivo, vive, sin embargo, una sobrevida reaccionaria en la forma salarial. ¿Creés que algo similar ocurre con la soberanía política? ¿Es ella también una forma anacrónica pero paradojalmente presente de la medida de la vida contemporánea, como el salario? ¿Y cómo convive todo esto con la noción de un “estado de excepción permanente”?
PV: El estado central moderno conoce una crisis radical, pero no cesa de reproducirse a través de una serie de metamorfosis inquietantes. El “estado de excepción permanente” es, sin duda, uno de los modos en que la soberanía sobrevive a sí misma, prolonga indefinidamente la propia decadencia. Vale para el “estado de excepción permanente” aquello que Marx decía de las sociedades por acciones: estas últimas constituían, a su juicio, una “superación de la propiedad privada sobre la base misma de la propiedad privada”. Dicho de otra manera, las sociedades por acciones dejaban filtrar la posibilidad de superar la propiedad privada, pero, al mismo tiempo, articulaban esta posibilidad reforzando y desarrollando cualitativamente la misma propiedad privada. En nuestro caso se podría decir: el “estado de excepción permanente” indica una superación de la forma-estado sobre la base misma de la estatalidad. Es una perpetuación del estado, de la soberanía, pero también la exhibición de su propia crisis irreversible, de la plena madurez de una república ya no estatal.
Yo creo que el “estado de excepción” sugiere algunos puntos para pensar las instituciones de la multitud de manera positiva, su posible funcionamiento, sus reglas. Un ejemplo solamente: en el “estado de excepción” se atenúa –hasta desaparecer casi por completo– la diferencia entre ”cuestiones de derecho” y “cuestiones de hecho”: las normas vuelven a ser hechos empíricos y algunos hechos empíricos adquieren un poder normativo. Así, esta relativa indistinción entre norma y hecho –que hoy produce leyes especiales y cárceles como Guantánamo– puede tener, sin embargo, una declinación alternativa, voviéndose un principio “constitucional” de la esfera pública de la multitud. El punto decisivo es que la norma debe exhibir siempre su origen fáctico y, al mismo tiempo, mostrar la posibilidad de retornar al ámbito de los hechos. Debe exhibir, en fin, su revocabilidad y su sustituibilidad. Toda regla debe presentarse, al mismo tiempo, como una unidad de medida de la praxis y como algo que debe, a su vez, ser medido siempre de nuevo.
CS: Todo esto se articula con tu crítica a un cierto antiestatismo ingenuo, que se pronuncia en nombre de una supuesta bondad originaria de la multitud, una y otra vez arruinada –rousseauneanamente– por la institución (del lenguaje, de la propiedad, etc.). Por nuestra parte encontramos mucha potencia en esta argumentación que nos coloca, por así decirlo, “de cara a la ambivalencia” radical. Y agradecemos mucho esta valentía de complejizar allí donde nuestras debilidades pueden ser más notables.
En este contexto, sin embargo, tu advertencia no llega al escepticismo, en la medida en que evocás de muchas maneras la noción de “institución” de la multitud (katechon, “negación de la negación”, etc.). Entonces: ¿cómo pensar la dimensión política de estas “instituciones” (¿de éxodo?) que de un lado se oponen a la soberanía estatal (¿en crisis pero revivida?) y del otro asumen el mal con el que la multitud debe coexistir mediante operaciones de diferimiento, desplazamiento y contención? ¿Hay relación entre “mal” y “soberanía” en la época en que “lo abierto” del animal lingüístico fuerza la excepción cotidiana (“¿fascismo postmoderno?”)? ¿Podrías explicarnos cómo vislumbrás este juego político-institucional en su “nueva” complejidad?
PV: A esta pregunta he intentado responderla de modo detallado en el ensayo “El llamado mal y la crítica del estado”, incluido en este volumen. Incluso una respuesta parcial está contenida, creo, en algunas de las cosas que he dicho anteriormente. Quisiera agregar ahora, un par de consideraciones polémicas. Verdaderamente “escéptico” sobre la suerte del movimiento internacional me parece ser aquel que pinta la multitud como “buena por naturaleza”, solidaria, inclinada a actuar en armonía, ausente de toda negatividad. Quien piensa así, ya se ha resignado a reducir al movimiento new global a fenómenos contraculturales o mediáticos, a su metamorfosis en un conjunto de tribus marginales, incapaces de incidir realmente sobre las relaciones de producción. Reconocer el “mal” de la (y en la) multitud significa enfrentarse con las dificultades inherentes a la crítica radical de un capitalismo que valoriza a su modo la misma naturaleza humana. Quien no reconoce este “mal” ya se ha resignado a no tener demasiado vuelo; o, dicho de otro modo, se resigna al peligro de hacer vivir al movimiento por debajo de sus propios medios.
Segunda observación. Pongámonos de acuerdo con el uso de la palabra “institución”. ¿Es un término que pertenece exclusivamente al vocabulario del adversario? Creo que no. Creo que el concepto de “institución” es decisivo, también (y, acaso, sobre todo) para la política de la multitud. Las instituciones son el modo en que nuestra especie se protege del peligro y se da reglas para potenciar la propia praxis. Institución es, por lo tanto, también un colectivo de piqueteros. Institución es la lengua materna. Instituciones son los ritos con los que tratamos de aliviar y resolver la crisis de una comunidad. El verdadero desafío es individualizar cuáles son las instituciones que se colocan más allá del “monopolio de la decisión política” encarnado en el estado. O incluso: cuáles son las instituciones a la altura del “General Intellect” del que hablaba Marx, de aquel “cerebro social” que es, al mismo tiempo, la principal fuerza productiva y un principio de organización republicana.
CS: A diferencia de otros pensamientos sobre el posfordismo, en tus argumentos pareciera que un cierto énfasis en la ambivalencia del animal lingüístico y su relación con el Estado, llevara a una indiferencia respecto de los diagnósticos sobre las nuevas formas de control y gestión de las vidas que van más allá del poder de las soberanías de los estados nacionales (“sociedades de control”, la “noopolítica”, la “biopolítica”, etc.). ¿Cómo plantearías tu posición al respecto?
PV: No, no soy en absoluto indiferente a otros análisis del posfordismo. A algunos los aprecio, a otros los critico; todos, no obstante, me implican y me obligan a formularme preguntas, a reflexionar mejor.
Pongo dos ejemplos: el primero, la “sociedad de control”. Es una buena categoría. Significa, en líneas generales, que la cooperación del trabajo social perdería parte de su potencia (y de su eficacia para la valorización capitalista) si fuese dirigida y disciplinada en cada detalle. La invención y la innovación no son ya patrimonio del emprendedor schumpeteriano, sino prerrogativas del trabajo vivo. Para el capitalista es necesario apropiarse de la innovación a posteriori, seleccionando en ella los aspectos afines a la acumulación y eliminando todo lo que puede dar lugar a libres instituciones de la multitud. En cierto sentido, hay un retorno desde la “subsunción real” del trabajo hacia la “subsunción formal”. O, dicho de otra manera y dejando de lado la jerga marxiana, hay un pasaje desde formas de dominio basadas en la negación de toda autonomía de la fuerza de trabajo hacia formas de dominio que impulsan a la fuerza-trabajo a producir innovación, cooperación inteligente, etc. Es necesario añadir: la “sociedad de control”, con su modernísima “subsunción formal”, requiere más, y no menos, violencia represiva. Y se entiende el por qué: la valorización capitalista del trabajo vivo en cuanto general intellect, si por un lado exige que el trabajo vivo goce de una cierta autonomía, por el otro debe impedir que ésta se transforme en conflicto político. Y lo impide con una ferocidad de la que el fordismo no tenía necesidad.
Segundo ejemplo: la biopolítica. El gobierno de la vida depende del hecho de que se vende la propia fuerza de trabajo. La fuerza de trabajo es pura potencia sin aún aplicación efectiva: potencia de hablar, de pensar, de actuar. Pero una potencia no es un objeto real. Ella existe en cuanto “alojada” por un organismo biológico, el cuerpo del obrero. Para esto el capital gobierna la vida: porque, precisamente, la vida es portadora de la fuerza de trabajo, sustrato de una pura potencia. No porque quiera mandar sobre los cuerpos como tales. Entonces, es de la noción de fuerza de trabajo que surge el gobierno de la vida. Foucault (junto a tantos otros) se desembarazó con demasiado apuro de Marx, con el efecto de llegar tiempo después a ciertos resultados marxianos, pero poniendo la cabeza en el lugar de los pies.
CS: Todas las noticias que llegan del mundo de las tecnociencias y la digitalización nos hablan de un intento directo de alterar la propia composición y forma de las especies, incluyendo la humana. Con la promesa de “mejorar lo humano” o simplemente “evitar el sufrimiento” existe actualmente un cúmulo de experimentos dirigidos a modificar la memoria, intervenir sobre el cebrero, el sistema nervioso, etc. Las tecnociencias operan sobre la hipótesis de un hombre-informático, genoma, ADN, etc. ¿Cómo leés estos intentos de modificación genética, de lo animal y de lo humano? ¿Apuntan realmente a desdibujar sus fronteras? ¿Qué naturaleza tiene el tipo de poder que opera en este nivel del tecnocapitalismo?
PV: El problema no es nuevo. El animal humano es el único que, más allá de vivir, debe volver posible la propia vida. Por un lado, esto es correlato de su contexto ambiental; por el otro, él mismo reformula siempre de nuevo la relación con este contexto. Es un animal naturalmetne artificial. Esto para decir que el hombre ha modificado siempre, al menos en cierta medida, su propio ambiente e, incluso, su propio cuerpo. O mejor: la praxis humana es siempre aplicada a las mismas condiciones que vuelven humana a la praxis. Hoy este aspecto se ha puesto en primer plano, ha devenido industria. En mi opinión, los movimientos deberían mostrar una cauta simpatía por las tecnociencias. Cauta, obviamente, porque éstas están sobrecargadas de intereses capitalistas. Pero simpatía, porque éstas muestran –aunque sea, incluso, de una forma a menudo detestable– la posibilidad de recomponer la antigua fractura entre ciencias del espíritu y ciencias naturales.
CS: Sobre la “ocurrencia”. Dado que la “ocurencia” es el diagrama interno de la innovación, y por qué no, de la praxis misma, surge de inmediato el problema del estatuto del “tercero” que es a la vez “público”. En una primera lectura nos ha parecido que si bien la “ocurrencia” reúne tres figuras o posiciones (el ocurrente, aquel sobre el que cae la ocurrencia y el tercero que aprueba o desaprueba la ocurrencia) en las que descansa toda esta estructura, que así es inmediatamente pública, sin embargo, pareciera subsistir un lugar más activo en el ocurrente mismo, es decir, en quien elabora su hipótesis-ocurrencia, cuya suerte será luego evaluada. La pregunta que te formulamos, entonces, es la siguiente: ¿qué hay de una política activa y posible del lado del tercero mismo? ¿No demanda la propia condición de la “inteligencia general” una permanente sensibilización respecto de las ocurrencias de los otros, y no sólo una búqueda atenta del momento propicio para devenir uno mismo ocurrente?
PV: Estoy completamente de acuerdo con la hipótesis que formulan. En el chiste, la “tercera persona” (así la llama Freud), esto es, el público, es un componente esencial, pero pasivo. Equivale, grosso modo, a aquellos que asisten a una asamblea política, valorando los discursos que se suceden en ella. Sin la presencia de estos espectadores, los discursos pronunciados no tendrían sentido alguno. Pero, al menos a primera vista, ellos no hacen nada. ¿Es realmente así? Quizá no. Sobre todo al interior del movimiento new global, el rol de la “tercera persona”, del público, es, ya de por sí, una forma de intervención activa. Hoy, quien escucha una ocurrencia o un discurso político, lo rearticula mientras lo escucha, elabora sus desarrollos posibles, modifica su significado: en síntesis, lo transforma en el momento mismo en que lo recibe. Tiene que ver, en fin, con un público activo.
Septiembre de 2006
Paolo Virno Nació en Nápoles en 1953. Participó del “movimiento del 77″ y es uno de los más activos militantes de la
tradición italiana de la autonomía. Integrante de las experiencias de Potere Operaio primero, y de Auto-nomía Operaia luego. Fue involucrado en el “proceso del 7 de abril”, que llevó a decenas de intelectuales militantes a la cárcel y el exilio. En libertad en Italia desde 1987 ha desarrollado una intensa labor de pensamiento, reflejada en revistas como Futur Antèrieur, Luogo Comune y Derive Approdi. La influencia de esta actividad es fácilmente reconocible en el análisis de las transformaciones de las subjetividades productivas en el posfordismo y en la recomposición de los movimientos sociales en Italia. Entre sus libros se destacan Convenzione e materialismo. L’unicitá senza aura (1986), Mondanitá. L’idea di “mondo” tra esperienza sensibile e sfera pubblica (1994), y los recientemente publicados en español Palabras con palabras. Poderes y límites del lenguaje (1995), El recuerdo del presente. Ensayo sobre el tiempo histórico (1999), Gramática de la multitud (2002) y Cuando el verbo se hace carne. Lenguaje y naturaleza humana (2004).
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martes, 21 de junio de 2011
¿Cerca de la revolución? (Colectivo Situaciones)
¿Cerca de la revolución?
Colectivo Situaciones
¿Hay en la Argentina una revolución en marcha? Tal parece ser la pregunta que, como esperamos mostrar en este artículo, no encuentra respuesta fácil y definitiva.
I- Insurrección
Durante los días 19 y 20 de diciembre Argentina vivió una auténtica insurrección de masas. Pero para evitar todo malentendido, desde el comienzo mismo expliquemos a qué estamos llamando insurrección. En primer lugar: se trató de una pueblada de nuevo tipo en la que no hubo líderes exteriores, promesas de futuro, programas, ni organizaciones centralizadas al frente de las multitudes callejeras. En segundo lugar: fue un ejercicio popular destituyente respecto a los poderes políticos instituidos –y de la misma relación de representación política–, al punto que la consigna general del movimiento insurreccional fue y sigue siendo: “que se vayan todos, que no quede ni uno solo”.
La insurrección argentina de diciembre dijo “no”: y lo hizo de manera contundente. Pero ese “no”, palpable desde hacía ya un buen tiempo, no hizo sino enriquecerse y fusionar en su cuerpo significante deseos largamente anhelados, demandas insatisfechas, y hartazgos inaplazables. Ese “no” positivo también produjo una afirmación: las nuevas posibilidades a recorrer.
Y, precisamente, una de las grandes virtudes de la insurrección de diciembre fue otorgar visibilidad a la existencia y al desarrollo de un contrapoder anterior y extendido a lo largo de todo el país.
Ese contrapoder, que no siempre había sido reconocido como tal, y que ahora se presenta en su multiplicidad –heterogéneo y desarticulado–, se hizo presente en toda su potencia al ritmo de una crisis furibunda que, sin embargo, no explica totalmente su emergencia.
Nuestra hipótesis es que la insurrección tuvo un doble sentido: el de decir “no” a la modalidad capitalista del hacer –político y económico– a la vez que el de comenzar a producir categorías y mentalidades capaces de percibir las características de un nuevo protagonismo social.
II- Un nuevo protagonismo social[1]
El nuevo protagonismo social –es decir, el contrapoder– no es, como podría pensarse, un efecto mecánico ni un producto directo de la insurrección. De hecho, la experiencia de las luchas piqueteras –por poner un ejemplo entre otros posibles- es muy anterior.
Para explicarnos: concebimos al nuevo protagonismo social como a una forma –algo esquemática pero útil– de referirnos a las estrategias de subjetivación contemporáneas; es decir, aquellas que asumen hasta qué punto trabajan en un contexto radicalmente alterado tanto por las nuevas condiciones de la dominación, como por la experiencia de la caducidad de muchos de los referentes –teóricos y organizacionales– clásicos de la resistencia. El nuevo protagonismo social está en la base de un nuevo radicalismo político caracterizado frecuentemente por la propensión a la autonomía respecto del estado, del mercado y de los partidos, la acción directa, la socialización autogestionada y horizontal, la escala situacional del pensamiento, etcétera.
El contrapoder en la Argentina es simultáneamente extendido y frágil. Lo primero se constata a simple vista: decenas de miles, sino cientos de ellos, se han entregado a desarrollar actividades alternativas vinculadas a la salud, a la educación, a la economía, a los derechos humanos y a la cultura. Al mismo tiempo, se despliega el movimiento de los desocupados –piqueteros–, la lucha social más dinámica de los últimos años, y el movimiento de asambleas populares de vecinos en las ciudades más importantes del país.
Pero también hay fragilidad: porque hay más preguntas que respuestas, porque se improvisa en todos los ángulos, porque la creación radical que la época demanda es a la vez un flanco débil y porque la invención de formas subjetivas radicales no está asegurada.
Se ha afirmado reiteradamente que la resistencia actual encuentra una diferencia con la resistencia tradicional: y es que no se organiza, sin más, a partir de la lógica del enfrentamiento, sino que encuentra un principio de consistencia alrededor de aquella máxima ya mítica de Deleuze: “resistir es crear”. Y así es: ya no se trata puramente de una resistencia política, sino de una que, simultáneamente, debe producir vida, lazo social, hacer material. Este es el programa –y la raíz– de las experiencias del contrapoder.
III- Crisis y contrapoder
El estado nacional en Argentina se ha transformado. Se ha degradado. Ha sido presa de las políticas neoliberales, de la aceleración de los flujos globales del capital (llamada globalización) y ha sido apropiado por verdaderas mafias. Una nueva formación social surge en Argentina: la fragmentación social, el empobrecimiento masivo y la destrucción de la vieja estructura productiva. ¿Qué implica esta novedad para el pensamiento de las experiencias de contrapoder? Dos cosas aparecen claras: a- el estado actual ya no es el (no tan) viejo Estado Nación, con sus capacidades efectivas de integración, aún si siempre fueron limitadas; y b- existen hoy importantes recursos de dominio que se despliegan relativamente por fuera del estado mafioso en condiciones neoliberales.
Actualmente no existe un monopolio de la moneda de curso legal. No sólo por los bonos que producen los gobiernos nacionales y provinciales, que conservan una cierta legalidad estatal, sino sobre todo por la circulación de los “créditos” de las redes del trueque. En Quilmes, Provincia de Buenos Aires, por ejemplo, se pagan impuestos con los créditos de la Red Global del Trueque. Tampoco existe un monopolio de la violencia. Durante los saqueos de diciembre los grandes supermercados trasnacionales contrataron directamente al personal de policía o gendarmería para que reprima, mientras que los medianos y pequeños mercados eran defendidos a los tiros por sus propios dueños. Podríamos seguir con los ejemplos: bandas policiales que se autonomizan del poder legal y político, guerra de mafias, seguridad privada, grupos parapoliciales, corrupción masiva en todos sus niveles, etc.
El capital tiene ante sí el desafío de construir formas mínimas de regulación estatal. Ellas pueden implicar: a-el intento de construcción de un estado neoliberal capaz de hacer imperar la ley, es decir, de recomponer en nuevos términos una autoridad política fundada en su capacidad técnica para desarrollar negocios en el país o; b- asociarse, como hasta ahora, en forma directa con el estado mafia, constituyendo núcleos de regulación por fuera del estado, sin revertir la descomposición y corrupción del aparato estatal.
Estas posibilidades deben tener en cuenta que el estado-mafia existe y, como tal, constituye un poderoso dato de partida para cualquier análisis y proyecto y que, por tanto, sea lo que sea que vaya a suceder a nivel de la organización de la dominación (signada por la necesidad de valorización del capital) ese resultado será intermedio entre estos posibles.
Estas opciones, además, están cruzadas por otros movimientos fundamentales de la coyuntura mundial, continental y nacional que ni siquiera mencionamos ahora, pero que revelan una complejidad mayor y que tienen relación directa con las fuerzas imperialistas que pretenden que la Argentina ingrese al ALCA.
El capital precisa recomponer su dominio y no parece tener aún ni una estrategia única, ni una vía clara para hacerlo. La coyuntura nacional está signada por este hecho fundamental. No se trata de un vacío de poder, sino de un proceso más complejo. Lo que está en juego es qué tipo de capitalismo es posible en el contexto actual determinado tanto por la degradación política e institucional, como por la presencia de redes extendidas de contrapoder.
IV- 26 de junio
Los últimos días de junio las luchas piqueteras volvieron a tomar la calle. El 26 de junio, más precisamente, se preparó una manifestación de varios grupos piqueteros, y el gobierno dispuso que no se ocupasen los puentes que unen a la provincia de Buenos Aires con la ciudad. Esos puentes tienen una larga historia: cada vez que las multitudes se han activado han hecho de esos puentes un camino al centro de la ciudad. En un cierto momento empezó la cacería policial. Hubieron cientos de heridos y detenidos –legales e ilegales– y un comisario fusiló –no metafóricamente, sino literalmente– a dos compañeros del movimiento piquetero. La impunidad policial fue tal que los asesinatos fueron hechos ante testigos, periodistas y hasta fotógrafos: todo quedó perfectamente registrado.
Si el poder soberano tiene el poder de matar y dejar vivir, como recordaba Foucault, el biopoder trabaja a partir del cuidado de la vida de la población (dejar morir, hacer vivir). Foucault percibió agudamente hasta qué punto los estados biopolíticos no abandonan sus facultades soberanas. Sin embargo, el escándalo de un estado matando, en condiciones biopolíticas, aparece como posible en la medida en que los blancos del exterminio fueran previamente presentados como un peligro para la vida. A esto llamaba Foucault el racismo moderno de estado.
Lo sabemos: no se mata igual a un “incluido que a un excluido”. No se mata igual a un “ladrón” que a un “ahorrista” (y menos aún, a un “ahorrista” que a un “banquero”). No se mata igual en la capital del país que en una provincia. Matar, lo que se dice matar, es una operación doble, cuando corre por cuenta del soberano: 1- Es la selección de los asesinados y su exclusión de la esfera de pertenencia de quienes son protegidos por el poder biopolítico. 2- Y es matar efectivamente. Las muertes de los piqueteros Maximiliano Costeki y Darío Santillán revelan el escándalo –para el poder– de la operación soberana fallida.
El mismo mecanismo había sido intentado durante los días de diciembre. Se pretendió impedir la confluencia de “excluídos” e “incluídos” por medio de la postulación de los primeros como elementos peligrosos. Se decretó un estado de sitio que falló. Y decimos: falló porque ya “nadie protege a nadie”. Entonces, si nadie protege a nadie ¿para qué está el estado y para qué los políticos? El reverso del “que se vayan todos” es el fracaso de la regulación estatal de las redes biopolíticas.
Lo que falló fue la operación biopolítica fundamental: la del racismo, que permite al soberano matar sin alterar el principio que lo valida: proteger la vida.
El 26 de junio muestra dos cosas. De un lado, el proyecto del poder: construir un estado biopolítico (racista). Y también muestra su fracaso. Por otro, nos muestra el potencial del contrapoder de aparecer en este contexto como la vía más efectiva para desarmar estrategias fascistas y promover un nuevo protagonismo, capaz no tanto de defender la vida, como de producirla, desbiologizándola, para desarrollarla en su multiplicidad: esta es la singularidad del contrapoder hoy en la Argentina.
V- Experimentos y redes
Actualmente, para las experiencias del contrapoder y sus redes de abastecimiento, de contrainformación y contracultura es fundamental calibrar esta situación tan novedosa: el estado ya no integra sino excluyendo. Resulta importante retener este aspecto del problema. El contrapoder ya no tiene como perspectiva posible la lucha por la integración, sino que va tomando la forma de la autoafirmación de las posibilidades de una marginación subjetiva del mundo de los valores dominantes.
Desde el contrapoder, pareciera inevitable que se asuma la necesidad de fortalecer lo que John Holloway nombra acertadamente como la “socialización del hacer”: la extensión de vínculos productivos y de experiencias de economía alternativa. A la vez que se adopta una nueva perspectiva de la relación entre política y gestión que permita sostener con éxito el vínculo con gobiernos locales que no se decidan por la represión, sin que esto signifique caer en la trampa de asumir directamente la gestión de estados municipales ni provinciales.
Lo fundamental, parece ser, entonces, la capacidad de producir una temporalidad propia que permita al contrapoder socializar estas redes del hacer (que abarcan cada vez más la extensión de una sociedad paralela) a la vez que se elabora una teoría política interior a la experiencia, capaz de orientar estrategias exitosas de autodesarrollo en las actuales condiciones.
La apuesta a la autonomización de la reproducción de las experiencias radicales precisa de hipótesis prácticas para su propia proyección y para ser efectivamente recorridas.
Y bien, de lo que venimos diciendo se desprende una: en Argentina se ha autonomizado un conjunto de redes diferentes -más o menos difusas, más o menos organizadas; no totalmente consistentes ni efectivas- sobre las cuales se funda la dinámica de producción y reproducción social alternativa. Se trata de redes de trueque (intercambio de bienes y servicios sin moneda legal donde intervienen más de tres millones de personas), ocupación de fábricas por los propios trabajadores (100 aproximadamente, según los diarios), experiencias comunitarias en salud (farmacias populares de remedios genéricos), en educación, en economía solidaria (comedores barriales y compras comunitarias), coordinadoras antirepresivas, etcétera, y los enlaces que entre ellas se van produciendo.
Estas experiencias son muy heterogéneas. Algunas, incluso, francamente oscuras. Pero a la vez hay millones de personas viviendo en ellas. En estas experiencias se mezclan punteros políticos y mafias vinculadas al aparato del estado junto a expresiones genuinas de reproducción vital para quienes fueron considerados muertos, durante años, por el mercado capitalista.
Esas redes tienden a la autonomía respecto del mando del capital en la misma medida en que han perdido toda posibilidad de inclusión/integración en condiciones mínimamente dignas. O, en otras palabras, en la medida en que ya no consiguen formas deseables de inclusión.
Estas redes tienen un potencial enorme en la medida en que pongan en movimiento todos sus recursos: ligar productores entre sí, productores con consumidores, nuevas formas de intercambio sin mediaciones mafiosas y, sobre todo, en la medida en que estos circuitos puedan sostenerse a partir de construir fronteras móviles con el mercado capitalista.
VI- La lucha de clases
En efecto, la lucha de clases gira alrededor del hecho fundamental de que el capital tiende a dominar de manera cada vez más directa sobre la naturaleza, la vida humana, y la riqueza cultural de los pueblos. En toda América Latina se ve de forma abierta cómo la lucha de los pueblos por controlar sus propias condiciones de reproducción entra en contradicción directa con las necesidades de la acumulación de capital.
Todo lo que se subordina al capital es brutalmente explotado. El capitalismo, como nunca, produce vida para la muerte. Su propia modalidad de acumulación produce, estructuralmente, exclusión.
Como contrapartida, cada vez más, la fuerza de las luchas radica en su tendencia a autonomizarse del mando del capital. Redes completas de cultura indígena, de campesinos y productores directos desarrollan un contrapoder cada vez más potente por la base de nuestras sociedades.
No es previsible –pero tampoco imposible, claro– que al corto plazo el contrapoder vaya a ser abatido. En todo caso no será tan fácil hacerlo. La sociedad capitalista tiene poco o nada para ofrecer a quienes logran constituir una sociabilidad al margen de su control y las soluciones puramente represivas son costosas desde todo punto de vista. Sin embargo, la combinación de cooptación y represión siempre está a la orden del día.
Aún así resulta posible vislumbrar una convivencia en el tiempo entre un poder capitalista (bajo la forma que finalmente adquiera) y un contrapoder que se aleje cada vez más de la guerra abierta y tienda a autoafirmarse en nuevas formas productivas y reproductivas.
Si lo que desarrollamos aquí no es simplemente una locura (y, repetimos, no tenemos como negarlo) estamos en condiciones de insistir en dos conclusiones: a- Que el capital debe resolver (en Argentina) sus dilemas ligados a las formas de valoración y a la regulación de la lucha de clases. Y que se está jugando en este momento las modalidades específicas de articulación directa entre capitales y mafias. Y que esta resolución se da en el contexto de la emergencia de un contrapoder de proporciones. b- El propio contrapoder, en su desarrollo, debe también resolver una cantidad de cuestiones fundamentales en relación con el estado, los gobiernos locales, el hambre, los medicamentos, las formas de autogestión, el vínculo entre experiencias, las formas de autodefensa, etc.
Así, el capital, como control (y aspiración del control) de la potencia productiva de los pueblos y de la vida y, por otro lado, el contrapoder, como tendencia a la autonomización de la reproducción de la vida, configuran el eje fundamental de la lucha de clases actual y su convivencia, novedosa, no promete ser un lecho de rosas.
La convivencia de un poder capitalista en permanente recomposición y de un contrapoder que está también en permanente recomposición produce ansiedad en quienes, de un lado y otro, querrían resolver la partida en una sola movida.
Desde el punto de vista del contrapoder, sin embargo, es vital obtener tiempo. Afianzar estas redes. Madurar una teoría política que permita comprender mejor cuestiones tan complejas como las relaciones entre las instituciones estatales y las políticas de base, entre presencia efectiva de las luchas y niveles representativos, entre liderazgos situacionales y caudillismos, entre producción y reproducción de la vida, entre autodefensa y éxodo, entre enfrentamientos necesarios y protección de los compañeros y las experiencias, entre desarrollo local, nacional y continental, etc.
La dificultad, además, probablemente esté ligada al tipo de militancia concreta que emerge como modelo de estas redes autónomas. Ya no se trata de un especialista en ideologías ni en enfrentamientos, sino de operadores situacionales de pensamientos y prácticas, artífices virtuosos de la producción y la reproducción social. Categorías de una nueva teoría política del contrapoder.
Claro que no es fácil. Se trata de una hipótesis a desarrollar hasta el final. Pero hay buenos ejemplos de experiencias en todo el país, y en todo el continente, que apoyan esta línea de desarrollo.
No se trata de una solución a todos los problemas. Tal vez la represión, cada vez más presente, obligue a modificar algunos aspectos. Es decir que aún trabajando por esta vía el enfrentamiento es una realidad dura, a asumir. Pero un nuevo horizonte se alza por encima de esta pista: a- la fusión entre reproducción vital y política; b- una mejor comprensión de las posibilidades de la relación entre las instituciones representativas y las experiencias de base y c- evitar la lógica del enfrentamiento para trabajar radicalmente la autoafirmación.
Colectivo Situaciones; Buenos Aires, Septiembre de 2002
Colectivo Situaciones
¿Hay en la Argentina una revolución en marcha? Tal parece ser la pregunta que, como esperamos mostrar en este artículo, no encuentra respuesta fácil y definitiva.
I- Insurrección
Durante los días 19 y 20 de diciembre Argentina vivió una auténtica insurrección de masas. Pero para evitar todo malentendido, desde el comienzo mismo expliquemos a qué estamos llamando insurrección. En primer lugar: se trató de una pueblada de nuevo tipo en la que no hubo líderes exteriores, promesas de futuro, programas, ni organizaciones centralizadas al frente de las multitudes callejeras. En segundo lugar: fue un ejercicio popular destituyente respecto a los poderes políticos instituidos –y de la misma relación de representación política–, al punto que la consigna general del movimiento insurreccional fue y sigue siendo: “que se vayan todos, que no quede ni uno solo”.
La insurrección argentina de diciembre dijo “no”: y lo hizo de manera contundente. Pero ese “no”, palpable desde hacía ya un buen tiempo, no hizo sino enriquecerse y fusionar en su cuerpo significante deseos largamente anhelados, demandas insatisfechas, y hartazgos inaplazables. Ese “no” positivo también produjo una afirmación: las nuevas posibilidades a recorrer.
Y, precisamente, una de las grandes virtudes de la insurrección de diciembre fue otorgar visibilidad a la existencia y al desarrollo de un contrapoder anterior y extendido a lo largo de todo el país.
Ese contrapoder, que no siempre había sido reconocido como tal, y que ahora se presenta en su multiplicidad –heterogéneo y desarticulado–, se hizo presente en toda su potencia al ritmo de una crisis furibunda que, sin embargo, no explica totalmente su emergencia.
Nuestra hipótesis es que la insurrección tuvo un doble sentido: el de decir “no” a la modalidad capitalista del hacer –político y económico– a la vez que el de comenzar a producir categorías y mentalidades capaces de percibir las características de un nuevo protagonismo social.
II- Un nuevo protagonismo social[1]
El nuevo protagonismo social –es decir, el contrapoder– no es, como podría pensarse, un efecto mecánico ni un producto directo de la insurrección. De hecho, la experiencia de las luchas piqueteras –por poner un ejemplo entre otros posibles- es muy anterior.
Para explicarnos: concebimos al nuevo protagonismo social como a una forma –algo esquemática pero útil– de referirnos a las estrategias de subjetivación contemporáneas; es decir, aquellas que asumen hasta qué punto trabajan en un contexto radicalmente alterado tanto por las nuevas condiciones de la dominación, como por la experiencia de la caducidad de muchos de los referentes –teóricos y organizacionales– clásicos de la resistencia. El nuevo protagonismo social está en la base de un nuevo radicalismo político caracterizado frecuentemente por la propensión a la autonomía respecto del estado, del mercado y de los partidos, la acción directa, la socialización autogestionada y horizontal, la escala situacional del pensamiento, etcétera.
El contrapoder en la Argentina es simultáneamente extendido y frágil. Lo primero se constata a simple vista: decenas de miles, sino cientos de ellos, se han entregado a desarrollar actividades alternativas vinculadas a la salud, a la educación, a la economía, a los derechos humanos y a la cultura. Al mismo tiempo, se despliega el movimiento de los desocupados –piqueteros–, la lucha social más dinámica de los últimos años, y el movimiento de asambleas populares de vecinos en las ciudades más importantes del país.
Pero también hay fragilidad: porque hay más preguntas que respuestas, porque se improvisa en todos los ángulos, porque la creación radical que la época demanda es a la vez un flanco débil y porque la invención de formas subjetivas radicales no está asegurada.
Se ha afirmado reiteradamente que la resistencia actual encuentra una diferencia con la resistencia tradicional: y es que no se organiza, sin más, a partir de la lógica del enfrentamiento, sino que encuentra un principio de consistencia alrededor de aquella máxima ya mítica de Deleuze: “resistir es crear”. Y así es: ya no se trata puramente de una resistencia política, sino de una que, simultáneamente, debe producir vida, lazo social, hacer material. Este es el programa –y la raíz– de las experiencias del contrapoder.
III- Crisis y contrapoder
El estado nacional en Argentina se ha transformado. Se ha degradado. Ha sido presa de las políticas neoliberales, de la aceleración de los flujos globales del capital (llamada globalización) y ha sido apropiado por verdaderas mafias. Una nueva formación social surge en Argentina: la fragmentación social, el empobrecimiento masivo y la destrucción de la vieja estructura productiva. ¿Qué implica esta novedad para el pensamiento de las experiencias de contrapoder? Dos cosas aparecen claras: a- el estado actual ya no es el (no tan) viejo Estado Nación, con sus capacidades efectivas de integración, aún si siempre fueron limitadas; y b- existen hoy importantes recursos de dominio que se despliegan relativamente por fuera del estado mafioso en condiciones neoliberales.
Actualmente no existe un monopolio de la moneda de curso legal. No sólo por los bonos que producen los gobiernos nacionales y provinciales, que conservan una cierta legalidad estatal, sino sobre todo por la circulación de los “créditos” de las redes del trueque. En Quilmes, Provincia de Buenos Aires, por ejemplo, se pagan impuestos con los créditos de la Red Global del Trueque. Tampoco existe un monopolio de la violencia. Durante los saqueos de diciembre los grandes supermercados trasnacionales contrataron directamente al personal de policía o gendarmería para que reprima, mientras que los medianos y pequeños mercados eran defendidos a los tiros por sus propios dueños. Podríamos seguir con los ejemplos: bandas policiales que se autonomizan del poder legal y político, guerra de mafias, seguridad privada, grupos parapoliciales, corrupción masiva en todos sus niveles, etc.
El capital tiene ante sí el desafío de construir formas mínimas de regulación estatal. Ellas pueden implicar: a-el intento de construcción de un estado neoliberal capaz de hacer imperar la ley, es decir, de recomponer en nuevos términos una autoridad política fundada en su capacidad técnica para desarrollar negocios en el país o; b- asociarse, como hasta ahora, en forma directa con el estado mafia, constituyendo núcleos de regulación por fuera del estado, sin revertir la descomposición y corrupción del aparato estatal.
Estas posibilidades deben tener en cuenta que el estado-mafia existe y, como tal, constituye un poderoso dato de partida para cualquier análisis y proyecto y que, por tanto, sea lo que sea que vaya a suceder a nivel de la organización de la dominación (signada por la necesidad de valorización del capital) ese resultado será intermedio entre estos posibles.
Estas opciones, además, están cruzadas por otros movimientos fundamentales de la coyuntura mundial, continental y nacional que ni siquiera mencionamos ahora, pero que revelan una complejidad mayor y que tienen relación directa con las fuerzas imperialistas que pretenden que la Argentina ingrese al ALCA.
El capital precisa recomponer su dominio y no parece tener aún ni una estrategia única, ni una vía clara para hacerlo. La coyuntura nacional está signada por este hecho fundamental. No se trata de un vacío de poder, sino de un proceso más complejo. Lo que está en juego es qué tipo de capitalismo es posible en el contexto actual determinado tanto por la degradación política e institucional, como por la presencia de redes extendidas de contrapoder.
IV- 26 de junio
Los últimos días de junio las luchas piqueteras volvieron a tomar la calle. El 26 de junio, más precisamente, se preparó una manifestación de varios grupos piqueteros, y el gobierno dispuso que no se ocupasen los puentes que unen a la provincia de Buenos Aires con la ciudad. Esos puentes tienen una larga historia: cada vez que las multitudes se han activado han hecho de esos puentes un camino al centro de la ciudad. En un cierto momento empezó la cacería policial. Hubieron cientos de heridos y detenidos –legales e ilegales– y un comisario fusiló –no metafóricamente, sino literalmente– a dos compañeros del movimiento piquetero. La impunidad policial fue tal que los asesinatos fueron hechos ante testigos, periodistas y hasta fotógrafos: todo quedó perfectamente registrado.
Si el poder soberano tiene el poder de matar y dejar vivir, como recordaba Foucault, el biopoder trabaja a partir del cuidado de la vida de la población (dejar morir, hacer vivir). Foucault percibió agudamente hasta qué punto los estados biopolíticos no abandonan sus facultades soberanas. Sin embargo, el escándalo de un estado matando, en condiciones biopolíticas, aparece como posible en la medida en que los blancos del exterminio fueran previamente presentados como un peligro para la vida. A esto llamaba Foucault el racismo moderno de estado.
Lo sabemos: no se mata igual a un “incluido que a un excluido”. No se mata igual a un “ladrón” que a un “ahorrista” (y menos aún, a un “ahorrista” que a un “banquero”). No se mata igual en la capital del país que en una provincia. Matar, lo que se dice matar, es una operación doble, cuando corre por cuenta del soberano: 1- Es la selección de los asesinados y su exclusión de la esfera de pertenencia de quienes son protegidos por el poder biopolítico. 2- Y es matar efectivamente. Las muertes de los piqueteros Maximiliano Costeki y Darío Santillán revelan el escándalo –para el poder– de la operación soberana fallida.
El mismo mecanismo había sido intentado durante los días de diciembre. Se pretendió impedir la confluencia de “excluídos” e “incluídos” por medio de la postulación de los primeros como elementos peligrosos. Se decretó un estado de sitio que falló. Y decimos: falló porque ya “nadie protege a nadie”. Entonces, si nadie protege a nadie ¿para qué está el estado y para qué los políticos? El reverso del “que se vayan todos” es el fracaso de la regulación estatal de las redes biopolíticas.
Lo que falló fue la operación biopolítica fundamental: la del racismo, que permite al soberano matar sin alterar el principio que lo valida: proteger la vida.
El 26 de junio muestra dos cosas. De un lado, el proyecto del poder: construir un estado biopolítico (racista). Y también muestra su fracaso. Por otro, nos muestra el potencial del contrapoder de aparecer en este contexto como la vía más efectiva para desarmar estrategias fascistas y promover un nuevo protagonismo, capaz no tanto de defender la vida, como de producirla, desbiologizándola, para desarrollarla en su multiplicidad: esta es la singularidad del contrapoder hoy en la Argentina.
V- Experimentos y redes
Actualmente, para las experiencias del contrapoder y sus redes de abastecimiento, de contrainformación y contracultura es fundamental calibrar esta situación tan novedosa: el estado ya no integra sino excluyendo. Resulta importante retener este aspecto del problema. El contrapoder ya no tiene como perspectiva posible la lucha por la integración, sino que va tomando la forma de la autoafirmación de las posibilidades de una marginación subjetiva del mundo de los valores dominantes.
Desde el contrapoder, pareciera inevitable que se asuma la necesidad de fortalecer lo que John Holloway nombra acertadamente como la “socialización del hacer”: la extensión de vínculos productivos y de experiencias de economía alternativa. A la vez que se adopta una nueva perspectiva de la relación entre política y gestión que permita sostener con éxito el vínculo con gobiernos locales que no se decidan por la represión, sin que esto signifique caer en la trampa de asumir directamente la gestión de estados municipales ni provinciales.
Lo fundamental, parece ser, entonces, la capacidad de producir una temporalidad propia que permita al contrapoder socializar estas redes del hacer (que abarcan cada vez más la extensión de una sociedad paralela) a la vez que se elabora una teoría política interior a la experiencia, capaz de orientar estrategias exitosas de autodesarrollo en las actuales condiciones.
La apuesta a la autonomización de la reproducción de las experiencias radicales precisa de hipótesis prácticas para su propia proyección y para ser efectivamente recorridas.
Y bien, de lo que venimos diciendo se desprende una: en Argentina se ha autonomizado un conjunto de redes diferentes -más o menos difusas, más o menos organizadas; no totalmente consistentes ni efectivas- sobre las cuales se funda la dinámica de producción y reproducción social alternativa. Se trata de redes de trueque (intercambio de bienes y servicios sin moneda legal donde intervienen más de tres millones de personas), ocupación de fábricas por los propios trabajadores (100 aproximadamente, según los diarios), experiencias comunitarias en salud (farmacias populares de remedios genéricos), en educación, en economía solidaria (comedores barriales y compras comunitarias), coordinadoras antirepresivas, etcétera, y los enlaces que entre ellas se van produciendo.
Estas experiencias son muy heterogéneas. Algunas, incluso, francamente oscuras. Pero a la vez hay millones de personas viviendo en ellas. En estas experiencias se mezclan punteros políticos y mafias vinculadas al aparato del estado junto a expresiones genuinas de reproducción vital para quienes fueron considerados muertos, durante años, por el mercado capitalista.
Esas redes tienden a la autonomía respecto del mando del capital en la misma medida en que han perdido toda posibilidad de inclusión/integración en condiciones mínimamente dignas. O, en otras palabras, en la medida en que ya no consiguen formas deseables de inclusión.
Estas redes tienen un potencial enorme en la medida en que pongan en movimiento todos sus recursos: ligar productores entre sí, productores con consumidores, nuevas formas de intercambio sin mediaciones mafiosas y, sobre todo, en la medida en que estos circuitos puedan sostenerse a partir de construir fronteras móviles con el mercado capitalista.
VI- La lucha de clases
En efecto, la lucha de clases gira alrededor del hecho fundamental de que el capital tiende a dominar de manera cada vez más directa sobre la naturaleza, la vida humana, y la riqueza cultural de los pueblos. En toda América Latina se ve de forma abierta cómo la lucha de los pueblos por controlar sus propias condiciones de reproducción entra en contradicción directa con las necesidades de la acumulación de capital.
Todo lo que se subordina al capital es brutalmente explotado. El capitalismo, como nunca, produce vida para la muerte. Su propia modalidad de acumulación produce, estructuralmente, exclusión.
Como contrapartida, cada vez más, la fuerza de las luchas radica en su tendencia a autonomizarse del mando del capital. Redes completas de cultura indígena, de campesinos y productores directos desarrollan un contrapoder cada vez más potente por la base de nuestras sociedades.
No es previsible –pero tampoco imposible, claro– que al corto plazo el contrapoder vaya a ser abatido. En todo caso no será tan fácil hacerlo. La sociedad capitalista tiene poco o nada para ofrecer a quienes logran constituir una sociabilidad al margen de su control y las soluciones puramente represivas son costosas desde todo punto de vista. Sin embargo, la combinación de cooptación y represión siempre está a la orden del día.
Aún así resulta posible vislumbrar una convivencia en el tiempo entre un poder capitalista (bajo la forma que finalmente adquiera) y un contrapoder que se aleje cada vez más de la guerra abierta y tienda a autoafirmarse en nuevas formas productivas y reproductivas.
Si lo que desarrollamos aquí no es simplemente una locura (y, repetimos, no tenemos como negarlo) estamos en condiciones de insistir en dos conclusiones: a- Que el capital debe resolver (en Argentina) sus dilemas ligados a las formas de valoración y a la regulación de la lucha de clases. Y que se está jugando en este momento las modalidades específicas de articulación directa entre capitales y mafias. Y que esta resolución se da en el contexto de la emergencia de un contrapoder de proporciones. b- El propio contrapoder, en su desarrollo, debe también resolver una cantidad de cuestiones fundamentales en relación con el estado, los gobiernos locales, el hambre, los medicamentos, las formas de autogestión, el vínculo entre experiencias, las formas de autodefensa, etc.
Así, el capital, como control (y aspiración del control) de la potencia productiva de los pueblos y de la vida y, por otro lado, el contrapoder, como tendencia a la autonomización de la reproducción de la vida, configuran el eje fundamental de la lucha de clases actual y su convivencia, novedosa, no promete ser un lecho de rosas.
La convivencia de un poder capitalista en permanente recomposición y de un contrapoder que está también en permanente recomposición produce ansiedad en quienes, de un lado y otro, querrían resolver la partida en una sola movida.
Desde el punto de vista del contrapoder, sin embargo, es vital obtener tiempo. Afianzar estas redes. Madurar una teoría política que permita comprender mejor cuestiones tan complejas como las relaciones entre las instituciones estatales y las políticas de base, entre presencia efectiva de las luchas y niveles representativos, entre liderazgos situacionales y caudillismos, entre producción y reproducción de la vida, entre autodefensa y éxodo, entre enfrentamientos necesarios y protección de los compañeros y las experiencias, entre desarrollo local, nacional y continental, etc.
La dificultad, además, probablemente esté ligada al tipo de militancia concreta que emerge como modelo de estas redes autónomas. Ya no se trata de un especialista en ideologías ni en enfrentamientos, sino de operadores situacionales de pensamientos y prácticas, artífices virtuosos de la producción y la reproducción social. Categorías de una nueva teoría política del contrapoder.
Claro que no es fácil. Se trata de una hipótesis a desarrollar hasta el final. Pero hay buenos ejemplos de experiencias en todo el país, y en todo el continente, que apoyan esta línea de desarrollo.
No se trata de una solución a todos los problemas. Tal vez la represión, cada vez más presente, obligue a modificar algunos aspectos. Es decir que aún trabajando por esta vía el enfrentamiento es una realidad dura, a asumir. Pero un nuevo horizonte se alza por encima de esta pista: a- la fusión entre reproducción vital y política; b- una mejor comprensión de las posibilidades de la relación entre las instituciones representativas y las experiencias de base y c- evitar la lógica del enfrentamiento para trabajar radicalmente la autoafirmación.
Colectivo Situaciones; Buenos Aires, Septiembre de 2002
Causas y azares. Dilemas del nuevo protagonismo social (Colectivo Situaciones)
Causas y azares
(Dilemas del nuevo protagonismo social)
Colectivo Situaciones
Hace algo mas de un año atrás publicamos un libro titulado 19 y 20; Apuntes para un nuevo protagonismo social. El esfuerzo por escribir y editar aquellos apuntes en unos pocos meses -mientras la dinámica de los hechos se sucedía en las calles- dio lugar a una reflexión cuyo estilo fue determinado por la vocación de escribir al pié de los acontecimientos.
Al contrario de lo que habitualmente se da por cierto, no resulta del todo convincente aquella premisa metodológica que enuncia que las cosas se ven mejor a la distancia. Lo que la perspectiva de la distancia permite ver no debería pretender para sí superioridad alguna. Ya que si bien puede aspirar a una serenidad que habitualmente escasea entre quienes se ven afectados por el despliegue de los hechos, son estas mismas afecciones las que constituyen los posibles reales de una situación. De allí que la escritura “en caliente” aspire a registrar una complejidad que posiblemente se virtualice en el futuro cuando se atribuyan retroactivamente posibles que entonces no eran pensables.
El largo año y medio transcurrido entre las jornadas insurreccionales de diciembre del 2001 y las elecciones presidenciales de abril del 2003 merece ser pensado. Muchas preguntas se suceden: ¿cómo comprender, a la luz de la actual fase de aparente estabilización institucional, los acontecimientos de diciembre del 2001? ¿Qué es lo que sucedió con la promesa de una transformación radical del país entrevista a partir de la consigna “que se vayan todos, que no quede ni uno solo”, cuando el proceso electoral nos habla a las claras de una notable participación de la ciudadanía en los comicios y cuando los cinco candidatos principales -provenientes todos de los dos grandes partidos políticos mayoritarios desde hace décadas- se distribuyen casi el 95% de los votos?
No podemos pretender para nosotros la pericia, el oficio y la dedicación de los analistas políticos. Tampoco las preocupaciones, ni el enfoque ni los supuestos que nos animan se conectan con los de dichos análisis. La palabra de los expertos obtiene su consistencia a partir de una cierta capacidad de agenciar información y disponer de un cierto uso técnico del lenguaje. Pero la política no es aquello que se sucede en el mundo de los hechos puros a la espera de la sentencia de los entendidos, sino que su incumbencia es colectiva: los “hechos” mismos se componen con las interpretaciones que de ellos se hacen, prolongando su potencia y haciendo de las lecturas mismas un nuevo campo de disputas que, a su vez, se ofrecen a la interpretación de otros.
Lo que sigue, entonces, es una lectura “en caliente”: este texto fue concebido entre la primera vuelta electoral y el anuncio de la renuncia oficial de Menem, es decir, entre el 27 de abril y el 14 de mayo. El propósito es examinar los acontecimientos que trascurrieron entre diciembre del 2001 y mayo del 2003, lapso de tiempo éste que separa y comunica el estallido de una crisis económica y política sin precedentes y la emergencia de un nuevo protagonismo social (movimiento piquetero, asambleas, club del trueque, fábricas ocupadas por sus trabajadores, etc.) con la pretendida normalización cuyo punto de realización debía ser las elecciones presidenciales. La intensidad de este período -no menos que su complejidad- ha quedado obnubilada por quienes han proclamado que los resultados de las elecciones constituyen la muerte del movimiento del contrapoder y el borramiento de aquello que se abrió con las jornadas de diciembre.
I
La sorpresa
(ruptura, destitución y visibilidad)
La insurrección de diciembre nos sorprendió a todos. La misma noción de “insurrección” debió ser adecuada al carácter inédito de los acontecimientos. En efecto, la revuelta demandó durante meses de la inteligencia de todos quienes quedamos sorprendidos por su acaecer. ¿Qué venía a decir este imprevisto? Cada quien priorizó un aspecto. Según unos, la causa de todo aquello había que buscarla en una conspiración del peronismo bonaerense contra el débil gobierno de entonces. Otros creyeron ver detrás de los piolines que mueven a las marionetas, la implacable organización de ciertos revolucionarios probados. Hubieron quienes, incluso, desdeñaron todo lo sucedido al atribuirlo a una clase media cuyos ahorros en dólares le habían sido arrebatados. Como sea, lo mas probable es que todas esas versiones sean a la vez tan verídicas como insuficientes para dar cuenta de la dinámica efectiva de lo ocurrido.
La insurrección de diciembre tuvo un carácter destituyente. Su abrumadora eficacia consistió -precisamente- en su poder de revocatoria. Las cacerolas y las consignas cubrieron todo el espacio urbano. La presencia hormigueante de cuerpos humanos, la ocupación de la ciudad, y la saturación de los ruidos no sólo no transmitía mensaje alguno, sino que impedía que cualquier cosa pudiera ser realmente dicha. Las condiciones de elaboración institucional de las demandas sociales fue radicalmente interrumpida.
Y cuando se pudo hablar se insistió: “Que se vayan todos, que no quede ni uno solo”. La clausura del espacio y de las condiciones de comunicación con el sistema político dejó en evidencia la ruptura de las mediaciones políticas, reveló la impotencia de las instituciones partidarias y gubernamentales y abrió una interrogación (festiva y angustiante) sobre el futuro colectivo de los argentinos.
La insurrección desató así una ruptura de efectos múltiples. De un lado -y desde el comienzo- se hizo evidente que la irrupción de la multitud callejera en la ciudad alteraba de manera contundente el funcionamiento de los poderes. No sólo los poderes del estado, las fuerzas represivas, y los gobernantes se vieron afectados por la inesperada irrupción de un segmento importante de la población, sino que los efectos de tal alteración se registraron en evidentes movimientos en la economía, en las formas de habitar la ciudad, en decisiones empresariales, en la relación con los bancos, en la política de comunicación de los grandes medios, en el campo de las ciencias sociales, en la forma de conducirse de los políticos, de los militantes, de buena parte del campo artístico y cultural, etcétera.
La combinación del default, la devaluación y la crisis política convirtió al país en un territorio de nadie, donde las movilizaciones diarias cruzaban a ahorristas defraudados con piqueteros y caceroleros junto a turistas audaces que venían a conocer a precio barato los devenires de la “revolución argentina”.
Otra consecuencia de la ruptura de diciembre del 2001 fue la visibilización de un conjunto heterogéneo de formas de protagonismo social que fueron surgiendo en períodos disímiles y en relación a diferentes problemáticas y que, hasta diciembre, apenas si eran conocidos, tenidos en cuenta y valorados.
La raíz de este nuevo protagonismo tiene que ver, claro, con un capitalismo periférico en crisis. Pero el nuevo protagonismo no es una mera reacción. La potencia de la actualidad argentina radica, precisamente, en la emergencia de estas subjetividades que, desde hace años, experimentan en variados ámbitos de su existencia nuevas modalidades de sociabilidad.
Aunque hoy parezca evidente, por aquellos días de diciembre el entonces pujante movimiento piquetero era prácticamente desconocido. A pesar de que su existencia se remontaba a varios años de lucha en todo el territorio del país, recién hacía pocos meses se había sabido de ellos de manera masiva a partir de sus cortes de rutas coordinados. Pero en los cortes de rutas eran maltratados, y los propios partidos de izquierda -que los despreciaron durante años- llegaron desesperadamente a construir sus propios movimientos piqueteros sólo unos pocos meses antes de la insurrección. Las iniciativas de varias organizaciones piqueteras en sus respectivos territorios -ligadas a alimentación, salud, vivienda, educación, recreación, etcétera- siguieron siendo por mucho tiempo y para una parte significativa de la población, totalmente desconocidas.
Casi tan desconocidos como los piqueteros eran los diferentes nodos, redes y circuitos del trueque, que llegaron a aglutinar a millones de personas en el momento mas duro de la crisis. Su extensión llegó, tras varios años de desarrollo, a ser tan grande que incluso se aceptó que la moneda de unas de las redes valiese como moneda de pago para impuestos municipales. La figura del prosumidor no había sido apreciada como la experiencia subjetiva que pretendió reunir en un mismo espacio las capacidades productivas y la satisfacción de consumidores desplazando mediaciones financieras, burocráticas y comerciales. Lo mismo puede decirse de la sucesión de empresas ocupadas por sus trabajadores (largas decenas de fábricas, talleres, imprentas, bares, etcétera) a partir del vaciamiento de sus dueños, en varias ciudades del país. Éstas sólo eran objeto de atención de la izquierda institucional cuando se creía encontrar allí el resurgir de un sujeto obrero ausente.
Todas estas experiencias -a las que podríamos sumar entre otras la de los escraches iniciados por la agrupación H.I.J.O.S. contra los genocidas impunes de la última dictadura, o las luchas que llevan adelante los mapuches en el sur argentino y la organización de iniciativas campesinas en el norte del país, como el caso del Movimiento de Campesinos de Santiago del Estero- eran mas o menos conocidas, pero permanecían en una relativa soledad. Las jornadas de diciembre provocaron una visibilización -a la vez que una mutua relación y, en cierta forma, una generalización- entre ellas y con quienes se volcaron masivamente a participar o a conocer dichas iniciativas.
Una tercera virtud de la ruptura tuvo que ver con el surgimiento multitudinario de cientos de asambleas en los centros urbanos del país. Miles de vecinos se encontraron a elaborar -de manera conjunta- lo sucedido en diciembre a la vez que descubrieron un espacio de politización a la luz de la expansión del nuevo protagonismo social. La destitución de la institucionalidad política y de los partidos como instrumentos de gestión -o de transformación- de la realidad puso a los asambleístas frente al dilema de dilucidar nuevas modalidades de instituir la vida colectiva y la atención de necesidades inmediatas. Desde el comienzo, las asambleas -nacidas luego del 20 de diciembre- se vieron atravesadas por tensiones tales como si privilegiar el espacio del barrio, experimentando allí iniciativas ligadas al territorio, o si, por el contrario, trataban de sostener la capacidad de revocatoria política de las cacerolas, a la vez que debatían qué hacer con los partidos de la izquierda que pretendían cooptar las reuniones de vecinos para las orientaciones de sus propios aparatos.
En rigor, todas las posibilidades fueron desplegadas: hubieron quienes se dedicaron más a la coyuntura política, a todo tipo de iniciativas vinculadas al barrio, y hasta quienes quedaron atrapados en las redes de los partidos de la izquierda, además de darse diferentes combinaciones entre estas variantes. Las asambleas protagonizaron -durante el 2002- la creación de comedores populares, acciones solidarias con los cartoneros, confluencias con los movimientos piqueteros, experiencias interasamblearias, manifestaciones, escraches y, en algunos casos, realizaron una muy rica experiencia de politización para sus miembros.
Del lado de los acontecimientos que generaron la ruptura habría que señalar un largo conjunto de precedencias que operaron decisivamente en su desencadenamiento: experiencias de lucha -como las que acabamos de reseñar- cuyos orígenes pueden encontrarse en todo un cúmulo de descontentos y reclamos incumplidos; memorias superpuestas de luchas perdidas y de esperanzas frustradas; el desamparo de millones de personas por los efectos descarnados del neoliberalismo.
Pero tal vez quepa hablar de un segundo tipo de historicidad vinculada a una cierta capacidad de lectura de las transformaciones operadas en las formas de la reproducción social y en la eficacia de las mediaciones políticas que regularon de algún modo la convivencia social. De este modo, el rechazo a los políticos -por ejemplo- no sólo se emparenta con una visión corporativa o neoliberal del mundo, descreída de las acciones colectivas, sino que se alimenta de un conjunto de frustraciones derivadas de las promesas de la reapertura democrática del ´83 hasta finales del 2001.
II
Fenomenología de una aparente reconstrucción
La llegada al gobierno de Eduardo Duhalde, en enero del 2002, puso en marcha el delicado proceso de reconstrucción de estatalidad luego de la ruptura de diciembre. Hasta el momento, se asistía a una patética sucesión de presidentes elegidos por la asamblea legislativa para terminar el período del presidente destituido de la Alianza, De la Rua. La llegada de Duhalde implica, en primer lugar, un punto de detención a esa dinámica loca.
El primer objetivo del gobierno de Duhalde consiste en calmar los ánimos y en evitar mas muertes. En segundo lugar en reorganizar -en el tiempo- las condiciones del nuevo esquema de reasignación de recursos, y la restitución del vínculo con el sistema financiero.
A la declaración del default por parte del anterior gobierno de Rodríguez Saa, le sucede la devaluación del peso -es decir, la salida de la convertibilidad peso/dólar- y el desquicio inmediato de los precios, el desabastecimientos de productos, la suspensión de servicios, y la ruptura de todos los contratos pautados en dólares (deudas, depósitos, etcétera). El crecimiento de la pobreza y la indigencia se sucedió en proporciones geométricas.
Como efecto de este fin de las reglas del juego en total ausencia de un poder capaz de proponer nuevas regulaciones, el verano del 2002 fue un caos generalizado en el que, como suele suceder, los principales beneficios fueron para quienes poseen más recursos para enfrentar la situación: los bancos (compensados por el Estado por la pesificación), los grandes deudores en dólares a quienes se les pesificaron las deudas, los grandes propietarios de tierras y productores agrarios y los consorcios exportadores trasnacionalizados para quienes el dólar alto es fuente de enriquecimiento.
El panorama político se fragmentó alrededor de tres grandes bloques. De un lado, quienes promovieron abiertamente la dolarización, el ingreso al ALCA, y la utilización de las Fuerzas Armadas como instancia de control del conflicto social (siendo Menem y Lopez Murphy las caras visibles del proyecto). Del otro lado, el bloque pesificador-devalaudor, en el poder a través de Duhalde (y ahora del gobierno recientemente electo de Néstor Kirchner). Finalmente, el heterogéneo bloque de las fuerzas de centro izquierda, izquierda, sindicalismo alternativo y las expresiones de lucha mas consolidadas que se pronunciaron por una nueva forma de toma de decisiones políticas y de producción y distribución de la riqueza.
La llegada al gobierno de Duhalde fue posible fundamentalmente por tres razones: a- por el estallido del pacto de dominación instaurado por Carlos Menem en el que la hegemonía correspondía al núcleo de las empresas privatizadas y al sector financiero trasnacional; b- por la solidez del peronismo bonaerense, cuyo nivel de penetración en los estamentos mas empobrecidos de la población y su nivel de organización le permitió evitar la generalización del conflicto por medio de la distribución de unos dos millones de planes sociales de unos 50 dólares mensuales; c- porque ante el estallido de los poderes políticos este capital partidario le permitió al peronismo bonaerense imponerse con comodidad como último garante de los restos del sistema político.
El principal aporte del gobierno de Duhalde tuvo como mérito fundamental el hecho de subsistir al juego de presiones cruzadas y, particularmente, a la amenaza constante de las cacerolas. Al respecto cabe recodar la frase de Duhalde apenas asumió como presidente (quien, en rigor, había perdido en las elecciones presidenciales contra De la Rua): “con asambleas no se puede gobernar”.
El segundo período de la recomposición del sistema político se produjo al inicio del segundo semestre y giró alrededor de tres aspectos: a- la llegada del ministro de economía Lavagna, y su serena política de compatibilización de intereses junto a las primeras cosechas percibidas por Duhalde por ese mero hecho de “durar” que permitieron tranquilizar la subida del dólar y producir un moderado crecimiento de los sectores económicos beneficiados; b- la distribución de los planes sociales aceitaron los aparatos políticos, los cuales por medio de las redes del clientelismo lograron consolidar una cierta tranquilidad social; c- el aumento de la represión en los barrios que tuvo su punto máximo en la masacre del Puente Pueyrredón el 26 de junio del 2002.
Fue precisamente el escándalo provocado por esa masacre lo que obligó al entonces presidente Eduardo Duhalde a poner fecha de sucesión del próximo gobierno, a la vez que admitir su imposibilidad de normalizar la situación en los lapsos previstos, circunstancias éstas que explican el adelantamiento de la fechas de las elecciones.
El adelanto de las fechas influyó, entonces, sobre las tres tendencias virtuosas a partir de las que el gobierno procedía a realizar su programa de reconstrucción mínima de institucionalidad: a- la consolidación del precio del dólar, e incluso la baja, y la recuperación inevitable -incluso inercial- de una economía que no paraba de caer durante casi 4 años seguidos. Este punto fue de una enorme relevancia ya que la habilidad del gobierno en este aspecto logró obtener -como un triunfo- un acuerdo con el FMI y una sensación de progresiva salida de la crisis, a la vez que se comprometía -entre otras tantas cosas- al próximo gobierno a conseguir un descomunal superávit fiscal para el pago de la deuda externa; b- la apertura de una dinámica electoral, aún sobre los restos de los partidos políticos, y en condiciones francamente desfavorables para los candidatos, ninguno de los cuales obtenía sino un bajísimo nivel de popularidad -la Unión Cívica Radical y el Frepaso (ambos conformaban La Alianza) virtualmente han desaparecido; y el propio Duhalde impidió que el peronismo presente un sólo candidato, obligando a sus tres líneas internas a presentarse en listas separadas-. Y c- crecientes niveles de represión de las experiencias del contrapoder: de un lado, la persecución de jóvenes dirigentes piqueteros en los barrios, muchas veces en manos de grupos armados sin uniforme y la reactivación, por otro lado, del aparato judicial, que ordenó en pocos meses -antes de la primera vuelta electoral- el desalojo de fábricas ocupadas por sus trabajadores (siendo caso testigo pero no único el de las trabajadoras y trabajadores de Brukman) y de decenas de ocupaciones (algunas de ellas por parte de asambleas barriales), así como la detención de importantes dirigentes piqueteros salteños.
Los últimos meses antes de las elecciones se comenzó a percibir con preocupación que la fragmentación del sistema político podía llegar a generar un imprevisto: el retorno de Menem.
En efecto, la consigna “que se vayan todos, que no quede ni uno solo” pareció, entonces, haber quedado atorada en su propia naturaleza paradojal: dado que alguien va a quedarse, podría ser que el candidato a tal permanencia sea precisamente aquel cuya insensibilidad respecto de los procesos de rebelión social era más evidente.
La posibilidad de que Menem vuelva, sostenido en un porcentaje nada despreciable de la población -un 20% del padrón-, se tornó de pronto un factor atemorizador de una gran mayoría.
Habría que agregar que antes de las elecciones se sucedieron al menos dos circunstancias cuya estructura anticiparon la dinámica que se visibilizaría con los comicios.
En primer lugar, fue la invasión norteamericana, inglesa, polaca, española, etcétera, a Irak. De un lado, el poder militar concentrado decidió y ejecutó una guerra escandalosa no menos por sus propósitos que por sus efectos. Pero en paralelo se desencadenó un movimiento gigantesco en contra de la invasión. Ambos fenómenos pudieron convivir sin afectarse mutuamente: cada cual se desarrolló por vía paralela.
En segundo lugar, menos de una semana antes de la elección, se produjo una salvaje represión a una manifestación de unas diez mil personas concentradas en apoyo de las trabajadoras y trabajadores de la recién desalojada fábrica recuperada Brukman. A sólo días de las elecciones la represión se hizo presente en pleno centro de la ciudad de Buenos Aires, con un salvajismo radicalmente incompatible con cualquier consideración sobre el estado de derecho que, se suponía, se estaba reimplantando con las elecciones del 27 de abril.
Y bien, en este clima, se llega a la primera vuelta electoral. En los días previos, los medios de comunicación ganaron el espacio de la discusión pública con encuestas que daban por ganador a Carlos Menem y como posible segundo al candidato neoliberal puro -ex dirigente de la UCR- Ricardo López Murphy.
El resultado de la primera vuelta se tornó una relativa sorpresa: votó algo menos del 80% del padrón. El voto blanco y nulo no fue significativo. La lista encabezada por Menem salió primera con el 24% de los votos. Luego se ubicó la lista oficialista con el 22%. Tercero quedó López Murphy, seguido por el peronista Rodriguez Saá y, pegada a él, Elisa Carrió -también ex dirigente de la UCR pero de tendencia centrizquierdista-.
Los partidos de la izquierda tradicional, todos sumados, no llegaron al 3% de los votos.
Tras la primera vuelta electoral aparecieron claramente dos efectos: por un lado, los políticos obtuvieron un lugar en la esfera pública casi exclusivamente a través de los medios de comunicación y, por otro, las encuestas pronosticaron rápidamente que Néstor Kirchner arrasaría frente a Carlos Menem con un 70% contra un 20%.
El desempeño de Kirchner en la primera vuelta cosechó una buena parte de sus escasos votos gracias al aparato bonaerense que conduce Duhalde, de modo que sólo en la segunda vuelta el candidato oficial iba a beneficiarse con el apoyo de un electorado antimenemista que en la primera vuelta repartió su voto entre los otros tres candidatos.
De las tres semanas que separaban la elección del 27 de abril de la que debía hacerse el domingo 18 de mayo, las primeras dos se caracterizaron por un masivo apoyo de dirigentes de casi todos los partidos a Kirchner. Incluso los apoyos recibidos por Menem en la primera vuelta comenzaron a emigrar hacia los pabellones del seguro próximo presidente. En este contexto Menem renunció a participar a la segunda vuelta acusando a Duhalde de organizar un fraude electoral, y a Kirchner de ser un montonero.
De ese modo, el éxito que implicó para la recomposición de una institucionalidad representativa la primera vuelta electoral, se vio interrumpida al frustrarse la segunda vuelta y no poder proclamar un gobierno electo por un gran porcentaje del electorado. El nuevo gobierno surge entonces entrampado por la persistencia de la lógica del estado-mafia, y sin poder efectivizar su capital político -o popularidad- de manera inmediata. Situación ésta que debe leerse a la luz de la reconfiguración de la totalidad del sistema político a realizarse este año a través de las elecciones del gobierno de la ciudad de Buenos Aires, de la gobernación de la Provincia de Buenos Aires, de Córdoba y de legisladores nacionales.
III
Las urnas y las calles
Y bien, cómo era de esperar, han comenzado a circular las primeras estrategias de reflexión sobre la relación entre los efectos de las jornadas de diciembre del 2001 y las elecciones de abril-mayo del 2003. Se podrían reunir estos argumentos en dos grandes conjuntos de conclusiones realizadas cada una -con todos sus matices- según perspectivas opuestas.
El primer conjunto de argumentos sostiene que no hay herencia política de los sucesos de las jornadas de los días 19 y 20. La posibilidad de organizar una revolución política a partir de aquel descontento -si es que fue una posibilidad auténtica- ha sido definitivamente agotada. Las izquierdas políticas han quedado completamente neutralizadas. No es que no haya grandes descontentos -o que no se prevean mayores-, sino que las demandas existentes no han sido organizadas por fuera del sistema político, lo que permite ahora restaurar los procedimientos propiamente institucionales para mediar en tales conflictos. No es que no haya habido una crisis profunda, ni que ésta se haya resuelto. Sino que, lógicamente, las crisis generan descontentos, y ahora se trata de atender estos asuntos hacia la normalización de la convivencia social por medio de métodos políticos. Desde este ángulo, la realización de la primera vuelta electoral posee un significado muy especial, ya que constituye un paso muy importante en la moderación de los ánimos. La segunda vuelta, aún frustrada, confirma un clima de alejamiento de los extremos. La amenaza de la antipolítica fue conjurada.
Si esta primer estrategia de reflexión es festiva, el segundo conjunto es de lamento por la oportunidad perdida: los sucesos de diciembre eran el comienzo de una revolución posible. Pero para esto, hacía falta dotar el descontento de un programa político, de una organización, de una perspectiva. Se podrá polemizar sobre la característica de estas formas organizativas o sobre la amplitud de estas perspectivas, pero no se puede negar que estas son las condiciones para elaborar una política alternativa. El error fundamental cometido por quienes participaron de la revuelta -y sobre todo por quienes participan en experiencias autónomas- sería el haberse enredado en la estructura paradójica de la consigna “que se vayan todos, que no quede ni uno solo”. Se perdió de vista, de ese modo, la complejidad de la lucha política para terminar cada quien escondido en su refugio, con un discurso idealista y unas prácticas abstractamente horizontales.
Ambas lecturas se oponen en la perspectiva pero confirman una misma imagen de lo sucedido: las elecciones ocuparon el centro de la disputa política y uno de los contendientes -según parece- simplemente no se constituyó en ese escenario, abandonando el campo de batalla y firmando de ese modo su derrota. Si en el acto electoral no se hicieron presentes las fuerzas desatadas en diciembre, es que diciembre ya no existe. Abril-mayo del 2003 constituyen así la evidencia de una derrota retroactiva de aquello que pudo haber sido a partir de diciembre del 2001. La lección aparece transparente: el sistema político está en vía franca de resurrección, y las fuerzas del contrapoder han quedado enredadas en un previsible infantilismo político.
Ambas perspectivas se corresponden con una misma lectura sobre los hechos del 19 y 20 como momento fundador y oportunidad de desarrollo de una revolución política. Sólo que mientras la primera temía esa posibilidad, la segunda la deseaba. Y ambas poseen, en llamativa coincidencia, una misma imagen de la política como un juego de dos sobre un mismo plano, con homogéneas reglas de juego: como si se tratase de una partida de ajedrez. De este modo, las cosas se presentan como un match en el cual el Sistema Político, el Poder o el Estado se la jugaba “el todo por el todo” contra el Poder Popular, la Política de la Horizontalidad o el Contrapoder. Así planteadas las cosas, la evaluación es indiscutible: las experiencias de contrapoder deberán madurar, aprender a “hacer política”, comenzar el largo recorrido (como el del Lula y el PT) que las lleve, alguna vez, a ser opción auténtica de poder.
Y sin embargo, las rupturas no son sino eso: rupturas. Un poder destituyente no necesariamente trabaja según los requerimientos de lo instituyente. Diciembre del 2001 no fue el surgimiento de un sujeto político. De allí que tal sujeto no se haya manifestado. Fue, sí, una ruptura, y una visibilización de un nuevo protagonismo social. Pero ese protagonismo es lo que es, precisamente, porque no entiende la política como se lo hacía una década atrás. De allí que no sea prudente lamentarse de que estas fuerzas no hayan actuado como si fueran ese sujeto.
Mas aún: los efectos de las jornadas 19 y 20 fueron tan radicales -y subsisten a tal punto- que las elecciones estuvieron completamente afectadas por aquellas jornadas. Pero esto no habilita de ningún modo a establecer una relación a priori directa entre las luchas callejeras y la elaboración de experiencias de contrapoder y el resultado de las elecciones como tal.
De hecho, las mismas personas que han participado votando a tal o cual candidato son en muchos casos las mismas que luego participan de las experiencias alternativas de contrapoder. O mejor aún: no son las mismas, ya que en el cuarto oscuro no se es el mismo que en la asamblea, o en el corte de ruta. Ambos sitios se instituyen según reglas heterogéneas: si las elecciones pretenden representar todo lo que existe y decretar, por tanto, la inexistencia de aquello que no logra capturar y medir, las experiencias de contrapoder, al contrario, existen sólo en situación, en un territorio, una espacialidad, una disposición corporal y un tiempo autodeterminados.
No decimos que no haya relación entre ambas. No podríamos nunca negar que ambos ámbitos se afecten de manera relevante. Sí decimos, sin embargo, que no hay relación a priori entre ellas. Se trata -en su constitución- de dinámicas heterogéneas. Trasladar la potencia de una situación a lo que sucede en las elecciones, lleva a disolverla. Y, al contrario, ordenar una situación a partir de una lectura global de las elecciones lleva a destruir los posibles de tal situación.
Ya no estamos en el juego de ajedrez. No hay una única dimensión. No existe un sólo conjunto de reglas dadas. Como dijo un amigo una vez, no se trata de las blancas contra las negras cuanto de las negras contra el tablero. Mientras las blancas mueven de una cierta manera, respetando ciertas reglas y conservando ciertos objetivos, las negras bien podrían alterar lo que se espera de ellas. Esto puede dar nacimiento a otra operatoria, crear nuevas estrategias, anular todo objetivo preestablecido y experimentar nuevos devenires. Se dirá que todo esto no es más que una fuga imposible por parte de unas piezas negras que estarían suicidándose. Pero esto no es cierto. Escapar a lo instituido no tiene por qué ser un rasgo idealista. De hecho, las negras deberán tener muy en cuenta el tablero y sobre todo los movimientos de las blancas. Pero en función -esta vez- de otro juego: el que ellas intentan jugar, ya que no es verdad que para hacer el propio juego haya que ganar primero al interior de un juego que no nos interesa.
Patear el tablero, entonces, no es desconocerlo, ni desdeñar las consecuencias. Al contrario, sólo al intentar jugar a otra cosa es que se comienza a conocer la complejidad de las relaciones de poder. De allí que pensar una “no relación a priori” no indica una ausencia mutua de afectación, sino que más bien nos muestra que tales afecciones se dan como choque de fuerzas de naturalezas diferentes. Cada una de ellas se desarrolla a priori de manera independiente de la otra (en el sentido que la dinámica de una, no depende directamente de la dinámica de la otra) y no tienen ningún tipo preconcebido de relación (causal, de correspondencia) y, a la vez, no hay por qué descartar que su evolución las lleven a ciertas confluencias, a marchar de modo paralelo o a chocar de modo directo, produciendo todo tipo de configuraciones incluso sorpresivas.
Y en este caso sucede que la dinámica política se ha fracturado. De un lado, el poder se institucionaliza, pretende normalizarse. Y para ello se encuentra en un combate atroz por lograr hacer lo que antes de la ruptura de diciembre hacía sin mayores problemas: realizar internas de los partidos, seleccionar candidatos y elegir gobiernos que asuman con cierta legitimidad a partir de una determinada acumulación de votos. Del otro lado, las fuerzas del contrapoder ganan tiempo, se organizan, discuten, se realizan acciones de las mas variadas. Como se ve: las consecuencias del 19 y 20 siguen actuando de manera permanente en todo el campo de lo social, como condición -de destitución- incluso para quienes pugnan por jugar a juegos distintos.
IV
Fenomenología del contrapoder
El contrapoder no es mucho más que el conjunto de resistencias a la hegemonía del capital. Es decir: una multiplicidad tal de prácticas que no es pensable en su unidad (como un movimiento homogéneo) y, a la vez, una transversalidad capaz de hacer producir resonancias -de claves e hipótesis-, entre diferentes experiencias de resistencia.
La fórmula “resistir es crear” da cuenta de la paradoja del contrapoder: de un lado, la resistencia aparece como un momento segundo, reactivo y defensivo. Sin embargo, “resistir es crear”: la resistencia es lo que crea, lo que produce. La resistencia es, por tanto, primera, autoafirmativa y, sobre todo, no depende de aquello a lo que resiste.
En efecto, en Argentina ha emergido un conjunto de redes que trabajan alrededor de experiencias de salud, educación y economía alternativas, asambleas, ocupaciones de fábricas, piquetes, etcétera. Estas experiencias son heterogéneas entre sí. Estas redes tienden -y no siempre lo consiguen- a autonomizarse respecto del mando del capital en la misma medida en que éste no es capaz de incluir-integrar socialmente, sino excluyendo. Si en la base de estas resistencias está la crisis, no es menos cierto que las subjetividades forjadas allí han dado lugar a dinámicas que trascienden los tiempos y penetran las causas de la crisis.
Entre las características más importantes de estas resistencias se encuentran: a- la fusión entre reproducción vital y política; b- una mejor comprensión de las posibilidades de la relación entre instituciones (Estado) y la potencia y c- el enfrentamiento como forma de protección y no como verdad del contrapoder.
Desde que el capitalismo trabaja gestionando la vida, las resistencias son precisamente bioresistencias. No hay ámbito de la existencia en que no se constaten prácticas de resistencia y creación.
Estas redes poseen una capacidad creciente de recursos en la medida en que se desarrollan en dinámicas expansivas, ligando productores entre sí, productores con consumidores, inventando nuevas formas de intercambio sin mediaciones mafiosas, etcétera.
Si hemos utilizado en alguna oportunidad la imagen de una sociedad paralela para describir estas circunstancias, lo hemos hecho a pesar de -y no en virtud de- la
asociación que esta imagen conlleva respecto a un supuesto aislamiento. Las experiencias de la potencia no son pequeños mundos aparte, sino aquello que produce mundo, que logra instituir experiencia donde aparentemente hay pura devastación (desierto). Lejos de pensar en la separación, la potencia produce conexión, pero lo hace según una modalidad diferente a la de aquellos “centros” (de poder) respecto a los cuales, se nos dice, “no habría que aislarse” (el Estado, la política “seria”, los partidos, etcétera). Las experiencias de resistencia son, precisamente, aquellas que inventan nuevas formas de hacerse cargo de lo público, lo común, mas allá de las determinaciones del mercado y del Estado. No se trata de abandonar la política -en el sentido de engendrar destinos colectivos- sino de la emergencia de otra manera de configurar tendencias e influencias en la sociedad.
Y bien, ¿qué sucedió con el movimiento de la resistencia? ¿Existe, en efecto, “un” movimiento?
Hemos visto más arriba que el poder trabaja a partir de sus propios requerimientos: subordinar la vida a la valorización del capital, conquistar territorios y oportunidades de negocios, obtener fuerza de trabajo barata, hacerse de una legalidad que le permita moverse a toda velocidad sin quedar atado a nada ni a nadie.
El capital combina el control de la potencia y la subjetividad, de la naturaleza y de lo producido por la ciencia y, en general, la cultura de los pueblos con el abandono, la exclusión, y la violencia.
Como relación social no es posible combatir la hegemonía del capital como si se tratase de algo puramente exterior, que tiene sus raíces en las casas de gobierno. En rigor, no hay otra forma de atacar al capital sin ver, a su vez, que su poder es el de la tristeza, de la impotencia, del individualismo, de la separación, de la mercancía. No hay, por tanto, otro combate contra el capitalismo que aquel que consiste en producir otras formas de sociabilidad, otras imágenes de felicidad, otra política, que ya no se separe de la vida.
Se plantea -sin embargo- un problema cuando por un lado nos damos cuenta de que no hay creación mas que en situación, pero a su vez el enfrentamiento nos lleva a salirnos de ella, a confluir con otros con quienes debemos unirnos para desarrollar la lucha.
Y, en efecto, el desarrollo de la potencia, en situación, nos conduce a fortalecer la línea del contrapoder para defender las experiencias alternativas. Sin embargo, no son dos cosas diferentes. No hace falta abandonar el terreno de la situación para desembocar en la línea del contrapoder. A la línea del contrapoder se llega por adentro.
A la vez que se desarrollan hipótesis al interior de cada experiencia, a la vez que se experimenta allí la aparición de nuevos valores, de nuevos modos de vida, se despliega la línea defensiva de las luchas.
Uno de los problemas que se plantean cuando se quiere “organizar las resistencias en un único movimiento” es precisamente el abandono de la situación para organizar la lucha. Cuando esto sucede, todo se reduce a discutir modelos organizativos (de coordinación/articulación) como si se tratase de acertar con una técnica adecuada, abandonando la relación orgánica entre las situaciones y sus requerimientos y el contrapoder como un momento interior a las situaciones mismas.
Así, la situación es desplazada. El contrapoder aparece organizado como un movimiento cuya unidad y coherencia se antepone (se impone) a las situaciones mismas “desde afuera”. La capacidad de enfrentamiento aparece magnificada: todo lo demás “puede esperar”. O se plantea que el “trabajo de la base” debe subordinarse a -u organizarse a partir de- “la coyuntura”.
Entre el centralismo y la dispersión, sin embargo, la potencia ofrece un trayecto de composición entre las situaciones: la multiplicidad puede reaccionar sin ser organizada desde afuera.
El ejemplo de los movimientos piqueteros autónomos es muy claro: mientras que en los barrios se intenta producir de otro modo, se arman murgas, talleres con los chicos, farmacias, panaderías, y formas de autogobierno, a la vez se constituye una barrera física para la protección de todo eso que están produciendo. Se avanza en formas múltiples de coordinación, y de alianzas circunstanciales cuya prioridad es preservar la experiencia.
A la luz de esta discusión, el enfrentamiento trágico del 26 de junio puede pensarse como un punto de inflexión para el movimiento del contrapoder. Esta masacre trae los ecos de otra anterior, la de Ezeiza de junio del 73, igualmente decisiva a la hora de comprender lo que habitualmente se llama reflujo político: momentos en los que se desvaloriza lo que sucede al nivel de la situación por efecto de las derrotas sufridas al nivel de la coordinación (del movimento). Este es el efecto buscado por el poder: medir las fuerzas del contrapoder por su capacidad de coordinación en un momento determinado; y difundir esa imagen de las relaciones de fuerza como advertencia hacia el conjunto de las experiencias.
El 26 de junio chocaron, de un lado, la lógica de la banda, de los antiguos grupos de tarea de la dictadura convocados ahora por las empresas privadas de seguridad, la lógica de la cacería y la matanza y, del otro lado, la dinámica de la protección de la columna para habilitar la retirada. Si desde el poder el choque es buscado, desde el contrapoder el choque no se produce para medir fuerzas, o avanzar por la vía de la fuerza sobre el poder, sino para afirmarse, para proteger a los compañeros, para presionar y conquistar planes -para poder sostener los talleres, etcétera-, para exigir la libertad de los compañeros presos.
Detrás de la noción de reflujo hay una expectativa frustrada de revolución política inminente. En efecto, el 19 y 20 de diciembre fue leído como la señal de que la crisis del neoliberalismo abría el curso de una revolución política. En las movilizaciones de las asambleas a Plaza de Mayo se prefiguraba la próxima asamblea constituyente. En la marcha de los piqueteros con sus rostros ocultos, se vislumbraba un ejército popular en formación. En las fábricas ocupadas, las bases rojas de un proletariado insurrecto y en los nodos del trueque -en el caso de que fueran considerados- una alternativa al funcionamiento de la economía capitalista.
Así, durante el 2002 se vivió la esperanza y la frustración: los nodos del trueque debieron sacrificar la figura del prosumidor para atender a millones de personas que rebasaron toda previsión e interrumpieron la reflexión que se venía gestando en aquellas redes sobre el papel de la moneda y sobre las formas de autorregulación de los nodos. Apareció la inflación, el desabastecimiento, la falsificación de la moneda, y la incapacidad de regular los flujos de créditos, de personas y de productos.
El movimiento piquetero -sobre todo en sus versiones autónomas- fue duramente atacado a la vez que debió afrontar un crecimiento acelerado de sus filas, a una velocidad tal que se le hizo muy difícil asimilar todo aquello a la dinámica productiva que se venía desarrollando.
Las asambleas, luego de atraer a miles de personas se desgastaron en luchas eternas con los partidos de izquierda.
En fin: lo que en rigor constituyen líneas de exploración, de producción situacional de formas alternativas de reproducción social, fueron invadidas por la expectativa de que tales prácticas debían presentarse como instituciones alternativas (simétricas) a las del mercado y el Estado. Proyectar sobre estas prácticas una voluntad de alternatividad y convertirlas en sustitutos globales de las instituciones dominantes implica desatender la calidad específica de estos devenires a la vez que interrumpir su experimentación en nombre de una lógica mayoritaria que las juzga no por lo que son -en su multiplicidad-, sino por aquello que deberían “llegar a ser”.
El reflujo, entonces, es una categoría mistificadora. El desaliento que lo enuncia proviene de una creencia frustrada: que el nuevo protagonismo podía ser concebido como una nueva política en el escenario del poder. Claro que como política, el nuevo protagonismo -o el contrapoder- no daría lugar a una política mas, sino a una fundada en los rasgos más positivos de algunas experiencias de la resistencia tales como la horizontalidad, la autonomía y la multiplicidad. Se hacía así, de estas auténticas claves del contrapoder un conjunto de respuestas universales y abstractas -una ideología- aptas para resolver a priori los dilemas de toda situación.
No se trata ahora de reclamar optimismo, sino de revisar -si hubiera tal voluntad- este mecanismo. El reflujo y la desilusión -si es que existen- representan la percepción de la ocasión perdida, de la revolución política inconclusa, del fracaso de una política. Tal representación resulta aún menos apropiada si se constata la persistencia de las luchas, el surgimiento de nuevas experiencias, y el desarrollo de una indagación extendida y profunda.
Tal vez el 19 y 20 no anunciaba tanto una revolución por venir, como una ruptura. No es que no esté en juego la idea misma de revolución -a la que no hay porqué renunciar- cuanto que tal revolución ha aparecido bajo la exigencia de un nuevo concepto: la rebelión, la revuelta y la subversión de los modos subjetivos del hacer.
Buenos Aires, 18-5-03
Hasta siempre,
(Dilemas del nuevo protagonismo social)
Colectivo Situaciones
Hace algo mas de un año atrás publicamos un libro titulado 19 y 20; Apuntes para un nuevo protagonismo social. El esfuerzo por escribir y editar aquellos apuntes en unos pocos meses -mientras la dinámica de los hechos se sucedía en las calles- dio lugar a una reflexión cuyo estilo fue determinado por la vocación de escribir al pié de los acontecimientos.
Al contrario de lo que habitualmente se da por cierto, no resulta del todo convincente aquella premisa metodológica que enuncia que las cosas se ven mejor a la distancia. Lo que la perspectiva de la distancia permite ver no debería pretender para sí superioridad alguna. Ya que si bien puede aspirar a una serenidad que habitualmente escasea entre quienes se ven afectados por el despliegue de los hechos, son estas mismas afecciones las que constituyen los posibles reales de una situación. De allí que la escritura “en caliente” aspire a registrar una complejidad que posiblemente se virtualice en el futuro cuando se atribuyan retroactivamente posibles que entonces no eran pensables.
El largo año y medio transcurrido entre las jornadas insurreccionales de diciembre del 2001 y las elecciones presidenciales de abril del 2003 merece ser pensado. Muchas preguntas se suceden: ¿cómo comprender, a la luz de la actual fase de aparente estabilización institucional, los acontecimientos de diciembre del 2001? ¿Qué es lo que sucedió con la promesa de una transformación radical del país entrevista a partir de la consigna “que se vayan todos, que no quede ni uno solo”, cuando el proceso electoral nos habla a las claras de una notable participación de la ciudadanía en los comicios y cuando los cinco candidatos principales -provenientes todos de los dos grandes partidos políticos mayoritarios desde hace décadas- se distribuyen casi el 95% de los votos?
No podemos pretender para nosotros la pericia, el oficio y la dedicación de los analistas políticos. Tampoco las preocupaciones, ni el enfoque ni los supuestos que nos animan se conectan con los de dichos análisis. La palabra de los expertos obtiene su consistencia a partir de una cierta capacidad de agenciar información y disponer de un cierto uso técnico del lenguaje. Pero la política no es aquello que se sucede en el mundo de los hechos puros a la espera de la sentencia de los entendidos, sino que su incumbencia es colectiva: los “hechos” mismos se componen con las interpretaciones que de ellos se hacen, prolongando su potencia y haciendo de las lecturas mismas un nuevo campo de disputas que, a su vez, se ofrecen a la interpretación de otros.
Lo que sigue, entonces, es una lectura “en caliente”: este texto fue concebido entre la primera vuelta electoral y el anuncio de la renuncia oficial de Menem, es decir, entre el 27 de abril y el 14 de mayo. El propósito es examinar los acontecimientos que trascurrieron entre diciembre del 2001 y mayo del 2003, lapso de tiempo éste que separa y comunica el estallido de una crisis económica y política sin precedentes y la emergencia de un nuevo protagonismo social (movimiento piquetero, asambleas, club del trueque, fábricas ocupadas por sus trabajadores, etc.) con la pretendida normalización cuyo punto de realización debía ser las elecciones presidenciales. La intensidad de este período -no menos que su complejidad- ha quedado obnubilada por quienes han proclamado que los resultados de las elecciones constituyen la muerte del movimiento del contrapoder y el borramiento de aquello que se abrió con las jornadas de diciembre.
I
La sorpresa
(ruptura, destitución y visibilidad)
La insurrección de diciembre nos sorprendió a todos. La misma noción de “insurrección” debió ser adecuada al carácter inédito de los acontecimientos. En efecto, la revuelta demandó durante meses de la inteligencia de todos quienes quedamos sorprendidos por su acaecer. ¿Qué venía a decir este imprevisto? Cada quien priorizó un aspecto. Según unos, la causa de todo aquello había que buscarla en una conspiración del peronismo bonaerense contra el débil gobierno de entonces. Otros creyeron ver detrás de los piolines que mueven a las marionetas, la implacable organización de ciertos revolucionarios probados. Hubieron quienes, incluso, desdeñaron todo lo sucedido al atribuirlo a una clase media cuyos ahorros en dólares le habían sido arrebatados. Como sea, lo mas probable es que todas esas versiones sean a la vez tan verídicas como insuficientes para dar cuenta de la dinámica efectiva de lo ocurrido.
La insurrección de diciembre tuvo un carácter destituyente. Su abrumadora eficacia consistió -precisamente- en su poder de revocatoria. Las cacerolas y las consignas cubrieron todo el espacio urbano. La presencia hormigueante de cuerpos humanos, la ocupación de la ciudad, y la saturación de los ruidos no sólo no transmitía mensaje alguno, sino que impedía que cualquier cosa pudiera ser realmente dicha. Las condiciones de elaboración institucional de las demandas sociales fue radicalmente interrumpida.
Y cuando se pudo hablar se insistió: “Que se vayan todos, que no quede ni uno solo”. La clausura del espacio y de las condiciones de comunicación con el sistema político dejó en evidencia la ruptura de las mediaciones políticas, reveló la impotencia de las instituciones partidarias y gubernamentales y abrió una interrogación (festiva y angustiante) sobre el futuro colectivo de los argentinos.
La insurrección desató así una ruptura de efectos múltiples. De un lado -y desde el comienzo- se hizo evidente que la irrupción de la multitud callejera en la ciudad alteraba de manera contundente el funcionamiento de los poderes. No sólo los poderes del estado, las fuerzas represivas, y los gobernantes se vieron afectados por la inesperada irrupción de un segmento importante de la población, sino que los efectos de tal alteración se registraron en evidentes movimientos en la economía, en las formas de habitar la ciudad, en decisiones empresariales, en la relación con los bancos, en la política de comunicación de los grandes medios, en el campo de las ciencias sociales, en la forma de conducirse de los políticos, de los militantes, de buena parte del campo artístico y cultural, etcétera.
La combinación del default, la devaluación y la crisis política convirtió al país en un territorio de nadie, donde las movilizaciones diarias cruzaban a ahorristas defraudados con piqueteros y caceroleros junto a turistas audaces que venían a conocer a precio barato los devenires de la “revolución argentina”.
Otra consecuencia de la ruptura de diciembre del 2001 fue la visibilización de un conjunto heterogéneo de formas de protagonismo social que fueron surgiendo en períodos disímiles y en relación a diferentes problemáticas y que, hasta diciembre, apenas si eran conocidos, tenidos en cuenta y valorados.
La raíz de este nuevo protagonismo tiene que ver, claro, con un capitalismo periférico en crisis. Pero el nuevo protagonismo no es una mera reacción. La potencia de la actualidad argentina radica, precisamente, en la emergencia de estas subjetividades que, desde hace años, experimentan en variados ámbitos de su existencia nuevas modalidades de sociabilidad.
Aunque hoy parezca evidente, por aquellos días de diciembre el entonces pujante movimiento piquetero era prácticamente desconocido. A pesar de que su existencia se remontaba a varios años de lucha en todo el territorio del país, recién hacía pocos meses se había sabido de ellos de manera masiva a partir de sus cortes de rutas coordinados. Pero en los cortes de rutas eran maltratados, y los propios partidos de izquierda -que los despreciaron durante años- llegaron desesperadamente a construir sus propios movimientos piqueteros sólo unos pocos meses antes de la insurrección. Las iniciativas de varias organizaciones piqueteras en sus respectivos territorios -ligadas a alimentación, salud, vivienda, educación, recreación, etcétera- siguieron siendo por mucho tiempo y para una parte significativa de la población, totalmente desconocidas.
Casi tan desconocidos como los piqueteros eran los diferentes nodos, redes y circuitos del trueque, que llegaron a aglutinar a millones de personas en el momento mas duro de la crisis. Su extensión llegó, tras varios años de desarrollo, a ser tan grande que incluso se aceptó que la moneda de unas de las redes valiese como moneda de pago para impuestos municipales. La figura del prosumidor no había sido apreciada como la experiencia subjetiva que pretendió reunir en un mismo espacio las capacidades productivas y la satisfacción de consumidores desplazando mediaciones financieras, burocráticas y comerciales. Lo mismo puede decirse de la sucesión de empresas ocupadas por sus trabajadores (largas decenas de fábricas, talleres, imprentas, bares, etcétera) a partir del vaciamiento de sus dueños, en varias ciudades del país. Éstas sólo eran objeto de atención de la izquierda institucional cuando se creía encontrar allí el resurgir de un sujeto obrero ausente.
Todas estas experiencias -a las que podríamos sumar entre otras la de los escraches iniciados por la agrupación H.I.J.O.S. contra los genocidas impunes de la última dictadura, o las luchas que llevan adelante los mapuches en el sur argentino y la organización de iniciativas campesinas en el norte del país, como el caso del Movimiento de Campesinos de Santiago del Estero- eran mas o menos conocidas, pero permanecían en una relativa soledad. Las jornadas de diciembre provocaron una visibilización -a la vez que una mutua relación y, en cierta forma, una generalización- entre ellas y con quienes se volcaron masivamente a participar o a conocer dichas iniciativas.
Una tercera virtud de la ruptura tuvo que ver con el surgimiento multitudinario de cientos de asambleas en los centros urbanos del país. Miles de vecinos se encontraron a elaborar -de manera conjunta- lo sucedido en diciembre a la vez que descubrieron un espacio de politización a la luz de la expansión del nuevo protagonismo social. La destitución de la institucionalidad política y de los partidos como instrumentos de gestión -o de transformación- de la realidad puso a los asambleístas frente al dilema de dilucidar nuevas modalidades de instituir la vida colectiva y la atención de necesidades inmediatas. Desde el comienzo, las asambleas -nacidas luego del 20 de diciembre- se vieron atravesadas por tensiones tales como si privilegiar el espacio del barrio, experimentando allí iniciativas ligadas al territorio, o si, por el contrario, trataban de sostener la capacidad de revocatoria política de las cacerolas, a la vez que debatían qué hacer con los partidos de la izquierda que pretendían cooptar las reuniones de vecinos para las orientaciones de sus propios aparatos.
En rigor, todas las posibilidades fueron desplegadas: hubieron quienes se dedicaron más a la coyuntura política, a todo tipo de iniciativas vinculadas al barrio, y hasta quienes quedaron atrapados en las redes de los partidos de la izquierda, además de darse diferentes combinaciones entre estas variantes. Las asambleas protagonizaron -durante el 2002- la creación de comedores populares, acciones solidarias con los cartoneros, confluencias con los movimientos piqueteros, experiencias interasamblearias, manifestaciones, escraches y, en algunos casos, realizaron una muy rica experiencia de politización para sus miembros.
Del lado de los acontecimientos que generaron la ruptura habría que señalar un largo conjunto de precedencias que operaron decisivamente en su desencadenamiento: experiencias de lucha -como las que acabamos de reseñar- cuyos orígenes pueden encontrarse en todo un cúmulo de descontentos y reclamos incumplidos; memorias superpuestas de luchas perdidas y de esperanzas frustradas; el desamparo de millones de personas por los efectos descarnados del neoliberalismo.
Pero tal vez quepa hablar de un segundo tipo de historicidad vinculada a una cierta capacidad de lectura de las transformaciones operadas en las formas de la reproducción social y en la eficacia de las mediaciones políticas que regularon de algún modo la convivencia social. De este modo, el rechazo a los políticos -por ejemplo- no sólo se emparenta con una visión corporativa o neoliberal del mundo, descreída de las acciones colectivas, sino que se alimenta de un conjunto de frustraciones derivadas de las promesas de la reapertura democrática del ´83 hasta finales del 2001.
II
Fenomenología de una aparente reconstrucción
La llegada al gobierno de Eduardo Duhalde, en enero del 2002, puso en marcha el delicado proceso de reconstrucción de estatalidad luego de la ruptura de diciembre. Hasta el momento, se asistía a una patética sucesión de presidentes elegidos por la asamblea legislativa para terminar el período del presidente destituido de la Alianza, De la Rua. La llegada de Duhalde implica, en primer lugar, un punto de detención a esa dinámica loca.
El primer objetivo del gobierno de Duhalde consiste en calmar los ánimos y en evitar mas muertes. En segundo lugar en reorganizar -en el tiempo- las condiciones del nuevo esquema de reasignación de recursos, y la restitución del vínculo con el sistema financiero.
A la declaración del default por parte del anterior gobierno de Rodríguez Saa, le sucede la devaluación del peso -es decir, la salida de la convertibilidad peso/dólar- y el desquicio inmediato de los precios, el desabastecimientos de productos, la suspensión de servicios, y la ruptura de todos los contratos pautados en dólares (deudas, depósitos, etcétera). El crecimiento de la pobreza y la indigencia se sucedió en proporciones geométricas.
Como efecto de este fin de las reglas del juego en total ausencia de un poder capaz de proponer nuevas regulaciones, el verano del 2002 fue un caos generalizado en el que, como suele suceder, los principales beneficios fueron para quienes poseen más recursos para enfrentar la situación: los bancos (compensados por el Estado por la pesificación), los grandes deudores en dólares a quienes se les pesificaron las deudas, los grandes propietarios de tierras y productores agrarios y los consorcios exportadores trasnacionalizados para quienes el dólar alto es fuente de enriquecimiento.
El panorama político se fragmentó alrededor de tres grandes bloques. De un lado, quienes promovieron abiertamente la dolarización, el ingreso al ALCA, y la utilización de las Fuerzas Armadas como instancia de control del conflicto social (siendo Menem y Lopez Murphy las caras visibles del proyecto). Del otro lado, el bloque pesificador-devalaudor, en el poder a través de Duhalde (y ahora del gobierno recientemente electo de Néstor Kirchner). Finalmente, el heterogéneo bloque de las fuerzas de centro izquierda, izquierda, sindicalismo alternativo y las expresiones de lucha mas consolidadas que se pronunciaron por una nueva forma de toma de decisiones políticas y de producción y distribución de la riqueza.
La llegada al gobierno de Duhalde fue posible fundamentalmente por tres razones: a- por el estallido del pacto de dominación instaurado por Carlos Menem en el que la hegemonía correspondía al núcleo de las empresas privatizadas y al sector financiero trasnacional; b- por la solidez del peronismo bonaerense, cuyo nivel de penetración en los estamentos mas empobrecidos de la población y su nivel de organización le permitió evitar la generalización del conflicto por medio de la distribución de unos dos millones de planes sociales de unos 50 dólares mensuales; c- porque ante el estallido de los poderes políticos este capital partidario le permitió al peronismo bonaerense imponerse con comodidad como último garante de los restos del sistema político.
El principal aporte del gobierno de Duhalde tuvo como mérito fundamental el hecho de subsistir al juego de presiones cruzadas y, particularmente, a la amenaza constante de las cacerolas. Al respecto cabe recodar la frase de Duhalde apenas asumió como presidente (quien, en rigor, había perdido en las elecciones presidenciales contra De la Rua): “con asambleas no se puede gobernar”.
El segundo período de la recomposición del sistema político se produjo al inicio del segundo semestre y giró alrededor de tres aspectos: a- la llegada del ministro de economía Lavagna, y su serena política de compatibilización de intereses junto a las primeras cosechas percibidas por Duhalde por ese mero hecho de “durar” que permitieron tranquilizar la subida del dólar y producir un moderado crecimiento de los sectores económicos beneficiados; b- la distribución de los planes sociales aceitaron los aparatos políticos, los cuales por medio de las redes del clientelismo lograron consolidar una cierta tranquilidad social; c- el aumento de la represión en los barrios que tuvo su punto máximo en la masacre del Puente Pueyrredón el 26 de junio del 2002.
Fue precisamente el escándalo provocado por esa masacre lo que obligó al entonces presidente Eduardo Duhalde a poner fecha de sucesión del próximo gobierno, a la vez que admitir su imposibilidad de normalizar la situación en los lapsos previstos, circunstancias éstas que explican el adelantamiento de la fechas de las elecciones.
El adelanto de las fechas influyó, entonces, sobre las tres tendencias virtuosas a partir de las que el gobierno procedía a realizar su programa de reconstrucción mínima de institucionalidad: a- la consolidación del precio del dólar, e incluso la baja, y la recuperación inevitable -incluso inercial- de una economía que no paraba de caer durante casi 4 años seguidos. Este punto fue de una enorme relevancia ya que la habilidad del gobierno en este aspecto logró obtener -como un triunfo- un acuerdo con el FMI y una sensación de progresiva salida de la crisis, a la vez que se comprometía -entre otras tantas cosas- al próximo gobierno a conseguir un descomunal superávit fiscal para el pago de la deuda externa; b- la apertura de una dinámica electoral, aún sobre los restos de los partidos políticos, y en condiciones francamente desfavorables para los candidatos, ninguno de los cuales obtenía sino un bajísimo nivel de popularidad -la Unión Cívica Radical y el Frepaso (ambos conformaban La Alianza) virtualmente han desaparecido; y el propio Duhalde impidió que el peronismo presente un sólo candidato, obligando a sus tres líneas internas a presentarse en listas separadas-. Y c- crecientes niveles de represión de las experiencias del contrapoder: de un lado, la persecución de jóvenes dirigentes piqueteros en los barrios, muchas veces en manos de grupos armados sin uniforme y la reactivación, por otro lado, del aparato judicial, que ordenó en pocos meses -antes de la primera vuelta electoral- el desalojo de fábricas ocupadas por sus trabajadores (siendo caso testigo pero no único el de las trabajadoras y trabajadores de Brukman) y de decenas de ocupaciones (algunas de ellas por parte de asambleas barriales), así como la detención de importantes dirigentes piqueteros salteños.
Los últimos meses antes de las elecciones se comenzó a percibir con preocupación que la fragmentación del sistema político podía llegar a generar un imprevisto: el retorno de Menem.
En efecto, la consigna “que se vayan todos, que no quede ni uno solo” pareció, entonces, haber quedado atorada en su propia naturaleza paradojal: dado que alguien va a quedarse, podría ser que el candidato a tal permanencia sea precisamente aquel cuya insensibilidad respecto de los procesos de rebelión social era más evidente.
La posibilidad de que Menem vuelva, sostenido en un porcentaje nada despreciable de la población -un 20% del padrón-, se tornó de pronto un factor atemorizador de una gran mayoría.
Habría que agregar que antes de las elecciones se sucedieron al menos dos circunstancias cuya estructura anticiparon la dinámica que se visibilizaría con los comicios.
En primer lugar, fue la invasión norteamericana, inglesa, polaca, española, etcétera, a Irak. De un lado, el poder militar concentrado decidió y ejecutó una guerra escandalosa no menos por sus propósitos que por sus efectos. Pero en paralelo se desencadenó un movimiento gigantesco en contra de la invasión. Ambos fenómenos pudieron convivir sin afectarse mutuamente: cada cual se desarrolló por vía paralela.
En segundo lugar, menos de una semana antes de la elección, se produjo una salvaje represión a una manifestación de unas diez mil personas concentradas en apoyo de las trabajadoras y trabajadores de la recién desalojada fábrica recuperada Brukman. A sólo días de las elecciones la represión se hizo presente en pleno centro de la ciudad de Buenos Aires, con un salvajismo radicalmente incompatible con cualquier consideración sobre el estado de derecho que, se suponía, se estaba reimplantando con las elecciones del 27 de abril.
Y bien, en este clima, se llega a la primera vuelta electoral. En los días previos, los medios de comunicación ganaron el espacio de la discusión pública con encuestas que daban por ganador a Carlos Menem y como posible segundo al candidato neoliberal puro -ex dirigente de la UCR- Ricardo López Murphy.
El resultado de la primera vuelta se tornó una relativa sorpresa: votó algo menos del 80% del padrón. El voto blanco y nulo no fue significativo. La lista encabezada por Menem salió primera con el 24% de los votos. Luego se ubicó la lista oficialista con el 22%. Tercero quedó López Murphy, seguido por el peronista Rodriguez Saá y, pegada a él, Elisa Carrió -también ex dirigente de la UCR pero de tendencia centrizquierdista-.
Los partidos de la izquierda tradicional, todos sumados, no llegaron al 3% de los votos.
Tras la primera vuelta electoral aparecieron claramente dos efectos: por un lado, los políticos obtuvieron un lugar en la esfera pública casi exclusivamente a través de los medios de comunicación y, por otro, las encuestas pronosticaron rápidamente que Néstor Kirchner arrasaría frente a Carlos Menem con un 70% contra un 20%.
El desempeño de Kirchner en la primera vuelta cosechó una buena parte de sus escasos votos gracias al aparato bonaerense que conduce Duhalde, de modo que sólo en la segunda vuelta el candidato oficial iba a beneficiarse con el apoyo de un electorado antimenemista que en la primera vuelta repartió su voto entre los otros tres candidatos.
De las tres semanas que separaban la elección del 27 de abril de la que debía hacerse el domingo 18 de mayo, las primeras dos se caracterizaron por un masivo apoyo de dirigentes de casi todos los partidos a Kirchner. Incluso los apoyos recibidos por Menem en la primera vuelta comenzaron a emigrar hacia los pabellones del seguro próximo presidente. En este contexto Menem renunció a participar a la segunda vuelta acusando a Duhalde de organizar un fraude electoral, y a Kirchner de ser un montonero.
De ese modo, el éxito que implicó para la recomposición de una institucionalidad representativa la primera vuelta electoral, se vio interrumpida al frustrarse la segunda vuelta y no poder proclamar un gobierno electo por un gran porcentaje del electorado. El nuevo gobierno surge entonces entrampado por la persistencia de la lógica del estado-mafia, y sin poder efectivizar su capital político -o popularidad- de manera inmediata. Situación ésta que debe leerse a la luz de la reconfiguración de la totalidad del sistema político a realizarse este año a través de las elecciones del gobierno de la ciudad de Buenos Aires, de la gobernación de la Provincia de Buenos Aires, de Córdoba y de legisladores nacionales.
III
Las urnas y las calles
Y bien, cómo era de esperar, han comenzado a circular las primeras estrategias de reflexión sobre la relación entre los efectos de las jornadas de diciembre del 2001 y las elecciones de abril-mayo del 2003. Se podrían reunir estos argumentos en dos grandes conjuntos de conclusiones realizadas cada una -con todos sus matices- según perspectivas opuestas.
El primer conjunto de argumentos sostiene que no hay herencia política de los sucesos de las jornadas de los días 19 y 20. La posibilidad de organizar una revolución política a partir de aquel descontento -si es que fue una posibilidad auténtica- ha sido definitivamente agotada. Las izquierdas políticas han quedado completamente neutralizadas. No es que no haya grandes descontentos -o que no se prevean mayores-, sino que las demandas existentes no han sido organizadas por fuera del sistema político, lo que permite ahora restaurar los procedimientos propiamente institucionales para mediar en tales conflictos. No es que no haya habido una crisis profunda, ni que ésta se haya resuelto. Sino que, lógicamente, las crisis generan descontentos, y ahora se trata de atender estos asuntos hacia la normalización de la convivencia social por medio de métodos políticos. Desde este ángulo, la realización de la primera vuelta electoral posee un significado muy especial, ya que constituye un paso muy importante en la moderación de los ánimos. La segunda vuelta, aún frustrada, confirma un clima de alejamiento de los extremos. La amenaza de la antipolítica fue conjurada.
Si esta primer estrategia de reflexión es festiva, el segundo conjunto es de lamento por la oportunidad perdida: los sucesos de diciembre eran el comienzo de una revolución posible. Pero para esto, hacía falta dotar el descontento de un programa político, de una organización, de una perspectiva. Se podrá polemizar sobre la característica de estas formas organizativas o sobre la amplitud de estas perspectivas, pero no se puede negar que estas son las condiciones para elaborar una política alternativa. El error fundamental cometido por quienes participaron de la revuelta -y sobre todo por quienes participan en experiencias autónomas- sería el haberse enredado en la estructura paradójica de la consigna “que se vayan todos, que no quede ni uno solo”. Se perdió de vista, de ese modo, la complejidad de la lucha política para terminar cada quien escondido en su refugio, con un discurso idealista y unas prácticas abstractamente horizontales.
Ambas lecturas se oponen en la perspectiva pero confirman una misma imagen de lo sucedido: las elecciones ocuparon el centro de la disputa política y uno de los contendientes -según parece- simplemente no se constituyó en ese escenario, abandonando el campo de batalla y firmando de ese modo su derrota. Si en el acto electoral no se hicieron presentes las fuerzas desatadas en diciembre, es que diciembre ya no existe. Abril-mayo del 2003 constituyen así la evidencia de una derrota retroactiva de aquello que pudo haber sido a partir de diciembre del 2001. La lección aparece transparente: el sistema político está en vía franca de resurrección, y las fuerzas del contrapoder han quedado enredadas en un previsible infantilismo político.
Ambas perspectivas se corresponden con una misma lectura sobre los hechos del 19 y 20 como momento fundador y oportunidad de desarrollo de una revolución política. Sólo que mientras la primera temía esa posibilidad, la segunda la deseaba. Y ambas poseen, en llamativa coincidencia, una misma imagen de la política como un juego de dos sobre un mismo plano, con homogéneas reglas de juego: como si se tratase de una partida de ajedrez. De este modo, las cosas se presentan como un match en el cual el Sistema Político, el Poder o el Estado se la jugaba “el todo por el todo” contra el Poder Popular, la Política de la Horizontalidad o el Contrapoder. Así planteadas las cosas, la evaluación es indiscutible: las experiencias de contrapoder deberán madurar, aprender a “hacer política”, comenzar el largo recorrido (como el del Lula y el PT) que las lleve, alguna vez, a ser opción auténtica de poder.
Y sin embargo, las rupturas no son sino eso: rupturas. Un poder destituyente no necesariamente trabaja según los requerimientos de lo instituyente. Diciembre del 2001 no fue el surgimiento de un sujeto político. De allí que tal sujeto no se haya manifestado. Fue, sí, una ruptura, y una visibilización de un nuevo protagonismo social. Pero ese protagonismo es lo que es, precisamente, porque no entiende la política como se lo hacía una década atrás. De allí que no sea prudente lamentarse de que estas fuerzas no hayan actuado como si fueran ese sujeto.
Mas aún: los efectos de las jornadas 19 y 20 fueron tan radicales -y subsisten a tal punto- que las elecciones estuvieron completamente afectadas por aquellas jornadas. Pero esto no habilita de ningún modo a establecer una relación a priori directa entre las luchas callejeras y la elaboración de experiencias de contrapoder y el resultado de las elecciones como tal.
De hecho, las mismas personas que han participado votando a tal o cual candidato son en muchos casos las mismas que luego participan de las experiencias alternativas de contrapoder. O mejor aún: no son las mismas, ya que en el cuarto oscuro no se es el mismo que en la asamblea, o en el corte de ruta. Ambos sitios se instituyen según reglas heterogéneas: si las elecciones pretenden representar todo lo que existe y decretar, por tanto, la inexistencia de aquello que no logra capturar y medir, las experiencias de contrapoder, al contrario, existen sólo en situación, en un territorio, una espacialidad, una disposición corporal y un tiempo autodeterminados.
No decimos que no haya relación entre ambas. No podríamos nunca negar que ambos ámbitos se afecten de manera relevante. Sí decimos, sin embargo, que no hay relación a priori entre ellas. Se trata -en su constitución- de dinámicas heterogéneas. Trasladar la potencia de una situación a lo que sucede en las elecciones, lleva a disolverla. Y, al contrario, ordenar una situación a partir de una lectura global de las elecciones lleva a destruir los posibles de tal situación.
Ya no estamos en el juego de ajedrez. No hay una única dimensión. No existe un sólo conjunto de reglas dadas. Como dijo un amigo una vez, no se trata de las blancas contra las negras cuanto de las negras contra el tablero. Mientras las blancas mueven de una cierta manera, respetando ciertas reglas y conservando ciertos objetivos, las negras bien podrían alterar lo que se espera de ellas. Esto puede dar nacimiento a otra operatoria, crear nuevas estrategias, anular todo objetivo preestablecido y experimentar nuevos devenires. Se dirá que todo esto no es más que una fuga imposible por parte de unas piezas negras que estarían suicidándose. Pero esto no es cierto. Escapar a lo instituido no tiene por qué ser un rasgo idealista. De hecho, las negras deberán tener muy en cuenta el tablero y sobre todo los movimientos de las blancas. Pero en función -esta vez- de otro juego: el que ellas intentan jugar, ya que no es verdad que para hacer el propio juego haya que ganar primero al interior de un juego que no nos interesa.
Patear el tablero, entonces, no es desconocerlo, ni desdeñar las consecuencias. Al contrario, sólo al intentar jugar a otra cosa es que se comienza a conocer la complejidad de las relaciones de poder. De allí que pensar una “no relación a priori” no indica una ausencia mutua de afectación, sino que más bien nos muestra que tales afecciones se dan como choque de fuerzas de naturalezas diferentes. Cada una de ellas se desarrolla a priori de manera independiente de la otra (en el sentido que la dinámica de una, no depende directamente de la dinámica de la otra) y no tienen ningún tipo preconcebido de relación (causal, de correspondencia) y, a la vez, no hay por qué descartar que su evolución las lleven a ciertas confluencias, a marchar de modo paralelo o a chocar de modo directo, produciendo todo tipo de configuraciones incluso sorpresivas.
Y en este caso sucede que la dinámica política se ha fracturado. De un lado, el poder se institucionaliza, pretende normalizarse. Y para ello se encuentra en un combate atroz por lograr hacer lo que antes de la ruptura de diciembre hacía sin mayores problemas: realizar internas de los partidos, seleccionar candidatos y elegir gobiernos que asuman con cierta legitimidad a partir de una determinada acumulación de votos. Del otro lado, las fuerzas del contrapoder ganan tiempo, se organizan, discuten, se realizan acciones de las mas variadas. Como se ve: las consecuencias del 19 y 20 siguen actuando de manera permanente en todo el campo de lo social, como condición -de destitución- incluso para quienes pugnan por jugar a juegos distintos.
IV
Fenomenología del contrapoder
El contrapoder no es mucho más que el conjunto de resistencias a la hegemonía del capital. Es decir: una multiplicidad tal de prácticas que no es pensable en su unidad (como un movimiento homogéneo) y, a la vez, una transversalidad capaz de hacer producir resonancias -de claves e hipótesis-, entre diferentes experiencias de resistencia.
La fórmula “resistir es crear” da cuenta de la paradoja del contrapoder: de un lado, la resistencia aparece como un momento segundo, reactivo y defensivo. Sin embargo, “resistir es crear”: la resistencia es lo que crea, lo que produce. La resistencia es, por tanto, primera, autoafirmativa y, sobre todo, no depende de aquello a lo que resiste.
En efecto, en Argentina ha emergido un conjunto de redes que trabajan alrededor de experiencias de salud, educación y economía alternativas, asambleas, ocupaciones de fábricas, piquetes, etcétera. Estas experiencias son heterogéneas entre sí. Estas redes tienden -y no siempre lo consiguen- a autonomizarse respecto del mando del capital en la misma medida en que éste no es capaz de incluir-integrar socialmente, sino excluyendo. Si en la base de estas resistencias está la crisis, no es menos cierto que las subjetividades forjadas allí han dado lugar a dinámicas que trascienden los tiempos y penetran las causas de la crisis.
Entre las características más importantes de estas resistencias se encuentran: a- la fusión entre reproducción vital y política; b- una mejor comprensión de las posibilidades de la relación entre instituciones (Estado) y la potencia y c- el enfrentamiento como forma de protección y no como verdad del contrapoder.
Desde que el capitalismo trabaja gestionando la vida, las resistencias son precisamente bioresistencias. No hay ámbito de la existencia en que no se constaten prácticas de resistencia y creación.
Estas redes poseen una capacidad creciente de recursos en la medida en que se desarrollan en dinámicas expansivas, ligando productores entre sí, productores con consumidores, inventando nuevas formas de intercambio sin mediaciones mafiosas, etcétera.
Si hemos utilizado en alguna oportunidad la imagen de una sociedad paralela para describir estas circunstancias, lo hemos hecho a pesar de -y no en virtud de- la
asociación que esta imagen conlleva respecto a un supuesto aislamiento. Las experiencias de la potencia no son pequeños mundos aparte, sino aquello que produce mundo, que logra instituir experiencia donde aparentemente hay pura devastación (desierto). Lejos de pensar en la separación, la potencia produce conexión, pero lo hace según una modalidad diferente a la de aquellos “centros” (de poder) respecto a los cuales, se nos dice, “no habría que aislarse” (el Estado, la política “seria”, los partidos, etcétera). Las experiencias de resistencia son, precisamente, aquellas que inventan nuevas formas de hacerse cargo de lo público, lo común, mas allá de las determinaciones del mercado y del Estado. No se trata de abandonar la política -en el sentido de engendrar destinos colectivos- sino de la emergencia de otra manera de configurar tendencias e influencias en la sociedad.
Y bien, ¿qué sucedió con el movimiento de la resistencia? ¿Existe, en efecto, “un” movimiento?
Hemos visto más arriba que el poder trabaja a partir de sus propios requerimientos: subordinar la vida a la valorización del capital, conquistar territorios y oportunidades de negocios, obtener fuerza de trabajo barata, hacerse de una legalidad que le permita moverse a toda velocidad sin quedar atado a nada ni a nadie.
El capital combina el control de la potencia y la subjetividad, de la naturaleza y de lo producido por la ciencia y, en general, la cultura de los pueblos con el abandono, la exclusión, y la violencia.
Como relación social no es posible combatir la hegemonía del capital como si se tratase de algo puramente exterior, que tiene sus raíces en las casas de gobierno. En rigor, no hay otra forma de atacar al capital sin ver, a su vez, que su poder es el de la tristeza, de la impotencia, del individualismo, de la separación, de la mercancía. No hay, por tanto, otro combate contra el capitalismo que aquel que consiste en producir otras formas de sociabilidad, otras imágenes de felicidad, otra política, que ya no se separe de la vida.
Se plantea -sin embargo- un problema cuando por un lado nos damos cuenta de que no hay creación mas que en situación, pero a su vez el enfrentamiento nos lleva a salirnos de ella, a confluir con otros con quienes debemos unirnos para desarrollar la lucha.
Y, en efecto, el desarrollo de la potencia, en situación, nos conduce a fortalecer la línea del contrapoder para defender las experiencias alternativas. Sin embargo, no son dos cosas diferentes. No hace falta abandonar el terreno de la situación para desembocar en la línea del contrapoder. A la línea del contrapoder se llega por adentro.
A la vez que se desarrollan hipótesis al interior de cada experiencia, a la vez que se experimenta allí la aparición de nuevos valores, de nuevos modos de vida, se despliega la línea defensiva de las luchas.
Uno de los problemas que se plantean cuando se quiere “organizar las resistencias en un único movimiento” es precisamente el abandono de la situación para organizar la lucha. Cuando esto sucede, todo se reduce a discutir modelos organizativos (de coordinación/articulación) como si se tratase de acertar con una técnica adecuada, abandonando la relación orgánica entre las situaciones y sus requerimientos y el contrapoder como un momento interior a las situaciones mismas.
Así, la situación es desplazada. El contrapoder aparece organizado como un movimiento cuya unidad y coherencia se antepone (se impone) a las situaciones mismas “desde afuera”. La capacidad de enfrentamiento aparece magnificada: todo lo demás “puede esperar”. O se plantea que el “trabajo de la base” debe subordinarse a -u organizarse a partir de- “la coyuntura”.
Entre el centralismo y la dispersión, sin embargo, la potencia ofrece un trayecto de composición entre las situaciones: la multiplicidad puede reaccionar sin ser organizada desde afuera.
El ejemplo de los movimientos piqueteros autónomos es muy claro: mientras que en los barrios se intenta producir de otro modo, se arman murgas, talleres con los chicos, farmacias, panaderías, y formas de autogobierno, a la vez se constituye una barrera física para la protección de todo eso que están produciendo. Se avanza en formas múltiples de coordinación, y de alianzas circunstanciales cuya prioridad es preservar la experiencia.
A la luz de esta discusión, el enfrentamiento trágico del 26 de junio puede pensarse como un punto de inflexión para el movimiento del contrapoder. Esta masacre trae los ecos de otra anterior, la de Ezeiza de junio del 73, igualmente decisiva a la hora de comprender lo que habitualmente se llama reflujo político: momentos en los que se desvaloriza lo que sucede al nivel de la situación por efecto de las derrotas sufridas al nivel de la coordinación (del movimento). Este es el efecto buscado por el poder: medir las fuerzas del contrapoder por su capacidad de coordinación en un momento determinado; y difundir esa imagen de las relaciones de fuerza como advertencia hacia el conjunto de las experiencias.
El 26 de junio chocaron, de un lado, la lógica de la banda, de los antiguos grupos de tarea de la dictadura convocados ahora por las empresas privadas de seguridad, la lógica de la cacería y la matanza y, del otro lado, la dinámica de la protección de la columna para habilitar la retirada. Si desde el poder el choque es buscado, desde el contrapoder el choque no se produce para medir fuerzas, o avanzar por la vía de la fuerza sobre el poder, sino para afirmarse, para proteger a los compañeros, para presionar y conquistar planes -para poder sostener los talleres, etcétera-, para exigir la libertad de los compañeros presos.
Detrás de la noción de reflujo hay una expectativa frustrada de revolución política inminente. En efecto, el 19 y 20 de diciembre fue leído como la señal de que la crisis del neoliberalismo abría el curso de una revolución política. En las movilizaciones de las asambleas a Plaza de Mayo se prefiguraba la próxima asamblea constituyente. En la marcha de los piqueteros con sus rostros ocultos, se vislumbraba un ejército popular en formación. En las fábricas ocupadas, las bases rojas de un proletariado insurrecto y en los nodos del trueque -en el caso de que fueran considerados- una alternativa al funcionamiento de la economía capitalista.
Así, durante el 2002 se vivió la esperanza y la frustración: los nodos del trueque debieron sacrificar la figura del prosumidor para atender a millones de personas que rebasaron toda previsión e interrumpieron la reflexión que se venía gestando en aquellas redes sobre el papel de la moneda y sobre las formas de autorregulación de los nodos. Apareció la inflación, el desabastecimiento, la falsificación de la moneda, y la incapacidad de regular los flujos de créditos, de personas y de productos.
El movimiento piquetero -sobre todo en sus versiones autónomas- fue duramente atacado a la vez que debió afrontar un crecimiento acelerado de sus filas, a una velocidad tal que se le hizo muy difícil asimilar todo aquello a la dinámica productiva que se venía desarrollando.
Las asambleas, luego de atraer a miles de personas se desgastaron en luchas eternas con los partidos de izquierda.
En fin: lo que en rigor constituyen líneas de exploración, de producción situacional de formas alternativas de reproducción social, fueron invadidas por la expectativa de que tales prácticas debían presentarse como instituciones alternativas (simétricas) a las del mercado y el Estado. Proyectar sobre estas prácticas una voluntad de alternatividad y convertirlas en sustitutos globales de las instituciones dominantes implica desatender la calidad específica de estos devenires a la vez que interrumpir su experimentación en nombre de una lógica mayoritaria que las juzga no por lo que son -en su multiplicidad-, sino por aquello que deberían “llegar a ser”.
El reflujo, entonces, es una categoría mistificadora. El desaliento que lo enuncia proviene de una creencia frustrada: que el nuevo protagonismo podía ser concebido como una nueva política en el escenario del poder. Claro que como política, el nuevo protagonismo -o el contrapoder- no daría lugar a una política mas, sino a una fundada en los rasgos más positivos de algunas experiencias de la resistencia tales como la horizontalidad, la autonomía y la multiplicidad. Se hacía así, de estas auténticas claves del contrapoder un conjunto de respuestas universales y abstractas -una ideología- aptas para resolver a priori los dilemas de toda situación.
No se trata ahora de reclamar optimismo, sino de revisar -si hubiera tal voluntad- este mecanismo. El reflujo y la desilusión -si es que existen- representan la percepción de la ocasión perdida, de la revolución política inconclusa, del fracaso de una política. Tal representación resulta aún menos apropiada si se constata la persistencia de las luchas, el surgimiento de nuevas experiencias, y el desarrollo de una indagación extendida y profunda.
Tal vez el 19 y 20 no anunciaba tanto una revolución por venir, como una ruptura. No es que no esté en juego la idea misma de revolución -a la que no hay porqué renunciar- cuanto que tal revolución ha aparecido bajo la exigencia de un nuevo concepto: la rebelión, la revuelta y la subversión de los modos subjetivos del hacer.
Buenos Aires, 18-5-03
Hasta siempre,
Notas para la reflexión política. A propósito de la lucha piquetera (Colectivo Situaciones)
Notas para la reflexión política
(a propósito de la lucha piquetera)
Colectivo Situaciones
Los mecanismos que tiene el poder para obstaculizar la emergencia de fuerzas sociales y políticas que lo cuestionan son variados y se renuevan constantemente. Pero los poderes no son la última palabra de toda conversación, el último disparo de toda batalla, la última decisión en el juego de la política. Esta imagen no hace justicia a la historia de las luchas populares. Si alguna lección hemos aprendido de ellas y de nuestras propias luchas es que paradójicamente “el poder del poder no radica en su poder”, sino en nuestra falta de potencia, de rigor, de pensamiento, de trabajo, de paciencia y de decisión. El poder se alimenta de nuestras debilidades. El poder se hace fuerte a partir de las contradicciones del pueblo.
Porque aprendemos que esto es así se vuelve muy importante saber que no hay lucha que no sea, en sí misma, una forma de entender las cosas, una visión del mundo, un pensamiento en acción. Por ello, en momentos de desconcierto es cuando más hace falta la reflexión política entre los compañeros que compartimos la experiencia de la lucha y la creación. Pensar juntos, intentar comprender lo que pasa, cómo se está trabajando, cuales son los obstáculos, pero también y, sobre todo, pensar juntos sobre quiénes somos, qué estamos haciendo, cuál es nuestro camino, qué es lo que estamos creando juntos, por dónde pasan la radicalidad y la potencia de nuestra lucha y de los saberes sobre el contrapoder que estamos produciendo.
Como aporte a este ejercicio hemos redactado el presente trabajo sobre lo que ha ocurrido desde el Primer Congreso Nacional Piquetero hasta el final del plan de lucha que allí se decidió, y la realización del Segundo Congreso. Lo que buscamos entender es cuáles son las estrategias de pensamiento que estuvieron en juego, cuáles son las preguntas y los problemas fundamentales que quedan planteados y cómo pensar, al interior de este movimiento, las cuestiones de la representación, de la delegación, de la identidad, de la organización y demás cuestiones centrales de nuestra construcción.
1- Introducción
El llamado Primer Congreso Nacional Piquetero fue un momento clave para comprender la encrucijada actual. En él se reunió lo que podría ser una futura coordinadora nacional de compañeros que tienen en común las reivindicaciones y la forma de lucha: el corte de ruta.
Sin embargo, se encontraron allí dos formas muy diferentes del pensamiento político. Cuando se comenzó a desarrollar el plan de lucha quedó claro hasta qué punto los piqueteros no son un movimiento único, homogéneo y organizado.
Tal vez el problema más grande sea pretender que un movimiento que es por principio múltiple, diverso y complejo deba ser “simplificado”, reducido a una sola forma de pensarlo (y de representarlo).
Puestos a definir las dos grandes formas de pensar que existen dentro del llamado movimiento piquetero diríamos que, por un lado, hay en los dirigentes de las organizaciones más estructuradas (la F.T.V, la C.C.C, y otras) un pensamiento en términos de “globalidad” y de “coyuntura”; mientras por otra parte están las organizaciones menos estructuradas y más ligadas a sus propias experiencias territoriales, quienes piensan más en términos de contrapoder, de la experiencia concreta de transformación, en situación.
Después del congreso la “visión de coyuntura” tomó un vigor y una presencia exagerada, dejando una sensación de confusión en los compañeros que piensan en términos de su situación concreta.
2- Un pequeño recorrido por los acontecimientos puede ser útil para poder entender mejor la importancia del debate planteado…
La irrupción del movimiento piquetero, como sabemos, se venía desarrollando desde fines del primer gobierno de Carlos Menem. Sus características fundamentales son las siguientes:
* El fenómeno piquetero nace por fuera de las instituciones políticas y sociales del país: iglesias, partidos políticos, sindicatos, etc. No sólo su desarrollo es autónomo, sino que esta autonomía está directamente relacionada con el desprestigio de estas instituciones y con su escasa capacidad, no ya de plantear la modificación de las estructuras de dominación capitalista, sino siquiera de incluir bajo condiciones mínimas de vida a una parte creciente de la población.
* La lucha piquetera, como tal, fue creciendo de la periferia hacia el centro del país.
* Emergencia de una estructura nacional pos-industrial que deja afuera de la fábrica no sólo a millones de personas. El eje del conflicto se desplaza, entonces, a la parte del proceso de acumulación capitalista que se desarrolla, precisamente, por fuera del proceso productivo fabril. La eficacia del corte consiste, entonces, en su capacidad de interrumpir la circulación de mercancías y fuerza de trabajo, punto nodal de dicho proceso de acumulación.
* Su eficacia surge también de alterar las condiciones de legitimación políticas, que otra condición del proceso de acumulación de capital.
* Otro tipo de eficacia está también ligada al piquete: su tendencia asamblearia, que constituye una fuerte matriz de politización popular.
* Los piquetes fueron decantando como formas de la lucha popular, a partir de las insurrecciones populares espontáneas como el Santiagueñazo (1994).
* Socialmente, su hegemonía pasó de los llamados “nuevos pobres estructurales” y de las clases medias empobrecidas a sectores sociales cada vez más marginados.
* Este movimiento expresa la conformación de un sujeto popular que aprendió rápidamente la eficacia de una forma de lucha concreta, el corte de ruta, y la generalizó en muy pocos años.
* Incluyeron un nivel de violencia popular desconocido desde la última dictadura militar. Durante el Gobierno de Alfonsín, la violencia popular era criminalizada, acusada de golpista y desestabilizadora de la democracia. Durante el Gobierno de Menem, la violencia popular (tipo santiagueñazo) no alcanzó nunca el nivel de organización y legitimidad de las luchas actuales.
* Esta violencia se manifiesta como autodefensa. Como tal se da a través de un alto grado de masividad y legitimidad. No es una violencia organizada por una organización centralizada ni tiene por objetivo la toma del poder.
* Los piquetes son un fenómeno de una multiplicidad acentuada, sin organizaciones únicas, ni dirigentes consolidados en las superestructuras del país. No tienen asesores de imágenes, ni programas de gobierno. Carecen de un “modelo” alternativo. Si bien tienen un lenguaje —espontáneo— muy eficaz para la TV, no poseen, en cambio, un consejo asesor que les recomienden como construir su imagen según las modalidades dominantes. Su potencia radica precisamente en estas características.
* Por lo mismo que venimos viendo, los piquetes son heterogéneos entre sí: no son todos iguales, ni se piensan a sí mismos siempre de la misma forma.
En pocos años los piquetes se transformaron en la forma de lucha dominante y se impusieron por su efectividad. El Gobierno se desorientó frente a la multiplicación de los focos de conflicto. Luego, con la conformación del movimiento, se fue constituyendo una interlocusión que garantizó un dialogo posible entre interlocutores mutuamente reconocidos.
En una primera etapa el Gobierno Nacional había desestimado el fenómeno. La influencia de la lucha piquetera en la superestructura política no pasaba de provocar internas entre las Provincias y la Nación por fondos de ayuda social, y por los costos políticos de la represión. Se leía frecuentemente en los diarios declaraciones de este tenor: “como se trata de un problema provincial, que se arreglen los gobernadores”.
Pero los piquetes se generalizaron: la gendarmería fue cada vez más exigida, los recursos pasaron a ser escasos y los piquetes se acercaron peligrosamente a la capital. Los medios dieron cuenta de esta situación y los banqueros y las fuerzas de la derecha pidieron abiertamente represión.
En el norte argentino los piquetes se tornaron masivos y de larga duración. Con el Gobierno de la Alianza los conflictos se endurecieron y la represión comenzó a arrojar víctimas fatales. En junio la lucha del piquete de Mosconi repercutió en todo el país. La gendarmería reprimió duramente y los piqueteros realizaron una resistencia de proporciones.
En Provincia de Buenos Aires algunas organizaciones sociales con una historia de lucha ligadas a tomas de tierras, pequeñas cooperativas y mutuales, asociaciones civiles barriales, comunidades cristianas de base, desarrollan piquetes principalmente en la zona Sur y en La Matanza, donde se consolida una fuerza social considerable. La Federación de tierra y vivienda (FTV) que adhiere a la Central de trabajadores Argentinos (CTA), la Corriente Clasista y Combativa (CCC), junto al Polo Obrero/Partido Obrero (PO) son las vertientes más estructuradas y comparten estrategias. El Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD), El Movimiento Teresa Rodríguez (MTR), La Unión de Trabajadores Desocupados (UTD), La Coordinadora de Trabajadores Desocupados (CTD) y otros grupos, están en un activo proceso de constitución de una identidad, y en la búsqueda de una forma propia de la construcción.
En el sur se realiza una demostración de fuerza inédita. Se cierran los accesos a la Capital en solidaridad con el piquete de General Mosconi, Salta, con la exigencia de una retirada inmediata de la Gendarmería y en homenaje a sus muertos, caídos bajo las balas de la gendarmería. Los MTD y las CTD han dado lugar, recientemente, a una Coordinadora de Trabajadores Desocupados Aníbal Verón.
3- El llamado al primer intento de unidad
A fines de julio se convoca —bajo las banderas de la unidad en la lucha— al Primer Encuentro Nacional de Piqueteros en una iglesia de La Matanza. Participan compañeros de casi todo el país, con distintas expectativas: los que veían en esta oportunidad un buen espacio de coordinación de esfuerzos, los que apostaban a institucionalizar el movimiento, y las organizaciones del interior del país no ligadas a organizaciones nacionales, con necesidades y problemas concretos de sus luchas, intentando romper el aislamiento. En fin, una variedad de necesidades y expectativas acordes con la visión que cada lucha tiene.
Las tensiones durante el congreso eran sentidas por los compañeros de acuerdo a las expectativas con las que habían llegado. Manifestación clara de esto fueron algunos hechos vividos: contra toda previsión de los organizadores un grupo de diputados nacionales que querían hablarle al público no pudieron hacer uso de la palabra por el repudio que manifestaron los casi 2000 delegados piqueteros. El Secretario General de la CGT disidente Hugo Moyano es repudiado activamente mientras intentaba dirigir un saludo al Congreso.
El encuentro, que fue convocado a partir de un plan lucha unitario, no logró desarrollar toda la potencia que allí se concentraba. Las diferentes tendencias que lo componían fueron atrapadas en la lógica de la institucionalización y de “darle formato” a la diversidad allí reunida. Se impuso el “como si “: “hagamos como si fueran discutidas las propuestas”, “como si fuéramos participativos por que todos hablan”, “como si estamos unidos porque tenemos un plan de lucha”. Así, con la imposición de esta racionalidad política clásica, salieron fortalecidos aquellos que por su lógica de pensamiento, su continuidad con las formas dominantes de la política y su necesidad de acumulación de poder, tuvieron más claro sus objetivos últimos, más allá, incluso, de lo que realmente pasara en el congreso.
El consabido plan de lucha que surge implica una escalada de casi un mes de cortes de rutas. Las reivindicaciones son tres: libertad a los luchadores sociales presos, planes trabajar y fin de las políticas de ajuste neoliberales por parte del gobierno nacional.
Las organizaciones mas estructuradas imponen su política como si fuera la única. Luis D´Elía (CTA-FTV) y Juan Carlos Alderete (CCC) logran consolidarse como los dirigentes principales de un movimiento que recién comenzaba a reconocerse.
Inmediatamente después de realizado el Congreso se activa la dinámica de institucionalización del movimiento piquetero. El Gobierno llama al diálogo a los líderes piqueteros. Estos últimos aceptan. Luego, en conferencia de prensa, anuncian las nuevas modalidades de los cortes: “sin capuchas” y “sin cortes totales de rutas”[1]. Quienes desoigan estas instrucciones, anunciadas por los referentes del movimiento, serán acusados de ser agentes de “la seguridad del Estado” infiltrados entre los piqueteros.
Esta operación de institucionalización tiene por efecto, a la vez, un ofrecimiento al gobierno de una interlocución permanente (del que se carecía hasta el momento); una aceptación de la superestructura política como terreno dominante de la lucha y de las condiciones estatales del juego político: la presentación de representantes permanentes, la formulación de reivindicaciones claras y atendibles, y una cierta capacidad de control de los “representantes” sobre su propia base.
Así se confirma el rol del estado como regulador central del conflicto político, subordinando las posibilidades de las luchas, concebidas como construcción de los lazos concretos del contrapoder y la producción de alternativas de nueva sociabilidad de desde la base[2].
La primera jornada de lucha fue masiva. La Matanza se consolidó como el eje del movimiento. En el sur, los MTD no obedecen del todo los dictados de los máximos líderes del movimiento: usan capuchas. Y el Movimiento Teresa Rodríguez (MTR) toma un banco.
Para la televisión ha surgido un grupo radical y “proguerrillero”.
La primera jornada demuestra que el movimiento es relativamente controlado por sus voceros y representantes. No hay violencia. Sin la CGT disidente de Moyano, la incidencia del paro anunciado por la CTA no es tan fuerte.
La segunda jornada es más débil. Cierra con una marcha a Plaza de Mayo que se estructura sobre la capacidad de movilización de la CTA y sus principales sindicatos. La Matanza sigue siendo el centro de las protestas, aunque se comienza a ver la distancia entre dirigentes y dirigidos. La multitud va al piquete pero no escucha los discursos ni se moviliza masivamente a la Plaza.
El MTR había tomado, unos pocos días antes, la sede del Ministerio de Trabajo de la Provincia de Buenos Aires. A la salida detuvieron a casi 60 militantes de su movimiento, entre ellos estaban algunos de sus dirigentes. Por ello, durante la jornada de lucha de 48hs los MTD y las CTD fueron a La Plata a exigir la liberación de sus compañeros encarcelados. Allí se hace la presentación pública de la Coordinadora de Trabajadores Desocupados Aníbal Verón.
El gobierno nacional pasa nuevamente a una posición agresiva. Envía unos 500 auditores legales a controlar a las organizaciones piqueteras. Como estas administran un 5% de los planes sociales que otorga el gobierno, los auditores buscaron irregularidades para quitarles los planes y destruir la organización. Caen varios planes.
La jornada de tres días de lucha piquetera es ahora más débil aún. Finalmente, se convoca al segundo congreso piquetero.
4- La coyuntura y las opciones del pensamiento
Una vez que el fenómeno piquetero se generalizó, las estructuras tradicionales de la política argentina montaron sus dispositivos para cooptar, influenciar o reprimir al movimiento. Partidos tradicionales o de izquierda, iglesia y sindicatos se lanzaron sobre este nuevo fenómeno con la intención de controlar la potencia que recorre el país.
Los medios de comunicación también operaron sobre los piqueteros. Los muestran, los bautizan, los estereotipan: intentan darles argumentos, regañarlos, darles lecciones, hacer advertencias, sancionar “buenos y malos”.
Los medios realizan, incluso, una operación más sutil: subordinan la lucha social de los piqueteros a la “coyuntura política y económica”, transformando esta lucha en un elemento de una situación “otra”, más importante porque más general: la “situación nacional”. La lucha piquetera deja de ser, en sí misma, una situación con la que comprometerse, para inscribirse en una situación total, de la que son un actor mas, una parte, un elemento.
Una vez ubicados allí, en la “situación política nacional”, son sometidos a la lógica de la toma “responsable” de las decisiones: pues ya no se trata solo de los piqueteros (que fueron transformados en una “parte del todo”), sino, precisamente, de alcanzar el “bien” de ese “todo” que es “el país”, “el bien común”. En fin, de la suerte del Gobierno Nacional.
Así, las opciones estratégicas posibles para los piquetes se van desgranando: ¿se acepta o no esta situación nacional como “la” situación principal de la que ellos serían actores, “entre actores”, en la búsqueda denodada de alcanzar consensos políticos?
Si se acepta esta premisa, se ingresa a un pensamiento gobernado por la coyuntura. Allí, los piqueteros deberán demostrar que como parte del todo tienen “derechos”, y lucharán por ser reconocidos como una parte legítima (y por qué no, legal).
Pero también deberán abandonar toda pretensión de imponer al resto de las partes (la población no piquetera) sus propios reclamos: tendrán que armonizar. Una vez aceptado esto lo que se abre es el juego de la política democrática liberal, consensual y representativa (se instauran las reglas de la política en condiciones estatales, se institucionaliza el movimiento y se asume como terreno de acción principal un escenario controlado por el poder).
Una segunda posibilidad, aparentemente, es la de la política revolucionaria. Aceptada la “situación general” como central, de lo que se trata es de “forzarla”, es decir, de plantearse la célebre “cuestión del poder”.
Los piquetes como “vanguardia revolucionaria”; el todo será transformado; las partes deberán reconocer en los piquetes a la verdadera representación del todo social; los desocupados como nuevo proletariado y los piquetes como vía de preparación de la insurrección.
Las diferencias entre estas posturas se emparentan con la vieja polémica entre “reformismo” y “revolución”.
Puede postularse, aún, una tercer forma de plantearse el problema. Ella sólo aparece a partir de negarse a aceptar la preeminencia de una situación central (y “casi” única). Por esta vía se accede a un pensamiento situacional, que no piensa la experiencia de lucha como la “parte de un todo”, que no la ve como “relativa” o “subordinada” a una instancia superior. Esta opción abre un nuevo campo al pensamiento político en el que el “todo está en la parte”. (Las categorías de “reformismo y revolución” pasan a un segundo plano).
Sobre esta complejidad es que los piquetes piensan.
5- De la multiplicidad o la política de la Integración
El pensamiento político dominante trabaja a partir de las ideas de “excluido e incluido”. Así, los excluidos son la base de la constitución de un cuerpo social (piquetero, desocupado, excluido, pobre, indigente, etc) que, en tanto sujeto de “necesidades” (económicas, educacionales, médicas, etc,) demanda sus derechos, es decir: “inclusión”.
Esta inclusión puede pensarse “inteligentemente”, como lo hace la CTA, es decir, argumentando hasta qué punto la inclusión es “económicamente posible”, a partir del seguro de desempleo y formación que promueven. Así, se demuestra cómo resulta “matemáticamente” posible modificar la economía. La inclusión no extrae su fuerza tanto de una idea situacional de “justicia” como de su viabilidad demostrada. El argumento central es que la inclusión no sólo es justa sino también, posible.
Ahora bien, esa posibilidad no es sólo declamada. Precisa de una acumulación política social y, paralelamente, política e institucional. Si alguna de estas dos líneas de acumulación se dieran sin la otra, la política de inclusión fracasaría.
En esta lógica trabaja la CTA. Su construcción aspira a una “representación intermedia”, ya no necesariamente a través de un partido o frente político, sino, fundamentalmente, político-social. La CTA se presenta, así, como la representación genuina del movimiento social frente a un sistema político castrado, incapaz de representar por sí mismo al movimiento social.
Esta acumulación, a su vez, debe ir incidiendo en el sistema político hasta adecuarlo a las nuevas condiciones signadas por una acumulación considerable de poder popular, vía por la cual se reconstruye un sistema de representación global transparente y más equilibrado.
La CTA implementa su estrategia por dos vías prioritarias. La primera es la vía social, que implica el trabajo sindical y el territorial (a partir de la Federación de Tierra y Vivienda) y que en las coyunturas de movilización, confluye con la Federación Universitaria Argentina, las Pequeñas y Medianas Empresas, y otras organizaciones representativas. Este costado es el que le da inserción real a la CTA en los conflictos sociales en todo el país y, la convierte, poco a poco, en una referencia de lucha.
El nivel de la acumulación política e institucional agrupa a diputados, agrupaciones políticas, dirigentes de derechos humanos, periodistas, economistas, equipos técnicos y demás adhesiones de personalidades del país y del exterior. (Esta articulación da sustento a iniciativas propiamente político-sociales como el Frente Nacional contra la Pobreza). Es esta la vía por la cual la CTA se integra en la superestructura política e institucional. En este nivel se constata la dependencia de la CTA de otros actores de la coyuntura del país (alternativas electorales “progresistas”, obispos “progresistas”, etc).
La CTA, finalmente, se caracteriza por las formas oscilantes en que estos dos niveles se influencian entre sí, predominando, en general, el nivel político-institucional sobre la vía político-social.
Un ejemplo concreto de esta oscilación fue el Primer Congreso Nacional Piquetero: esta convocatoria fue cursada a diversas organizaciones con el objetivo unificador de un plan de lucha. Pero, y al mismo tiempo, esta forma de pensar la unidad iba acompañada por una pretensión de institucionalización del movimiento piquetero: se trataba de ponerle un nombre definitivo, mostrar quiénes son sus dirigentes, etc. Lo más importante, entonces, para los convocantes al congreso, era eso: constituir un movimiento “uno”, mostrable, presentable ante los medios, ante el gobierno, ante los sindicatos, etc. En otras palabras: lo que hicieron la CTA, la CCC, y el PO fue constituirse ellos mismos como la representación de un movimiento que no tenía hasta el momento representantes establecidos. Construyeron un “nuevo actor político” capaz de actuar en la coyuntura.
Pero así como el análisis de la CTA/FTV nos sirve para entender toda una forma de pensar y de trabajar —es decir: una política—, tomamos ahora un ejemplo de otra forma de pensar y trabajar: los MTD de la zona sur, organizados en la coordinadora Aníbal Verón y, particularmente, la experiencia del MTD de Solano[3].
6- De la multiplicidad a la multiplicidad
La experiencia del MTD-Solano tiene su singularidad. Sus fundadores trabajaban en la capilla de esa zona, hasta que fueron desalojados por el Obispo Novak. Luego comenzaron a organizar el MTD Teresa Rodriguez, en colaboración con sus pares de Varela. Con el paso del tiempo comenzaron a administrar sus propios proyectos (Planes Trabajar). Y muy pronto fundaron comisiones y talleres, de formación política, de panadería, de herrería, una farmacia para el movimiento, etc.
Sus cortes de rutas fueron rápidamente advertidos por varias características: la representatividad social en los barrios en los que trabajan, la movilización y las capuchas que utilizan los compañeros que hacen la seguridad en piquetes.
El MTD-Solano participó del Primer Congreso Nacional de Piqueteros. Lo hicieron convencidos de la importancia de la coordinación nacional de la lucha y de la necesidad de no aislarse frente al aparato represivo. Hay que recordar que habían salido a cortar los accesos a la capital de todo el sur en solidaridad con los compañeros de Mosconi, mientras la gendarmería reprimía en Salta. Sin embargo, fueron al Congreso sin desmedido entusiasmo, a partir de conocer las diferencias de enfoques que existen con las fuerza convocantes (CTA/FTV, CCC y PO).
Se entusiasmaron con la fuerza que en el Congreso tuvieron los delegados del interior del país y en general con el clima combativo del Congreso. Durante la primer jornada de lucha, sin embargo, observaron como las fuerzas mayoritarias se “abrían” frente a la toma del banco por parte del MTR de Varela y cómo ellos mismos eran “advertidos”, por los voceros del Movimiento, por el uso de sus tradicionales capuchas.
Durante la segunda jornada decidieron directamente no participar de la movilización a Plaza de Mayo, y fueron a La Plata a reclamar libertad a los presos del MTR. Durante la tercer jornada directamente se quedaron en sus barrios resistiendo las auditorías del gobierno. Finalmente decidieron no asistir al Segundo Congreso piquetero, realizado el 4 de septiembre.
En sus asambleas, los compañeros valoran sus propias fuerzas a partir de los efectos sobre los barrios en los que trabajan: los cambios concretos en la sociabilad. Para ello, desconocen las movidas que priorizan objetivos superestructurales, que se reducen a un posicionamiento en la coyuntura. Lo central para ellos es fortalecer cada taller, cada comisión, cada trabajo, cada actividad y, a partir de esta forma de trabajar, desarrollar lazos concretos de contrapoder, a partir de coordinadoras, talleres, etc.
No se trata de un “localismo” o una falta de visión de lo que pasa en el país, o en el mundo: cuando la represión en Salta salieron a la calle de inmediato. Y lo hicieron en gran cantidad, con un espíritu combativo como no se recordaba en décadas.
También participaron del Primer Congreso Nacional de Piqueteros y del comienzo del plan de lucha allí acordado.
No se trata, en fin, de un aislacionismo inútil sino de una organización diferente del pensamiento. En vez de partir de la aceptación de una realidad-ya-dada —la que vemos por la televisión o leemos por los diarios—, como punto de partida de las propias acciones, la asamblea trabaja a partir de substraerse de esa totalidad virtual para crear sus propias condición de partida: la producción de una temporalidad y una espacialidad autónomas, que rechazan los tiempos de la coyuntura como única realidad “seria”.
Esta temporalidad propia no es, a la vez, un puro capricho, sino un “poner entre paréntesis” el predominio de los “hechos de la globalidad” para concentrarse en la producción de los lazos concretos del contrapoder.
Más que de una negación, se trata de una afirmación, que les permite reapropiarse de la realidad, pero ya no abstractamente, sino a partir del propio ejercicio de la potencia, y de la difusión del contrapoder.
Esto puede verse claramente en la relación que los MTD tienen con el Estado: no existe contradicción alguna, desde su perspectiva, entre administrar planes sociales otorgados por el gobierno y desarrollar una construcción de contrapoder.
De hecho, los planes que consiguen van siendo distribuido a partir de criterios prácticos de difusión de una sociabilidad diferente a la del individualismo predominante. Por otra parte, la construcción de proyectos, por parte del MTD, se sostienen con criterios fuertemente autónomos. Poco a poco se pretende crear una economía alternativa capaz, incluso, de soportar un embate del mismo gobierno.
Respecto de su propia ubicación en la coyuntura, ya no la piensan en los términos clásicos de “reformiso” o “revolución”. Simplemente saben que la táctica de la toma del poder no se corresponde con su forma de pensar y de trabajar. Y que si tuvieran que subordinar todo lo que están construyendo a esta táctica de “toma del poder del estado”, más bien, quedarían condenados a un pensamiento —empobrecido— de la maniobra y el atajo, lo cual implica un desconocimiento del riquísimo proceso de construcción de contrapoder en el que están inmersos.
El Estado, finalmente, no es más que una representación de lo que pasa por abajo, en la sociedad argentina: esta última es el verdadero campo de batalla.
Esto no implica en lo más mínimo una ingenuidad respecto de las funciones represivas del Estado. El movimiento es doble: pretenden constituirse autónomamente respecto de la legalidad del gobierno y, a la vez, se relacionan con esta misma legalidad en función de la construcción de un contrapoder situacional, que no pierde de vista en ningún momento la autodefensa.
La permanente búsqueda de cómo no quedar aislados frente a la represión es otra forma en que los grupos situacionales dan cuenta de la coyuntura: siempre en función de sus propias necesidades y circunstancias.
La utilización de los fondos sociales obtenidos por la lucha piquetera, como vimos, nos muestran la complejidad de esta forma de trabajar: contribuyen a estructurar la experiencia, sin perder de vista la posibilidad de independizarse, a la vez, de estos fondos.
Otro aspecto interesante de su forma de trabajar es el desarrollo de coordinaciones (como la coordinadora Aníbal Verón). Son encuentros en que no se disuelven los movimientos territoriales sino que potencian recursos, saberes y capacidad de movilización.
No hay, en fin, renuncia a la coyuntura sino todo lo contrario: trabajan en términos situacionales, sin desconocer la existencia de una coyuntura que se verá modificada por la acción situacional. Porque toda acción coordinada se transforma de hecho en una tendencia en la coyuntura. Lo paradojal es que esta tendencia será tanto más potente cuanto más situacionales sean los movimientos que la componen.
7- La representación
Ni bien el movimiento social se activa, apenas se hace visible hasta que punto ha abandonado su dispersión extrema, aparecen, casi inmediatamente, los militantes políticos que afirman que hay que construir “otro poder”. Se piensa así que hay que “pegar el salto a la política”, y “construir una superestructura política” a las luchas sociales. Esta idea de lo político como lo “serio”, tiende a olvidar hasta que punto lo más potente de la política pasa por acompañar la lucha misma, atentos a cuanto hay de creativo en ellas. La política “seria” exige hacer de lo múltiple algo uno. Porque para ser representable lo “uno” debe constituirse como tal: debe acotarse. Si bien la multiplicidad es vista como una potencialidad, se la considera una potencialidad a controlar. La pregunta inmediata del pensamiento político dominante frente a ella es: ¿Cómo lograr que esta potencia sea determinante en la situación total, global? ¿Cómo transformar esta potencia en una fuerza “política-social” capaz de influir en la situación nacional?
Estas preguntas, aparentemente naturales, abren el camino de la política tradicional. La multiplicidad debe volverse unidad representable. Los dirigentes del movimiento ingresan al mundo de la política de la mano del movimiento social. Sus decisiones están cada vez más mediadas por la complejidad de la coyuntura, de sus aspiraciones y de las necesidades de sostener su capacidad de acumulación y consenso.
Este movimiento arroja un doble resultado. De un lado se apuesta a fortalecer la capacidad del movimiento de lograr éxitos concretos, referidos a sus reivindicaciones comunes, frente al gobierno nacional. En este sentido, los dirigentes del movimiento han tenido un primer éxito resonante: se han constituido en actores relevantes de la coyuntura, y en interlocutores del Gobierno Nacional. Pero, del otro lado, esta operación por la que se ubica a un puñado de dirigentes como líderes[4], debilita al movimiento piquetero mismo: se reprime hacia adentro la multiplicidad original, se le da un poder a estos dirigentes de disciplinar hacia el interior del movimiento, de discernir quien sí es piquetero y quien no, cual es la forma correcta de actuar y cual no, etc.
Así conformado el movimiento, se realiza la transformación del fenómeno piquetero de una multiplicidad inicial en un “actor de la coyuntura”. La capacidad del movimiento dependerá ahora, entre otras cosas, de “contener” en su interior la acción de los piqueteros de acuerdo a los objetivos que los representanrtes (devenidos “dirigentes”) vayan fijando. Esos objetivos, a su vez, pertenecen al orden de la acción superestructural, democrática, consensual y reivindicativa.
Los medios de comunicación funcionan, al respecto, como un ámbito legitimador de esta conversión del vocero/delegado en dirigente/representante frente el conjunto de la sociedad. Incluso los medios suelen “producir”, ellos mismos, referentes de las luchas[5], independientemente de los procesos mismos de la base. Esto es lo propio de la Sociedad del Espectáculo.
Así se convierte a los dirigentes sociales en “vedettes mediáticas”, sobredimencionando la palabra del representante (incluso cuando se trata de opiniones que nada tienen que ver con la lucha que representan). Se identifica la personalidad del movimiento con la de sus dirigentes y se los invita a preocuparse por cosas tales como la medición de raiting y la medición de imagen en las encuestas.
La importancia política de esta modalidad suele subestimarse. Pues lo que sucede cuando se conforma esta unidad representable, cuando los piqueteros toman la imagen de D´Elía, es que D´Elia deja de ser un portavoz, un rostro entre rostros, para pasar a actuar en nombre de una “voluntad general piquetera” que él interpreta. Y esto sucede independientemente de quién sea el representante.
El problema de la representación es que despotencia a lo representado. Divide en dos: lo representado y lo representante. Lo representante convoca al orden a lo representado, para poder ejercer su oficio. Lo representado, si es dócil, si no quiere hacer fracasar la relación, deberá “dejarse representar”. De esta manera, el representante administra la relación. Es la parte activa. Él sabe cuando conviene la movilización y cuando es mejor quedarse tranquilo. El representante tiende a expropiarle la soberanía al representado. Olvida el mandato. El mandato comienza a molestarle. Se vuelve un obstáculo a su astucia.
Después de todo (siente el representante), él es quien tiene que obrar en un lugar que el representado no conoce: el poder.
El representante tiene una visión del poder. Participa de un nivel de “la realidad”, el del “poder” mismo, al que no acceden sus representados. Va conociendo, aprendiendo. Se convierte en el maestro de los representados. Les explica lo que se puede hacer y lo que no. Adquiere habilidades particulares y comienza a lograr adhesión de los representados a sus propios puntos de vista. El representante se vuelve capaz de construir su propio mandato, teniendo en cuenta a su vez, que este mandato debe interpretar, también, a sus representados: su base.
Cuando esto sucede —demasiadas veces— la lucha pierde potencia y radicalidad. El representante se torna “racional”, pero con una racionalidad incomprensible para la experiencia de lucha. Y es que su pensamiento ya no se construye colectivamente. Los representados ya no piensan con él. La asamblea deja de ser órganos de pensamiento para pasar a ser lugares de la legitimación y reproducción de las relaciones de representación.
Se hace, por tanto, indispensable, pensar la relación entre lo representante y lo representado. Precisamente porque es muy común que se deleguen las funciones de representante, de delegado, con un mandato preciso y a la vez, la función de conducción del proceso, todo en una misma persona. Desde el representante, a la vez, esta delegación de funciones se le vuelve indispensable, ya que muchas no ve otra manera de llevar adelante “la política mejor para todos” sin estas atribuciones. Para los representados, a su vez, puede serles más fácil des-responsabilizarse ubicándose como “órgano evaluador”. Así, su propio rol queda reducido a aprobar, rechazar y/o buscar a “la persona más apta” para conducir la experiencia a buen destino.
El representante construye, así, un dispositivo de control sobre la asamblea. Esta se vuelve un lugar plesbicitario. Se votan opciones, pero estas vienen ya presentadas de antemano.
Todo esto no quiere decir que la representación sea evitable, ni que la representación necesariamente se separe como un elemento dominante. El delegado con mandato, revocable, rotativo, que piensa en y con la asamblea, no tiene por qué separarse del conjunto. O en todo caso, si se separa no pone en peligro la organización, puesto que nada se ha delegado en él, sino un mandato puntual.
Los representantes son compañeros que cumplen una función en situación, construyendo lazos, pensando con los compañeros, colaborando a desarrollar la potencia. Fuera de esa situación concreta no tienen ningún interés para la lucha. Su valor, como el de cualquier compañero, está en la experiencia que desarrolla en la cotidianidad del movimiento al cual pertenece.
La clave de esta cuestión es evitar que la representación se independice, cosa que sucede cuando se piensa en los términos del poder, cuando uno se separa de la situación de pensamiento concreto, de la experiencia que le da origen.
Hemos visto cómo un pensamiento que pone en el centro a la coyuntura determina una forma de la representación. Sólo cuando esta operación es realizada con éxito se abren las condiciones para la negociación, para la inclusión de los piqueteros al diálogo democrático, a la presión, a la maniobra, en fin, al juego consensual, al sistema político. Por eso, ahora nos interesa mostrar cómo estos dos problemas están íntimamente relacionados a una política de la Integración.
8- La inclusión de los excluidos… como excluidos
Para que la lógica de pensamiento de la representación sea posible es preciso que previamente se pueda reconocer una propiedad en los representados, una determinación común a partir de la que se pueda hablar de ellos (y en nombre de ellos) en forma reconocible, es decir, legítima. Así, la interlocución, el diálogo construido por el representante precisa, como condición, la pre-existencia de ese “algo” que construya un conjunto social definido: los trabajadores, los desocupados, los estudiantes, los excluidos o lo que sea.
Se trata de un problema delicado: el de la identidad. La identidad se puede construir de dos formas muy diferentes. Bien puede deducirse de una propiedad del conjunto existente, como se construye una categoría más o menos sociológica (como la de desocupado); o bien se puede crear un conjunto nuevo, no deducible de ninguna propiedad precia. Es lo que sucede con las identidades de los rebeldes sociales, de los insurrectos.
En el primer caso las formas de la representación agobia al representado. La inscripción dentro de categorías sociológicas condena al categorizado, al etiquetado, a “representar” (como en una obra de teatro) el papel que esa categoría, que tal rol, le otorga. ¿Cómo ser realmente un desocupado, un excluido, un pobre, un piquetero?
Se pierde la multiplicidad concreta de la experiencia, que se pretende captar. Se reduce lo real y lo concreto, lo vivo, a una abstracción, a un rol. El movimiento, en lugar de crearlo todo, debe adecuarse a una imagen que lo preexiste: un desocupado, así concebido, es alguien que busca y desea, antes que nada, empleo. Quiere trabajar, no cuestionar las relaciones laborales. Le falta algo para estar plenamente incluido. Es un sujeto de la carencia. Protesta porque no está incluido.
¿Qué pasa con el piquetero, así pensando?. Puede nombrar a quienes, necesitados, recurren desesperadamente a hacer lo único que pueden hacer para sobrevivir. Proletarios, desocupados, piqueteros son, así, formas de nombrar a los que menos tienen, a los carenciados y a los que por no-tener, “hacen lo que hacen”.
Los piqueteros, según esta lógica de la identidad, está impedido de constituirse a sí mismo somo un sujeto crítico del sistema, una representación de la insubordinación. Como identidad, como categoría sociológica, no se hace sino fijar a alguien (en principio múltiple) en una actitud única construida a partir de una “falta”. Se identifica a partir de la carencia: “como no tiene trabajo protesta”, “como no tiene sindicato arma el suyo”, y “como no puede hacer huelgas inventa el piquete”. Este piquetero “pide por lo suyo”.
Se produce así, la figura del excluido.
Lo que habitualmente no se ve es que el excluido no es realmente un excluido sino a partir de la promoción de una figura que nuestra sociedad produce, a partir de un conjunto complejo de mecanismos, para poder incluir a quien queda en situación de marginación. Así, el excluido es el nombre del incluido como excluido[6].
El pensamiento político dominante trabaja a partir de las ideas de “excluido e incluido”. Los excluidos son la base de la constitución de un cuerpo social que, en tanto sujeto de “necesidades” (económicas, educacionales, médicas, etc.), demanda sus derechos, es decir: inclusión.
Estas políticas de inclusión llegan a desestabilizar la situación política bajo el siguiente supuesto: se pide inclusión justo en momentos en que la inclusión no se supone posible. Pedir inclusión —económica, política, social—, se dice, es pedir lo imposible, al menos para este sistema neoliberal. De esta manera se realiza una operación sutil: se liga una política de transformación radical a una acción que no desentona con los principios de la política oficial. Por eso la base de legitimidad de esta acción es creciente. Pero lo que estas operaciones logran, a menudo, es producir la figura del excluido como forma capitalista de la inclusión del “pobre”. De aquí la tensión y la ambigüedad de estas políticas.
Los riesgos concretos de las políticas que piensan en términos de inclusión son: por un lado la pérdida de potencia y radicalidad del movimiento, y por otro la construcción de una inclusión subordinada de los excluidos como sujetos de la necesidad. Esto mas allá de si la motivación honesta de sus dirigentes es la de producir un cambio político por la vía de la crisis del sistema.
El movimiento de la CTA (y de la organización de D´Elía) es siempre el mismo: precisamente esta inclusión de los excluidos, como excluidos. La demostración de que en medio del caos y el conflicto el poder tiene con quien negociar, tiene con quien hablar “racionalmente”.
Como dice un compañero: siempre habrá alguien dispuesto a hacer las cosas sin pisar el césped.
Finalmente, las políticas pensadas en términos de representación someten su efectividad a todo un campo de reconocimiento exterior a la propia acción de sus protagonistas. Sea una huelga o un corte, esta acción será leída por el resto de los actores de la coyuntura. La importancia de la acción dependerá, entonces, de cómo sea evaluada por el resto de los actores políticos y no por sus propios efectos constituyentes en el movimiento de resistencia.
9- De la multiplicidad al contrapoder
Pero al movimiento piquetero se lo puede pensar también desde su potencia concreta. El movimiento es, desde este punto de vista, una multiplicidad creativa y resistente, que se va identificando a partir de la profundidad de una lucha en común, más que a partir de un líder único, de una estructura, o de una única forma de lucha.
Los piqueteros no son un movimiento tradicional. No necesitan líderes únicos, ni un nombre oficial, ni estructuras orgánicas, ni programa de gobierno: han crecido y se han desarrollado sin estos elementos. El movimiento es múltiple. No desorganizado, sino múltiple, que no es lo mismo.
Confrontar el par organización/desorganización es una trampa. Cuando un compañero dice que un movimiento está desorganizado, y por tanto debe organizarse, hay que pensar bien qué es lo que está diciendo. La multiplicidad es un arma muy potente. Es la fuerza del pueblo. La organización debe poder respetar la multiplicidad sobre la que se funda el movimiento. Debe ser, entonces, situacional, zonal.
La organización puede también ser nacional, como coordinadora. Pero cuando se quiere organizar una estructura nacional hay que tener mucho cuidado: porque las ventajas de una estructura nacional no pueden pagarse con el precio de la unificación y homogeneización de esa riqueza que es la multiplicidad del movimiento.
El objetivo de un movimiento así nunca es la inclusión. No se trata ya de “volver a entrar”, porque se sabe que no hay “adentro” que no sea subordinación. Que la “inclusión” y la “exclusión” no son dos categorías válidas para el pensamiento liberador. Nadie está incluido sino imaginariamente. Porque la norma de inclusión es impuesta por la ideología del poder, y deja afuera a los pobres, a los negros, a los homosexuales, a los inválidos: a todos los que no coincidan con la imagen del hombre productivo, eficaz, individualista, en plena competencia, etc.
Pensar en otros términos que los de inclusión y exclusión es destruir esta barrera. Porque el que se asume como excluido ya está incluido. Ya tiene un lugar en los estudios sociológicos, en el discurso del poder, en los archivos del ministerio de acción social, en los planes de los grupos políticos o de las ONG. Los piqueteros, entonces, más que ser excluidos, pobres o proletarios, extraen su potencia, su dignidad y su orgullo a partir de ser insurrectos, insubordinados, resistentes, creadores.
10- Pensar la radicalidad de la lucha
Decía el subcomandante Marcos[7] que el revolucionario lucha por el poder con una idea de la futura sociedad en su cabeza. Mientras que el rebelde social (es decir, el zapatista) es quien alimenta diariamente la rebelión en sus propias circunstancias, desde abajo, y sin sostener que el poder es el destino natural de los dirigentes rebeldes.
Es esto lo que decíamos más arriba: que hoy la diferencia principal entre quienes resisten la dominación capitalista no es entre “derechas e izquierdas”, o entre “reformistas y revolucionarios”, sino entre quienes aceptan subordinar su propia lucha a la falsa totalidad compleja de las coyunturas (sean reformistas o revolucionarios) y quienes se resisten a esta subordinación (rebeldes sociales).
Es interesante que Marcos saque del centro, de esta forma, la célebre dicotomía Reforma/Revolución. Desde nuestro punto de vista esta distinción carece de toda actualidad, ya que estas opciones comparten en los hechos los supuestos fundamentales: la misma idea del poder y de la política. Ambos apuestan a la representación de los individuos de las necesidades, creen que se puede cambiar la sociedad desde arriba, y creen, con ciega fe, en cada atajo posible que se les abre a sus pies, condenando una y otra vez las resistencias concretas a seguir los planes que imaginan desde sus estados mayores. En definitiva, se trata de formas de pensamiento y de políticas que postergan una y otra vez la potencia de las luchas populares.
Si la política de la representación piensa en términos de la coyuntura, la alternativa —pensar en términos de radicalidad—, consiste en afirmar la situación concreta, es decir, poner entre paréntesis la “globalidad”. No se trata de negar las coyunturas, sino de pensar en términos tales que las coyunturas sean elementos a tener en cuenta, pero que no determinen nuestras decisiones.
Esta capacidad es lo que los grupos radicales llaman autonomía: pensar con cabeza propia, y en función de la situación propia. Saber desoír los tiempos y las necesidades de “los actores de las coyunturas”. No se trata tampoco de negar las relaciones de representatividad, sino de no darles la importancia que tienen en la democracia capitalista.
Pensar en términos de acciones concretas de compañeros concretos: eso es radicalidad pura, anticapitalismo práctico y efectivo. No delegar, no crear “jetones” ni organizaciones para, en el orden de las superestructuras, pensar y actuar: eso es no-capitalismo concreto.
La radicalidad es el trabajo en la base (sabiendo que no hay otra cosa que la base, que no hay nada arriba de ella), es el pensar en función de la propia experiencia de lucha, la capacidad de transformar en situación las relaciones sociales. Esta opción implica también una investigación sobre la organización, sobre la búsqueda de una economía alternativa, sobre la relación con la gestión estatal, y sobre todos y cada uno de los problemas de las experiencias a través de verdaderos talleres, publicaciones y mesas del contrapoder.
Este marco es, además, el único en el que el importante y particular tema de la violencia puede ser entendido en su dimensión real. Se suele oir que los piquetes son violentos. Al respecto, no está demás recordar que la violencia no ha sido pensada, en los piquetes, desde la perspectiva de la lucha por el poder, ni desde la primacía de la estrategia coyuntural, ni de una organización centralizada; sino más bien se trata de un elemento mas del contrapoder, una asunción del nivel de violencia impuesta desde el poder, como una práctica descentralizada, y como forma legítima de la autodefensa.
Este es también un elemento de la investigación militante a desarrollar, un aspecto a tener en cuenta a la hora de reflexionar sobre la identidad, y la forma de desplegar los lazos del contrapoder.
11- La identidad como creación política
Hemos visto como dos formas de pensar tienen derivaciones políticas distintas. Porque no hay prácticas sin pensamiento. Siempre el pensamiento se materializa en las prácticas, a punto tal de no poder hacer, en la idea de praxis, ninguna diferencia entre pensamiento y práctica.
En la primera política se realza la estructura existente en la sociedad, tal como queda representada desde el análisis de coyuntura y el discurso del poder. Las identidades de trabajador, desocupado, pobre, surgen mecánicamente de la estructura social, productiva o distributiva, y se sujeta a cada trabajador con su calidad de trabajador, y a cada desocupado se le recuerda que él es un “sin-trabajo”. La multiplicidad se pierde. Y con ella la fuerza que tienen las identidades de lucha. Como decíamos más arriba no es esta la única forma de pensar las cosas, aún si es la dominante, y por tanto, la que aparece como la natural.
De hecho, las identidades que se van construyendo en lucha operan precisamente en forma inversa: en vez de expresar en la coyuntura a quienes forman parte del mismo casillero en la estructura social, lo que hacen es desestructurar la estructura misma. Los proletarios de Marx y los piqueteros de hoy, los zapatistas de México y los sin tierra de Brasil se resisten a las etiquetas y las sindicalizaciones, precisamente porque son nombres que identifican las fuerzas de la descalificación, de la desestructuración, de no aceptar su lugar en el sistema, ni el sistema mismo.
Así, la identidad de los insubordinados implica siempre una recreación, una resignificación. Los trabajadores luchan normalmente —y con toda justicia— por más salario, o se oponen a que se lo recorten. Pero los “trabajadores” como categoría política son quienes luchan contra la relación salarial. Los desocupados luchan por ocupación, por trabajo, por ingresar en la estructura productiva. Cuando esto no sucede, entonces luchan por un subsidio. Pero los “desocupados”, como identidad política, luchan contra la sociedad del trabajo enajenado, del individualismo y la competencia.
La identidad del movimiento piquetero, que está en plena construcción, es insubordinación, construcción de nuevos lazos sociales, contrapoder. La identidad del piquetero como insubordinado, o rebelde social, sin embargo, es frágil. Ella vive en el pensamiento, en la investigación, en la producción de los nuevos saberes políticos del contrapoder, y en el pueblo que lucha, resiste y crea. Allí no sólo radica su garantía, sino también su formidable potencialidad.
Hasta siempre.
Colectivo Situaciones
[2] Como dice Luis Mattini en La Política como Subversión, “la potencia se sustenta en la subjetividad de la libertad, el poder se apoya en la objetividad de la necesidad”.
[3] Para una mayor profundidad ver el número 4 de Situaciones, actualmente en preparación.
[4] El surgimiento de D´Elía como líder/representante de las luchas de La Matanza se debe a una serie de factores: en primer lugar a una base social consolidada sobre todo en el movimiento de tomas de tierra en la Matanza, también el contar con una estructura como la FTV enmarcada en una estrategia de consolidación territorial de la CTA, y una formación política clásica para desarrollar y consolidar la institucionalización política del movimiento social, que influyó en acelerar la formalización del movimiento piquetero. Intenta captar al conjunto del movimiento y situarse como su representante máximo. El líder piquetero actúa así en consecuencia con la lógica del poder. Y pone en acción la dinámica del representante/representado, como dos cosas separadas y con distintas necesidades. El hecho de que el Movimiento de La Matanza no haya logrado impedir la autonomización del liderazgo de Luis D´elía es un serio motivo de reflexión.
[5] Ver al respecto el interesantísimo ensayo de Florence Aubenas y Miguel Benasayag: La fabricación de la información, Ed. Colihue, 2001.
[6] Esta idea fue tomada del pensador italiano contemporáneo Giorgio Agamben, quien la propone a partir de sus estudios sobre la naturaleza de la dominación nazi y su relación con la soberanía moderna.
[7] Entrevista al líder zapatista, a propósito de su llegada al DF, en la Caravana con que recorrieron medio país los representantes del EZLN, publicada en la Revista Proceso: marzo 2001.
(a propósito de la lucha piquetera)
Colectivo Situaciones
Los mecanismos que tiene el poder para obstaculizar la emergencia de fuerzas sociales y políticas que lo cuestionan son variados y se renuevan constantemente. Pero los poderes no son la última palabra de toda conversación, el último disparo de toda batalla, la última decisión en el juego de la política. Esta imagen no hace justicia a la historia de las luchas populares. Si alguna lección hemos aprendido de ellas y de nuestras propias luchas es que paradójicamente “el poder del poder no radica en su poder”, sino en nuestra falta de potencia, de rigor, de pensamiento, de trabajo, de paciencia y de decisión. El poder se alimenta de nuestras debilidades. El poder se hace fuerte a partir de las contradicciones del pueblo.
Porque aprendemos que esto es así se vuelve muy importante saber que no hay lucha que no sea, en sí misma, una forma de entender las cosas, una visión del mundo, un pensamiento en acción. Por ello, en momentos de desconcierto es cuando más hace falta la reflexión política entre los compañeros que compartimos la experiencia de la lucha y la creación. Pensar juntos, intentar comprender lo que pasa, cómo se está trabajando, cuales son los obstáculos, pero también y, sobre todo, pensar juntos sobre quiénes somos, qué estamos haciendo, cuál es nuestro camino, qué es lo que estamos creando juntos, por dónde pasan la radicalidad y la potencia de nuestra lucha y de los saberes sobre el contrapoder que estamos produciendo.
Como aporte a este ejercicio hemos redactado el presente trabajo sobre lo que ha ocurrido desde el Primer Congreso Nacional Piquetero hasta el final del plan de lucha que allí se decidió, y la realización del Segundo Congreso. Lo que buscamos entender es cuáles son las estrategias de pensamiento que estuvieron en juego, cuáles son las preguntas y los problemas fundamentales que quedan planteados y cómo pensar, al interior de este movimiento, las cuestiones de la representación, de la delegación, de la identidad, de la organización y demás cuestiones centrales de nuestra construcción.
1- Introducción
El llamado Primer Congreso Nacional Piquetero fue un momento clave para comprender la encrucijada actual. En él se reunió lo que podría ser una futura coordinadora nacional de compañeros que tienen en común las reivindicaciones y la forma de lucha: el corte de ruta.
Sin embargo, se encontraron allí dos formas muy diferentes del pensamiento político. Cuando se comenzó a desarrollar el plan de lucha quedó claro hasta qué punto los piqueteros no son un movimiento único, homogéneo y organizado.
Tal vez el problema más grande sea pretender que un movimiento que es por principio múltiple, diverso y complejo deba ser “simplificado”, reducido a una sola forma de pensarlo (y de representarlo).
Puestos a definir las dos grandes formas de pensar que existen dentro del llamado movimiento piquetero diríamos que, por un lado, hay en los dirigentes de las organizaciones más estructuradas (la F.T.V, la C.C.C, y otras) un pensamiento en términos de “globalidad” y de “coyuntura”; mientras por otra parte están las organizaciones menos estructuradas y más ligadas a sus propias experiencias territoriales, quienes piensan más en términos de contrapoder, de la experiencia concreta de transformación, en situación.
Después del congreso la “visión de coyuntura” tomó un vigor y una presencia exagerada, dejando una sensación de confusión en los compañeros que piensan en términos de su situación concreta.
2- Un pequeño recorrido por los acontecimientos puede ser útil para poder entender mejor la importancia del debate planteado…
La irrupción del movimiento piquetero, como sabemos, se venía desarrollando desde fines del primer gobierno de Carlos Menem. Sus características fundamentales son las siguientes:
* El fenómeno piquetero nace por fuera de las instituciones políticas y sociales del país: iglesias, partidos políticos, sindicatos, etc. No sólo su desarrollo es autónomo, sino que esta autonomía está directamente relacionada con el desprestigio de estas instituciones y con su escasa capacidad, no ya de plantear la modificación de las estructuras de dominación capitalista, sino siquiera de incluir bajo condiciones mínimas de vida a una parte creciente de la población.
* La lucha piquetera, como tal, fue creciendo de la periferia hacia el centro del país.
* Emergencia de una estructura nacional pos-industrial que deja afuera de la fábrica no sólo a millones de personas. El eje del conflicto se desplaza, entonces, a la parte del proceso de acumulación capitalista que se desarrolla, precisamente, por fuera del proceso productivo fabril. La eficacia del corte consiste, entonces, en su capacidad de interrumpir la circulación de mercancías y fuerza de trabajo, punto nodal de dicho proceso de acumulación.
* Su eficacia surge también de alterar las condiciones de legitimación políticas, que otra condición del proceso de acumulación de capital.
* Otro tipo de eficacia está también ligada al piquete: su tendencia asamblearia, que constituye una fuerte matriz de politización popular.
* Los piquetes fueron decantando como formas de la lucha popular, a partir de las insurrecciones populares espontáneas como el Santiagueñazo (1994).
* Socialmente, su hegemonía pasó de los llamados “nuevos pobres estructurales” y de las clases medias empobrecidas a sectores sociales cada vez más marginados.
* Este movimiento expresa la conformación de un sujeto popular que aprendió rápidamente la eficacia de una forma de lucha concreta, el corte de ruta, y la generalizó en muy pocos años.
* Incluyeron un nivel de violencia popular desconocido desde la última dictadura militar. Durante el Gobierno de Alfonsín, la violencia popular era criminalizada, acusada de golpista y desestabilizadora de la democracia. Durante el Gobierno de Menem, la violencia popular (tipo santiagueñazo) no alcanzó nunca el nivel de organización y legitimidad de las luchas actuales.
* Esta violencia se manifiesta como autodefensa. Como tal se da a través de un alto grado de masividad y legitimidad. No es una violencia organizada por una organización centralizada ni tiene por objetivo la toma del poder.
* Los piquetes son un fenómeno de una multiplicidad acentuada, sin organizaciones únicas, ni dirigentes consolidados en las superestructuras del país. No tienen asesores de imágenes, ni programas de gobierno. Carecen de un “modelo” alternativo. Si bien tienen un lenguaje —espontáneo— muy eficaz para la TV, no poseen, en cambio, un consejo asesor que les recomienden como construir su imagen según las modalidades dominantes. Su potencia radica precisamente en estas características.
* Por lo mismo que venimos viendo, los piquetes son heterogéneos entre sí: no son todos iguales, ni se piensan a sí mismos siempre de la misma forma.
En pocos años los piquetes se transformaron en la forma de lucha dominante y se impusieron por su efectividad. El Gobierno se desorientó frente a la multiplicación de los focos de conflicto. Luego, con la conformación del movimiento, se fue constituyendo una interlocusión que garantizó un dialogo posible entre interlocutores mutuamente reconocidos.
En una primera etapa el Gobierno Nacional había desestimado el fenómeno. La influencia de la lucha piquetera en la superestructura política no pasaba de provocar internas entre las Provincias y la Nación por fondos de ayuda social, y por los costos políticos de la represión. Se leía frecuentemente en los diarios declaraciones de este tenor: “como se trata de un problema provincial, que se arreglen los gobernadores”.
Pero los piquetes se generalizaron: la gendarmería fue cada vez más exigida, los recursos pasaron a ser escasos y los piquetes se acercaron peligrosamente a la capital. Los medios dieron cuenta de esta situación y los banqueros y las fuerzas de la derecha pidieron abiertamente represión.
En el norte argentino los piquetes se tornaron masivos y de larga duración. Con el Gobierno de la Alianza los conflictos se endurecieron y la represión comenzó a arrojar víctimas fatales. En junio la lucha del piquete de Mosconi repercutió en todo el país. La gendarmería reprimió duramente y los piqueteros realizaron una resistencia de proporciones.
En Provincia de Buenos Aires algunas organizaciones sociales con una historia de lucha ligadas a tomas de tierras, pequeñas cooperativas y mutuales, asociaciones civiles barriales, comunidades cristianas de base, desarrollan piquetes principalmente en la zona Sur y en La Matanza, donde se consolida una fuerza social considerable. La Federación de tierra y vivienda (FTV) que adhiere a la Central de trabajadores Argentinos (CTA), la Corriente Clasista y Combativa (CCC), junto al Polo Obrero/Partido Obrero (PO) son las vertientes más estructuradas y comparten estrategias. El Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD), El Movimiento Teresa Rodríguez (MTR), La Unión de Trabajadores Desocupados (UTD), La Coordinadora de Trabajadores Desocupados (CTD) y otros grupos, están en un activo proceso de constitución de una identidad, y en la búsqueda de una forma propia de la construcción.
En el sur se realiza una demostración de fuerza inédita. Se cierran los accesos a la Capital en solidaridad con el piquete de General Mosconi, Salta, con la exigencia de una retirada inmediata de la Gendarmería y en homenaje a sus muertos, caídos bajo las balas de la gendarmería. Los MTD y las CTD han dado lugar, recientemente, a una Coordinadora de Trabajadores Desocupados Aníbal Verón.
3- El llamado al primer intento de unidad
A fines de julio se convoca —bajo las banderas de la unidad en la lucha— al Primer Encuentro Nacional de Piqueteros en una iglesia de La Matanza. Participan compañeros de casi todo el país, con distintas expectativas: los que veían en esta oportunidad un buen espacio de coordinación de esfuerzos, los que apostaban a institucionalizar el movimiento, y las organizaciones del interior del país no ligadas a organizaciones nacionales, con necesidades y problemas concretos de sus luchas, intentando romper el aislamiento. En fin, una variedad de necesidades y expectativas acordes con la visión que cada lucha tiene.
Las tensiones durante el congreso eran sentidas por los compañeros de acuerdo a las expectativas con las que habían llegado. Manifestación clara de esto fueron algunos hechos vividos: contra toda previsión de los organizadores un grupo de diputados nacionales que querían hablarle al público no pudieron hacer uso de la palabra por el repudio que manifestaron los casi 2000 delegados piqueteros. El Secretario General de la CGT disidente Hugo Moyano es repudiado activamente mientras intentaba dirigir un saludo al Congreso.
El encuentro, que fue convocado a partir de un plan lucha unitario, no logró desarrollar toda la potencia que allí se concentraba. Las diferentes tendencias que lo componían fueron atrapadas en la lógica de la institucionalización y de “darle formato” a la diversidad allí reunida. Se impuso el “como si “: “hagamos como si fueran discutidas las propuestas”, “como si fuéramos participativos por que todos hablan”, “como si estamos unidos porque tenemos un plan de lucha”. Así, con la imposición de esta racionalidad política clásica, salieron fortalecidos aquellos que por su lógica de pensamiento, su continuidad con las formas dominantes de la política y su necesidad de acumulación de poder, tuvieron más claro sus objetivos últimos, más allá, incluso, de lo que realmente pasara en el congreso.
El consabido plan de lucha que surge implica una escalada de casi un mes de cortes de rutas. Las reivindicaciones son tres: libertad a los luchadores sociales presos, planes trabajar y fin de las políticas de ajuste neoliberales por parte del gobierno nacional.
Las organizaciones mas estructuradas imponen su política como si fuera la única. Luis D´Elía (CTA-FTV) y Juan Carlos Alderete (CCC) logran consolidarse como los dirigentes principales de un movimiento que recién comenzaba a reconocerse.
Inmediatamente después de realizado el Congreso se activa la dinámica de institucionalización del movimiento piquetero. El Gobierno llama al diálogo a los líderes piqueteros. Estos últimos aceptan. Luego, en conferencia de prensa, anuncian las nuevas modalidades de los cortes: “sin capuchas” y “sin cortes totales de rutas”[1]. Quienes desoigan estas instrucciones, anunciadas por los referentes del movimiento, serán acusados de ser agentes de “la seguridad del Estado” infiltrados entre los piqueteros.
Esta operación de institucionalización tiene por efecto, a la vez, un ofrecimiento al gobierno de una interlocución permanente (del que se carecía hasta el momento); una aceptación de la superestructura política como terreno dominante de la lucha y de las condiciones estatales del juego político: la presentación de representantes permanentes, la formulación de reivindicaciones claras y atendibles, y una cierta capacidad de control de los “representantes” sobre su propia base.
Así se confirma el rol del estado como regulador central del conflicto político, subordinando las posibilidades de las luchas, concebidas como construcción de los lazos concretos del contrapoder y la producción de alternativas de nueva sociabilidad de desde la base[2].
La primera jornada de lucha fue masiva. La Matanza se consolidó como el eje del movimiento. En el sur, los MTD no obedecen del todo los dictados de los máximos líderes del movimiento: usan capuchas. Y el Movimiento Teresa Rodríguez (MTR) toma un banco.
Para la televisión ha surgido un grupo radical y “proguerrillero”.
La primera jornada demuestra que el movimiento es relativamente controlado por sus voceros y representantes. No hay violencia. Sin la CGT disidente de Moyano, la incidencia del paro anunciado por la CTA no es tan fuerte.
La segunda jornada es más débil. Cierra con una marcha a Plaza de Mayo que se estructura sobre la capacidad de movilización de la CTA y sus principales sindicatos. La Matanza sigue siendo el centro de las protestas, aunque se comienza a ver la distancia entre dirigentes y dirigidos. La multitud va al piquete pero no escucha los discursos ni se moviliza masivamente a la Plaza.
El MTR había tomado, unos pocos días antes, la sede del Ministerio de Trabajo de la Provincia de Buenos Aires. A la salida detuvieron a casi 60 militantes de su movimiento, entre ellos estaban algunos de sus dirigentes. Por ello, durante la jornada de lucha de 48hs los MTD y las CTD fueron a La Plata a exigir la liberación de sus compañeros encarcelados. Allí se hace la presentación pública de la Coordinadora de Trabajadores Desocupados Aníbal Verón.
El gobierno nacional pasa nuevamente a una posición agresiva. Envía unos 500 auditores legales a controlar a las organizaciones piqueteras. Como estas administran un 5% de los planes sociales que otorga el gobierno, los auditores buscaron irregularidades para quitarles los planes y destruir la organización. Caen varios planes.
La jornada de tres días de lucha piquetera es ahora más débil aún. Finalmente, se convoca al segundo congreso piquetero.
4- La coyuntura y las opciones del pensamiento
Una vez que el fenómeno piquetero se generalizó, las estructuras tradicionales de la política argentina montaron sus dispositivos para cooptar, influenciar o reprimir al movimiento. Partidos tradicionales o de izquierda, iglesia y sindicatos se lanzaron sobre este nuevo fenómeno con la intención de controlar la potencia que recorre el país.
Los medios de comunicación también operaron sobre los piqueteros. Los muestran, los bautizan, los estereotipan: intentan darles argumentos, regañarlos, darles lecciones, hacer advertencias, sancionar “buenos y malos”.
Los medios realizan, incluso, una operación más sutil: subordinan la lucha social de los piqueteros a la “coyuntura política y económica”, transformando esta lucha en un elemento de una situación “otra”, más importante porque más general: la “situación nacional”. La lucha piquetera deja de ser, en sí misma, una situación con la que comprometerse, para inscribirse en una situación total, de la que son un actor mas, una parte, un elemento.
Una vez ubicados allí, en la “situación política nacional”, son sometidos a la lógica de la toma “responsable” de las decisiones: pues ya no se trata solo de los piqueteros (que fueron transformados en una “parte del todo”), sino, precisamente, de alcanzar el “bien” de ese “todo” que es “el país”, “el bien común”. En fin, de la suerte del Gobierno Nacional.
Así, las opciones estratégicas posibles para los piquetes se van desgranando: ¿se acepta o no esta situación nacional como “la” situación principal de la que ellos serían actores, “entre actores”, en la búsqueda denodada de alcanzar consensos políticos?
Si se acepta esta premisa, se ingresa a un pensamiento gobernado por la coyuntura. Allí, los piqueteros deberán demostrar que como parte del todo tienen “derechos”, y lucharán por ser reconocidos como una parte legítima (y por qué no, legal).
Pero también deberán abandonar toda pretensión de imponer al resto de las partes (la población no piquetera) sus propios reclamos: tendrán que armonizar. Una vez aceptado esto lo que se abre es el juego de la política democrática liberal, consensual y representativa (se instauran las reglas de la política en condiciones estatales, se institucionaliza el movimiento y se asume como terreno de acción principal un escenario controlado por el poder).
Una segunda posibilidad, aparentemente, es la de la política revolucionaria. Aceptada la “situación general” como central, de lo que se trata es de “forzarla”, es decir, de plantearse la célebre “cuestión del poder”.
Los piquetes como “vanguardia revolucionaria”; el todo será transformado; las partes deberán reconocer en los piquetes a la verdadera representación del todo social; los desocupados como nuevo proletariado y los piquetes como vía de preparación de la insurrección.
Las diferencias entre estas posturas se emparentan con la vieja polémica entre “reformismo” y “revolución”.
Puede postularse, aún, una tercer forma de plantearse el problema. Ella sólo aparece a partir de negarse a aceptar la preeminencia de una situación central (y “casi” única). Por esta vía se accede a un pensamiento situacional, que no piensa la experiencia de lucha como la “parte de un todo”, que no la ve como “relativa” o “subordinada” a una instancia superior. Esta opción abre un nuevo campo al pensamiento político en el que el “todo está en la parte”. (Las categorías de “reformismo y revolución” pasan a un segundo plano).
Sobre esta complejidad es que los piquetes piensan.
5- De la multiplicidad o la política de la Integración
El pensamiento político dominante trabaja a partir de las ideas de “excluido e incluido”. Así, los excluidos son la base de la constitución de un cuerpo social (piquetero, desocupado, excluido, pobre, indigente, etc) que, en tanto sujeto de “necesidades” (económicas, educacionales, médicas, etc,) demanda sus derechos, es decir: “inclusión”.
Esta inclusión puede pensarse “inteligentemente”, como lo hace la CTA, es decir, argumentando hasta qué punto la inclusión es “económicamente posible”, a partir del seguro de desempleo y formación que promueven. Así, se demuestra cómo resulta “matemáticamente” posible modificar la economía. La inclusión no extrae su fuerza tanto de una idea situacional de “justicia” como de su viabilidad demostrada. El argumento central es que la inclusión no sólo es justa sino también, posible.
Ahora bien, esa posibilidad no es sólo declamada. Precisa de una acumulación política social y, paralelamente, política e institucional. Si alguna de estas dos líneas de acumulación se dieran sin la otra, la política de inclusión fracasaría.
En esta lógica trabaja la CTA. Su construcción aspira a una “representación intermedia”, ya no necesariamente a través de un partido o frente político, sino, fundamentalmente, político-social. La CTA se presenta, así, como la representación genuina del movimiento social frente a un sistema político castrado, incapaz de representar por sí mismo al movimiento social.
Esta acumulación, a su vez, debe ir incidiendo en el sistema político hasta adecuarlo a las nuevas condiciones signadas por una acumulación considerable de poder popular, vía por la cual se reconstruye un sistema de representación global transparente y más equilibrado.
La CTA implementa su estrategia por dos vías prioritarias. La primera es la vía social, que implica el trabajo sindical y el territorial (a partir de la Federación de Tierra y Vivienda) y que en las coyunturas de movilización, confluye con la Federación Universitaria Argentina, las Pequeñas y Medianas Empresas, y otras organizaciones representativas. Este costado es el que le da inserción real a la CTA en los conflictos sociales en todo el país y, la convierte, poco a poco, en una referencia de lucha.
El nivel de la acumulación política e institucional agrupa a diputados, agrupaciones políticas, dirigentes de derechos humanos, periodistas, economistas, equipos técnicos y demás adhesiones de personalidades del país y del exterior. (Esta articulación da sustento a iniciativas propiamente político-sociales como el Frente Nacional contra la Pobreza). Es esta la vía por la cual la CTA se integra en la superestructura política e institucional. En este nivel se constata la dependencia de la CTA de otros actores de la coyuntura del país (alternativas electorales “progresistas”, obispos “progresistas”, etc).
La CTA, finalmente, se caracteriza por las formas oscilantes en que estos dos niveles se influencian entre sí, predominando, en general, el nivel político-institucional sobre la vía político-social.
Un ejemplo concreto de esta oscilación fue el Primer Congreso Nacional Piquetero: esta convocatoria fue cursada a diversas organizaciones con el objetivo unificador de un plan de lucha. Pero, y al mismo tiempo, esta forma de pensar la unidad iba acompañada por una pretensión de institucionalización del movimiento piquetero: se trataba de ponerle un nombre definitivo, mostrar quiénes son sus dirigentes, etc. Lo más importante, entonces, para los convocantes al congreso, era eso: constituir un movimiento “uno”, mostrable, presentable ante los medios, ante el gobierno, ante los sindicatos, etc. En otras palabras: lo que hicieron la CTA, la CCC, y el PO fue constituirse ellos mismos como la representación de un movimiento que no tenía hasta el momento representantes establecidos. Construyeron un “nuevo actor político” capaz de actuar en la coyuntura.
Pero así como el análisis de la CTA/FTV nos sirve para entender toda una forma de pensar y de trabajar —es decir: una política—, tomamos ahora un ejemplo de otra forma de pensar y trabajar: los MTD de la zona sur, organizados en la coordinadora Aníbal Verón y, particularmente, la experiencia del MTD de Solano[3].
6- De la multiplicidad a la multiplicidad
La experiencia del MTD-Solano tiene su singularidad. Sus fundadores trabajaban en la capilla de esa zona, hasta que fueron desalojados por el Obispo Novak. Luego comenzaron a organizar el MTD Teresa Rodriguez, en colaboración con sus pares de Varela. Con el paso del tiempo comenzaron a administrar sus propios proyectos (Planes Trabajar). Y muy pronto fundaron comisiones y talleres, de formación política, de panadería, de herrería, una farmacia para el movimiento, etc.
Sus cortes de rutas fueron rápidamente advertidos por varias características: la representatividad social en los barrios en los que trabajan, la movilización y las capuchas que utilizan los compañeros que hacen la seguridad en piquetes.
El MTD-Solano participó del Primer Congreso Nacional de Piqueteros. Lo hicieron convencidos de la importancia de la coordinación nacional de la lucha y de la necesidad de no aislarse frente al aparato represivo. Hay que recordar que habían salido a cortar los accesos a la capital de todo el sur en solidaridad con los compañeros de Mosconi, mientras la gendarmería reprimía en Salta. Sin embargo, fueron al Congreso sin desmedido entusiasmo, a partir de conocer las diferencias de enfoques que existen con las fuerza convocantes (CTA/FTV, CCC y PO).
Se entusiasmaron con la fuerza que en el Congreso tuvieron los delegados del interior del país y en general con el clima combativo del Congreso. Durante la primer jornada de lucha, sin embargo, observaron como las fuerzas mayoritarias se “abrían” frente a la toma del banco por parte del MTR de Varela y cómo ellos mismos eran “advertidos”, por los voceros del Movimiento, por el uso de sus tradicionales capuchas.
Durante la segunda jornada decidieron directamente no participar de la movilización a Plaza de Mayo, y fueron a La Plata a reclamar libertad a los presos del MTR. Durante la tercer jornada directamente se quedaron en sus barrios resistiendo las auditorías del gobierno. Finalmente decidieron no asistir al Segundo Congreso piquetero, realizado el 4 de septiembre.
En sus asambleas, los compañeros valoran sus propias fuerzas a partir de los efectos sobre los barrios en los que trabajan: los cambios concretos en la sociabilad. Para ello, desconocen las movidas que priorizan objetivos superestructurales, que se reducen a un posicionamiento en la coyuntura. Lo central para ellos es fortalecer cada taller, cada comisión, cada trabajo, cada actividad y, a partir de esta forma de trabajar, desarrollar lazos concretos de contrapoder, a partir de coordinadoras, talleres, etc.
No se trata de un “localismo” o una falta de visión de lo que pasa en el país, o en el mundo: cuando la represión en Salta salieron a la calle de inmediato. Y lo hicieron en gran cantidad, con un espíritu combativo como no se recordaba en décadas.
También participaron del Primer Congreso Nacional de Piqueteros y del comienzo del plan de lucha allí acordado.
No se trata, en fin, de un aislacionismo inútil sino de una organización diferente del pensamiento. En vez de partir de la aceptación de una realidad-ya-dada —la que vemos por la televisión o leemos por los diarios—, como punto de partida de las propias acciones, la asamblea trabaja a partir de substraerse de esa totalidad virtual para crear sus propias condición de partida: la producción de una temporalidad y una espacialidad autónomas, que rechazan los tiempos de la coyuntura como única realidad “seria”.
Esta temporalidad propia no es, a la vez, un puro capricho, sino un “poner entre paréntesis” el predominio de los “hechos de la globalidad” para concentrarse en la producción de los lazos concretos del contrapoder.
Más que de una negación, se trata de una afirmación, que les permite reapropiarse de la realidad, pero ya no abstractamente, sino a partir del propio ejercicio de la potencia, y de la difusión del contrapoder.
Esto puede verse claramente en la relación que los MTD tienen con el Estado: no existe contradicción alguna, desde su perspectiva, entre administrar planes sociales otorgados por el gobierno y desarrollar una construcción de contrapoder.
De hecho, los planes que consiguen van siendo distribuido a partir de criterios prácticos de difusión de una sociabilidad diferente a la del individualismo predominante. Por otra parte, la construcción de proyectos, por parte del MTD, se sostienen con criterios fuertemente autónomos. Poco a poco se pretende crear una economía alternativa capaz, incluso, de soportar un embate del mismo gobierno.
Respecto de su propia ubicación en la coyuntura, ya no la piensan en los términos clásicos de “reformiso” o “revolución”. Simplemente saben que la táctica de la toma del poder no se corresponde con su forma de pensar y de trabajar. Y que si tuvieran que subordinar todo lo que están construyendo a esta táctica de “toma del poder del estado”, más bien, quedarían condenados a un pensamiento —empobrecido— de la maniobra y el atajo, lo cual implica un desconocimiento del riquísimo proceso de construcción de contrapoder en el que están inmersos.
El Estado, finalmente, no es más que una representación de lo que pasa por abajo, en la sociedad argentina: esta última es el verdadero campo de batalla.
Esto no implica en lo más mínimo una ingenuidad respecto de las funciones represivas del Estado. El movimiento es doble: pretenden constituirse autónomamente respecto de la legalidad del gobierno y, a la vez, se relacionan con esta misma legalidad en función de la construcción de un contrapoder situacional, que no pierde de vista en ningún momento la autodefensa.
La permanente búsqueda de cómo no quedar aislados frente a la represión es otra forma en que los grupos situacionales dan cuenta de la coyuntura: siempre en función de sus propias necesidades y circunstancias.
La utilización de los fondos sociales obtenidos por la lucha piquetera, como vimos, nos muestran la complejidad de esta forma de trabajar: contribuyen a estructurar la experiencia, sin perder de vista la posibilidad de independizarse, a la vez, de estos fondos.
Otro aspecto interesante de su forma de trabajar es el desarrollo de coordinaciones (como la coordinadora Aníbal Verón). Son encuentros en que no se disuelven los movimientos territoriales sino que potencian recursos, saberes y capacidad de movilización.
No hay, en fin, renuncia a la coyuntura sino todo lo contrario: trabajan en términos situacionales, sin desconocer la existencia de una coyuntura que se verá modificada por la acción situacional. Porque toda acción coordinada se transforma de hecho en una tendencia en la coyuntura. Lo paradojal es que esta tendencia será tanto más potente cuanto más situacionales sean los movimientos que la componen.
7- La representación
Ni bien el movimiento social se activa, apenas se hace visible hasta que punto ha abandonado su dispersión extrema, aparecen, casi inmediatamente, los militantes políticos que afirman que hay que construir “otro poder”. Se piensa así que hay que “pegar el salto a la política”, y “construir una superestructura política” a las luchas sociales. Esta idea de lo político como lo “serio”, tiende a olvidar hasta que punto lo más potente de la política pasa por acompañar la lucha misma, atentos a cuanto hay de creativo en ellas. La política “seria” exige hacer de lo múltiple algo uno. Porque para ser representable lo “uno” debe constituirse como tal: debe acotarse. Si bien la multiplicidad es vista como una potencialidad, se la considera una potencialidad a controlar. La pregunta inmediata del pensamiento político dominante frente a ella es: ¿Cómo lograr que esta potencia sea determinante en la situación total, global? ¿Cómo transformar esta potencia en una fuerza “política-social” capaz de influir en la situación nacional?
Estas preguntas, aparentemente naturales, abren el camino de la política tradicional. La multiplicidad debe volverse unidad representable. Los dirigentes del movimiento ingresan al mundo de la política de la mano del movimiento social. Sus decisiones están cada vez más mediadas por la complejidad de la coyuntura, de sus aspiraciones y de las necesidades de sostener su capacidad de acumulación y consenso.
Este movimiento arroja un doble resultado. De un lado se apuesta a fortalecer la capacidad del movimiento de lograr éxitos concretos, referidos a sus reivindicaciones comunes, frente al gobierno nacional. En este sentido, los dirigentes del movimiento han tenido un primer éxito resonante: se han constituido en actores relevantes de la coyuntura, y en interlocutores del Gobierno Nacional. Pero, del otro lado, esta operación por la que se ubica a un puñado de dirigentes como líderes[4], debilita al movimiento piquetero mismo: se reprime hacia adentro la multiplicidad original, se le da un poder a estos dirigentes de disciplinar hacia el interior del movimiento, de discernir quien sí es piquetero y quien no, cual es la forma correcta de actuar y cual no, etc.
Así conformado el movimiento, se realiza la transformación del fenómeno piquetero de una multiplicidad inicial en un “actor de la coyuntura”. La capacidad del movimiento dependerá ahora, entre otras cosas, de “contener” en su interior la acción de los piqueteros de acuerdo a los objetivos que los representanrtes (devenidos “dirigentes”) vayan fijando. Esos objetivos, a su vez, pertenecen al orden de la acción superestructural, democrática, consensual y reivindicativa.
Los medios de comunicación funcionan, al respecto, como un ámbito legitimador de esta conversión del vocero/delegado en dirigente/representante frente el conjunto de la sociedad. Incluso los medios suelen “producir”, ellos mismos, referentes de las luchas[5], independientemente de los procesos mismos de la base. Esto es lo propio de la Sociedad del Espectáculo.
Así se convierte a los dirigentes sociales en “vedettes mediáticas”, sobredimencionando la palabra del representante (incluso cuando se trata de opiniones que nada tienen que ver con la lucha que representan). Se identifica la personalidad del movimiento con la de sus dirigentes y se los invita a preocuparse por cosas tales como la medición de raiting y la medición de imagen en las encuestas.
La importancia política de esta modalidad suele subestimarse. Pues lo que sucede cuando se conforma esta unidad representable, cuando los piqueteros toman la imagen de D´Elía, es que D´Elia deja de ser un portavoz, un rostro entre rostros, para pasar a actuar en nombre de una “voluntad general piquetera” que él interpreta. Y esto sucede independientemente de quién sea el representante.
El problema de la representación es que despotencia a lo representado. Divide en dos: lo representado y lo representante. Lo representante convoca al orden a lo representado, para poder ejercer su oficio. Lo representado, si es dócil, si no quiere hacer fracasar la relación, deberá “dejarse representar”. De esta manera, el representante administra la relación. Es la parte activa. Él sabe cuando conviene la movilización y cuando es mejor quedarse tranquilo. El representante tiende a expropiarle la soberanía al representado. Olvida el mandato. El mandato comienza a molestarle. Se vuelve un obstáculo a su astucia.
Después de todo (siente el representante), él es quien tiene que obrar en un lugar que el representado no conoce: el poder.
El representante tiene una visión del poder. Participa de un nivel de “la realidad”, el del “poder” mismo, al que no acceden sus representados. Va conociendo, aprendiendo. Se convierte en el maestro de los representados. Les explica lo que se puede hacer y lo que no. Adquiere habilidades particulares y comienza a lograr adhesión de los representados a sus propios puntos de vista. El representante se vuelve capaz de construir su propio mandato, teniendo en cuenta a su vez, que este mandato debe interpretar, también, a sus representados: su base.
Cuando esto sucede —demasiadas veces— la lucha pierde potencia y radicalidad. El representante se torna “racional”, pero con una racionalidad incomprensible para la experiencia de lucha. Y es que su pensamiento ya no se construye colectivamente. Los representados ya no piensan con él. La asamblea deja de ser órganos de pensamiento para pasar a ser lugares de la legitimación y reproducción de las relaciones de representación.
Se hace, por tanto, indispensable, pensar la relación entre lo representante y lo representado. Precisamente porque es muy común que se deleguen las funciones de representante, de delegado, con un mandato preciso y a la vez, la función de conducción del proceso, todo en una misma persona. Desde el representante, a la vez, esta delegación de funciones se le vuelve indispensable, ya que muchas no ve otra manera de llevar adelante “la política mejor para todos” sin estas atribuciones. Para los representados, a su vez, puede serles más fácil des-responsabilizarse ubicándose como “órgano evaluador”. Así, su propio rol queda reducido a aprobar, rechazar y/o buscar a “la persona más apta” para conducir la experiencia a buen destino.
El representante construye, así, un dispositivo de control sobre la asamblea. Esta se vuelve un lugar plesbicitario. Se votan opciones, pero estas vienen ya presentadas de antemano.
Todo esto no quiere decir que la representación sea evitable, ni que la representación necesariamente se separe como un elemento dominante. El delegado con mandato, revocable, rotativo, que piensa en y con la asamblea, no tiene por qué separarse del conjunto. O en todo caso, si se separa no pone en peligro la organización, puesto que nada se ha delegado en él, sino un mandato puntual.
Los representantes son compañeros que cumplen una función en situación, construyendo lazos, pensando con los compañeros, colaborando a desarrollar la potencia. Fuera de esa situación concreta no tienen ningún interés para la lucha. Su valor, como el de cualquier compañero, está en la experiencia que desarrolla en la cotidianidad del movimiento al cual pertenece.
La clave de esta cuestión es evitar que la representación se independice, cosa que sucede cuando se piensa en los términos del poder, cuando uno se separa de la situación de pensamiento concreto, de la experiencia que le da origen.
Hemos visto cómo un pensamiento que pone en el centro a la coyuntura determina una forma de la representación. Sólo cuando esta operación es realizada con éxito se abren las condiciones para la negociación, para la inclusión de los piqueteros al diálogo democrático, a la presión, a la maniobra, en fin, al juego consensual, al sistema político. Por eso, ahora nos interesa mostrar cómo estos dos problemas están íntimamente relacionados a una política de la Integración.
8- La inclusión de los excluidos… como excluidos
Para que la lógica de pensamiento de la representación sea posible es preciso que previamente se pueda reconocer una propiedad en los representados, una determinación común a partir de la que se pueda hablar de ellos (y en nombre de ellos) en forma reconocible, es decir, legítima. Así, la interlocución, el diálogo construido por el representante precisa, como condición, la pre-existencia de ese “algo” que construya un conjunto social definido: los trabajadores, los desocupados, los estudiantes, los excluidos o lo que sea.
Se trata de un problema delicado: el de la identidad. La identidad se puede construir de dos formas muy diferentes. Bien puede deducirse de una propiedad del conjunto existente, como se construye una categoría más o menos sociológica (como la de desocupado); o bien se puede crear un conjunto nuevo, no deducible de ninguna propiedad precia. Es lo que sucede con las identidades de los rebeldes sociales, de los insurrectos.
En el primer caso las formas de la representación agobia al representado. La inscripción dentro de categorías sociológicas condena al categorizado, al etiquetado, a “representar” (como en una obra de teatro) el papel que esa categoría, que tal rol, le otorga. ¿Cómo ser realmente un desocupado, un excluido, un pobre, un piquetero?
Se pierde la multiplicidad concreta de la experiencia, que se pretende captar. Se reduce lo real y lo concreto, lo vivo, a una abstracción, a un rol. El movimiento, en lugar de crearlo todo, debe adecuarse a una imagen que lo preexiste: un desocupado, así concebido, es alguien que busca y desea, antes que nada, empleo. Quiere trabajar, no cuestionar las relaciones laborales. Le falta algo para estar plenamente incluido. Es un sujeto de la carencia. Protesta porque no está incluido.
¿Qué pasa con el piquetero, así pensando?. Puede nombrar a quienes, necesitados, recurren desesperadamente a hacer lo único que pueden hacer para sobrevivir. Proletarios, desocupados, piqueteros son, así, formas de nombrar a los que menos tienen, a los carenciados y a los que por no-tener, “hacen lo que hacen”.
Los piqueteros, según esta lógica de la identidad, está impedido de constituirse a sí mismo somo un sujeto crítico del sistema, una representación de la insubordinación. Como identidad, como categoría sociológica, no se hace sino fijar a alguien (en principio múltiple) en una actitud única construida a partir de una “falta”. Se identifica a partir de la carencia: “como no tiene trabajo protesta”, “como no tiene sindicato arma el suyo”, y “como no puede hacer huelgas inventa el piquete”. Este piquetero “pide por lo suyo”.
Se produce así, la figura del excluido.
Lo que habitualmente no se ve es que el excluido no es realmente un excluido sino a partir de la promoción de una figura que nuestra sociedad produce, a partir de un conjunto complejo de mecanismos, para poder incluir a quien queda en situación de marginación. Así, el excluido es el nombre del incluido como excluido[6].
El pensamiento político dominante trabaja a partir de las ideas de “excluido e incluido”. Los excluidos son la base de la constitución de un cuerpo social que, en tanto sujeto de “necesidades” (económicas, educacionales, médicas, etc.), demanda sus derechos, es decir: inclusión.
Estas políticas de inclusión llegan a desestabilizar la situación política bajo el siguiente supuesto: se pide inclusión justo en momentos en que la inclusión no se supone posible. Pedir inclusión —económica, política, social—, se dice, es pedir lo imposible, al menos para este sistema neoliberal. De esta manera se realiza una operación sutil: se liga una política de transformación radical a una acción que no desentona con los principios de la política oficial. Por eso la base de legitimidad de esta acción es creciente. Pero lo que estas operaciones logran, a menudo, es producir la figura del excluido como forma capitalista de la inclusión del “pobre”. De aquí la tensión y la ambigüedad de estas políticas.
Los riesgos concretos de las políticas que piensan en términos de inclusión son: por un lado la pérdida de potencia y radicalidad del movimiento, y por otro la construcción de una inclusión subordinada de los excluidos como sujetos de la necesidad. Esto mas allá de si la motivación honesta de sus dirigentes es la de producir un cambio político por la vía de la crisis del sistema.
El movimiento de la CTA (y de la organización de D´Elía) es siempre el mismo: precisamente esta inclusión de los excluidos, como excluidos. La demostración de que en medio del caos y el conflicto el poder tiene con quien negociar, tiene con quien hablar “racionalmente”.
Como dice un compañero: siempre habrá alguien dispuesto a hacer las cosas sin pisar el césped.
Finalmente, las políticas pensadas en términos de representación someten su efectividad a todo un campo de reconocimiento exterior a la propia acción de sus protagonistas. Sea una huelga o un corte, esta acción será leída por el resto de los actores de la coyuntura. La importancia de la acción dependerá, entonces, de cómo sea evaluada por el resto de los actores políticos y no por sus propios efectos constituyentes en el movimiento de resistencia.
9- De la multiplicidad al contrapoder
Pero al movimiento piquetero se lo puede pensar también desde su potencia concreta. El movimiento es, desde este punto de vista, una multiplicidad creativa y resistente, que se va identificando a partir de la profundidad de una lucha en común, más que a partir de un líder único, de una estructura, o de una única forma de lucha.
Los piqueteros no son un movimiento tradicional. No necesitan líderes únicos, ni un nombre oficial, ni estructuras orgánicas, ni programa de gobierno: han crecido y se han desarrollado sin estos elementos. El movimiento es múltiple. No desorganizado, sino múltiple, que no es lo mismo.
Confrontar el par organización/desorganización es una trampa. Cuando un compañero dice que un movimiento está desorganizado, y por tanto debe organizarse, hay que pensar bien qué es lo que está diciendo. La multiplicidad es un arma muy potente. Es la fuerza del pueblo. La organización debe poder respetar la multiplicidad sobre la que se funda el movimiento. Debe ser, entonces, situacional, zonal.
La organización puede también ser nacional, como coordinadora. Pero cuando se quiere organizar una estructura nacional hay que tener mucho cuidado: porque las ventajas de una estructura nacional no pueden pagarse con el precio de la unificación y homogeneización de esa riqueza que es la multiplicidad del movimiento.
El objetivo de un movimiento así nunca es la inclusión. No se trata ya de “volver a entrar”, porque se sabe que no hay “adentro” que no sea subordinación. Que la “inclusión” y la “exclusión” no son dos categorías válidas para el pensamiento liberador. Nadie está incluido sino imaginariamente. Porque la norma de inclusión es impuesta por la ideología del poder, y deja afuera a los pobres, a los negros, a los homosexuales, a los inválidos: a todos los que no coincidan con la imagen del hombre productivo, eficaz, individualista, en plena competencia, etc.
Pensar en otros términos que los de inclusión y exclusión es destruir esta barrera. Porque el que se asume como excluido ya está incluido. Ya tiene un lugar en los estudios sociológicos, en el discurso del poder, en los archivos del ministerio de acción social, en los planes de los grupos políticos o de las ONG. Los piqueteros, entonces, más que ser excluidos, pobres o proletarios, extraen su potencia, su dignidad y su orgullo a partir de ser insurrectos, insubordinados, resistentes, creadores.
10- Pensar la radicalidad de la lucha
Decía el subcomandante Marcos[7] que el revolucionario lucha por el poder con una idea de la futura sociedad en su cabeza. Mientras que el rebelde social (es decir, el zapatista) es quien alimenta diariamente la rebelión en sus propias circunstancias, desde abajo, y sin sostener que el poder es el destino natural de los dirigentes rebeldes.
Es esto lo que decíamos más arriba: que hoy la diferencia principal entre quienes resisten la dominación capitalista no es entre “derechas e izquierdas”, o entre “reformistas y revolucionarios”, sino entre quienes aceptan subordinar su propia lucha a la falsa totalidad compleja de las coyunturas (sean reformistas o revolucionarios) y quienes se resisten a esta subordinación (rebeldes sociales).
Es interesante que Marcos saque del centro, de esta forma, la célebre dicotomía Reforma/Revolución. Desde nuestro punto de vista esta distinción carece de toda actualidad, ya que estas opciones comparten en los hechos los supuestos fundamentales: la misma idea del poder y de la política. Ambos apuestan a la representación de los individuos de las necesidades, creen que se puede cambiar la sociedad desde arriba, y creen, con ciega fe, en cada atajo posible que se les abre a sus pies, condenando una y otra vez las resistencias concretas a seguir los planes que imaginan desde sus estados mayores. En definitiva, se trata de formas de pensamiento y de políticas que postergan una y otra vez la potencia de las luchas populares.
Si la política de la representación piensa en términos de la coyuntura, la alternativa —pensar en términos de radicalidad—, consiste en afirmar la situación concreta, es decir, poner entre paréntesis la “globalidad”. No se trata de negar las coyunturas, sino de pensar en términos tales que las coyunturas sean elementos a tener en cuenta, pero que no determinen nuestras decisiones.
Esta capacidad es lo que los grupos radicales llaman autonomía: pensar con cabeza propia, y en función de la situación propia. Saber desoír los tiempos y las necesidades de “los actores de las coyunturas”. No se trata tampoco de negar las relaciones de representatividad, sino de no darles la importancia que tienen en la democracia capitalista.
Pensar en términos de acciones concretas de compañeros concretos: eso es radicalidad pura, anticapitalismo práctico y efectivo. No delegar, no crear “jetones” ni organizaciones para, en el orden de las superestructuras, pensar y actuar: eso es no-capitalismo concreto.
La radicalidad es el trabajo en la base (sabiendo que no hay otra cosa que la base, que no hay nada arriba de ella), es el pensar en función de la propia experiencia de lucha, la capacidad de transformar en situación las relaciones sociales. Esta opción implica también una investigación sobre la organización, sobre la búsqueda de una economía alternativa, sobre la relación con la gestión estatal, y sobre todos y cada uno de los problemas de las experiencias a través de verdaderos talleres, publicaciones y mesas del contrapoder.
Este marco es, además, el único en el que el importante y particular tema de la violencia puede ser entendido en su dimensión real. Se suele oir que los piquetes son violentos. Al respecto, no está demás recordar que la violencia no ha sido pensada, en los piquetes, desde la perspectiva de la lucha por el poder, ni desde la primacía de la estrategia coyuntural, ni de una organización centralizada; sino más bien se trata de un elemento mas del contrapoder, una asunción del nivel de violencia impuesta desde el poder, como una práctica descentralizada, y como forma legítima de la autodefensa.
Este es también un elemento de la investigación militante a desarrollar, un aspecto a tener en cuenta a la hora de reflexionar sobre la identidad, y la forma de desplegar los lazos del contrapoder.
11- La identidad como creación política
Hemos visto como dos formas de pensar tienen derivaciones políticas distintas. Porque no hay prácticas sin pensamiento. Siempre el pensamiento se materializa en las prácticas, a punto tal de no poder hacer, en la idea de praxis, ninguna diferencia entre pensamiento y práctica.
En la primera política se realza la estructura existente en la sociedad, tal como queda representada desde el análisis de coyuntura y el discurso del poder. Las identidades de trabajador, desocupado, pobre, surgen mecánicamente de la estructura social, productiva o distributiva, y se sujeta a cada trabajador con su calidad de trabajador, y a cada desocupado se le recuerda que él es un “sin-trabajo”. La multiplicidad se pierde. Y con ella la fuerza que tienen las identidades de lucha. Como decíamos más arriba no es esta la única forma de pensar las cosas, aún si es la dominante, y por tanto, la que aparece como la natural.
De hecho, las identidades que se van construyendo en lucha operan precisamente en forma inversa: en vez de expresar en la coyuntura a quienes forman parte del mismo casillero en la estructura social, lo que hacen es desestructurar la estructura misma. Los proletarios de Marx y los piqueteros de hoy, los zapatistas de México y los sin tierra de Brasil se resisten a las etiquetas y las sindicalizaciones, precisamente porque son nombres que identifican las fuerzas de la descalificación, de la desestructuración, de no aceptar su lugar en el sistema, ni el sistema mismo.
Así, la identidad de los insubordinados implica siempre una recreación, una resignificación. Los trabajadores luchan normalmente —y con toda justicia— por más salario, o se oponen a que se lo recorten. Pero los “trabajadores” como categoría política son quienes luchan contra la relación salarial. Los desocupados luchan por ocupación, por trabajo, por ingresar en la estructura productiva. Cuando esto no sucede, entonces luchan por un subsidio. Pero los “desocupados”, como identidad política, luchan contra la sociedad del trabajo enajenado, del individualismo y la competencia.
La identidad del movimiento piquetero, que está en plena construcción, es insubordinación, construcción de nuevos lazos sociales, contrapoder. La identidad del piquetero como insubordinado, o rebelde social, sin embargo, es frágil. Ella vive en el pensamiento, en la investigación, en la producción de los nuevos saberes políticos del contrapoder, y en el pueblo que lucha, resiste y crea. Allí no sólo radica su garantía, sino también su formidable potencialidad.
Hasta siempre.
Colectivo Situaciones
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[1] Aspecto especialmente inquietante si se tiene en cuenta que parte de la diversidad del movimiento piquetero consiste, precisamente, en las múltiples formas en que cada movimiento asume la lucha: hay quienes lo hacen a cara desnuda, y quienes lo hacen con capuchas tipo zapatistas, o pañuelos celestes y blancos que cubren los rostros de los militantes. Lo mismo sucede con la directiva de “no cortar puentes” y “dejar alternativas de circulación” en los cortes de rutas.[2] Como dice Luis Mattini en La Política como Subversión, “la potencia se sustenta en la subjetividad de la libertad, el poder se apoya en la objetividad de la necesidad”.
[3] Para una mayor profundidad ver el número 4 de Situaciones, actualmente en preparación.
[4] El surgimiento de D´Elía como líder/representante de las luchas de La Matanza se debe a una serie de factores: en primer lugar a una base social consolidada sobre todo en el movimiento de tomas de tierra en la Matanza, también el contar con una estructura como la FTV enmarcada en una estrategia de consolidación territorial de la CTA, y una formación política clásica para desarrollar y consolidar la institucionalización política del movimiento social, que influyó en acelerar la formalización del movimiento piquetero. Intenta captar al conjunto del movimiento y situarse como su representante máximo. El líder piquetero actúa así en consecuencia con la lógica del poder. Y pone en acción la dinámica del representante/representado, como dos cosas separadas y con distintas necesidades. El hecho de que el Movimiento de La Matanza no haya logrado impedir la autonomización del liderazgo de Luis D´elía es un serio motivo de reflexión.
[5] Ver al respecto el interesantísimo ensayo de Florence Aubenas y Miguel Benasayag: La fabricación de la información, Ed. Colihue, 2001.
[6] Esta idea fue tomada del pensador italiano contemporáneo Giorgio Agamben, quien la propone a partir de sus estudios sobre la naturaleza de la dominación nazi y su relación con la soberanía moderna.
[7] Entrevista al líder zapatista, a propósito de su llegada al DF, en la Caravana con que recorrieron medio país los representantes del EZLN, publicada en la Revista Proceso: marzo 2001.
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